Alas 6.20 de un domingo, la plaza Independencia se viste con los trasnochados que intentan volver a su casa y otros que la caminan con ropa deportiva y mochilas en el hombro. El bus espera a los aventureros. Adentro suena ABBA y, por algún motivo, el ritmo encaja con el inicio de una jornada que promete cansancio y recompensa. Uno se ubica al frente, toma la palabra y ordena el entusiasmo.
“El salto de Bernabé es para valientes y es exclusivo, por la dificultad que implica llegar”, dice Jerónimo Pino Coviello, guía de la firma Cocha Safaris y licenciado en Turismo.
La empresa existe desde noviembre de 2017 y, aunque el nombre suene a aventura importada, el proyecto nació en La Cocha con anclaje territorial, patrimonial y comunitario. Es miembro de la Asociación de Prestadores de Turismo Activo de Tucumán (Aptat); eso se nota en la forma en que el grupo se mueve: en parte es una excursión y, a la vez, una clase viva.
Pino Coviello es su fundador y conduce el relato. Alejandro Gómez lo acompaña como asistente guía. Melchor Billy González marca el pulso como guía líder y referente territorial y patrimonial. Susana Rodríguez, técnica en Turismo, suma mirada y detalle. En el entramado del equipo también aparecen Lorenzo de Mingo, Jose Álvarez, Jesús Ibáñez y Víctor Eduardo Villagra, quienes cumplen funciones de apoyo para que la travesía se sostenga, sobre todo cuando el monte cierra el paso y el río pide respeto.
En los asientos, Fabiana Montivero -de 57 años- mira por la ventana como si buscara una revancha concreta en el paisaje. Vuelve después de una tormenta del año pasado, que no la dejó llegar hasta el lugar. Lo resume sin vueltas: “la vez anterior llovió y tuvimos que volver”.
Jerónimo vuelve al objetivo del día con una frase que cambia el modo de viajar. “No sólo caminaremos, también aprenderemos de la historia del lugar que vamos a visitar, su idiosincrasia, sus mitos y sus leyendas”, anuncia.
La ruta nacional 38 baja hacia el sur y, con el sol naranja ya en las ventanillas, el departamento de La Cocha se vuelve un mapa contado en voz alta. El guía señala referencias y ubica el presente sobre capas de pasado. El borde de la ruta se llena de secaderos de tabaco, una de las principales actividades económicas del sur, y esa repetición de estructuras acompaña como una postal persistente.
En un punto del trayecto, indica dónde se situa La Invernada. No lo muestra como una ruina turística sino como un emblema del sur tucumano. Hacia 1860, el alemán Heinrich Erdmann llegó a la zona y puso en marcha una curtiembre, una trituradora de quebracho y fundó el ingenio azucarero La Invernada. Con el tiempo, la planta pasó por varias manos hasta que en 1920 cerró definitivamente sus puertas.
El colectivo avanza y Jerónimo pide que todos miren hacia el oeste. “Ahí está el cerro Quico, una importante formación montañosa de la provincia. Estas son zonas arqueológicas donde se pueden ver restos de elementos ancestrales a flor de piel”, detalla. La referencia también trae geodiversidad, mineralogía, depósitos de cuarzo, wolframio y uranio, y la cercanía a sitios arqueológicos como Yánimas, con la vegetación de yungas en las laderas.
Cuando el grupo llega a la ciudad cabecera, su plaza principal ya tiene movimiento. Otro grupo -en vehículos particulares- espera para sumarse. Para todos es la primera vez. Jerónimo todavía encuentra tiempo para señalar la antigua estación ferroviaria, como quien marca una puerta hacia otras épocas.
Desde allí inicia la caravana por ruta provincial 334, cinco kilómetros hacia el oeste, hasta la comuna rural de San Ignacio. El trayecto cruza calles pequeñas y tranquilas con casas de antaño y luego toma un camino angosto de tierra. El paisaje se vuelve más íntimo. La conversación también.
Micaela Ibarra, de 34 años, llegó desde Santiago del Estero para pasar las vacaciones en Tucumán. Está sola, pero eso no la frena. “Me sumé a la caminata porque no conozco el lugar y me gusta descubrir paisajes nuevos. Ya conocía al grupo que organiza la actividad, así que vine confiada”, cuenta, y se lamenta de que en su provincia no hay paisajes del estilo: “en Santiago no existen estos paisajes así que trato de aprovechar al máximo cada oportunidad que tengo”.
Joya cultural y religiosa
A las 9 dejamos la plaza de La Cocha para meternos en la historia. La capilla de San Ignacio de Loyola se destaca como una verdadera joya cultural y religiosa. Su arquitectura, su historia y su vigencia como espacio de fe condensan la idiosincrasia tucumana y confirman al sur de la provincia como una reserva clave de las tradiciones que integran el patrimonio de la Ruta de la Fe.
El guía vuelve sobre un dato que ilumina el entorno. “La zona fue habitada por los jesuitas. Esta orden católica fue clave en introducir y desarrollar la producción de caña de azúcar en Tucumán durante el siglo XVII”, informa.
Al llegar, el grupo desciende de los vehículos. La capilla aparece blanca, de piso y tejas rojizas, rodeada por el camposanto silencioso. Las tumbas tienen flores, algunas más viejas que otras. Los parientes visitan a sus muertos. No hay maleza, no hay descuido. El cementerio rodea la construcción, como una costumbre de época que todavía se sostiene en el diseño del lugar.
“Tenían la particularidad de construir el cementerio alrededor de la capilla, como pueden ver”, muestra Jerónimo, y presenta a los demás acompañantes. Billy toma la palabra y el sitio cambia de escala. “Fue construida entre 1746 y 1757 por los jesuitas”, señala. Constituye uno de los testimonios más valiosos y mejor conservados del legado jesuítico en el sur de Tucumán. Esta capilla de marcado estilo colonial fue levantada por indígenas bajo la dirección de los padres de la Compañía de Jesús. Fiel a las costumbres de la época, se emplazó en un sitio elevado y en el centro del cementerio comunal, desde donde se articuló la vida religiosa, social y económica de la zona.
Declarada Monumento Histórico Nacional, fue un eje de la labor evangelizadora y también del desarrollo productivo regional. Apunta un detalle que parece mínimo y resulta llamativo. “El pedestal que ven a los pies de la puerta de la iglesia es en realidad un carrete de un trapiche”, señala Billy.
El lugar convive con relatos y misterios. “Persiste la leyenda sobre la existencia de túneles subterráneos de la época jesuítica que habrían conectado la iglesia con el área de Monte Grande, ubicada a unos tres kilómetros de distancia”, desliza. Las campanas doradas que otrora invitaban a los fieles a la misa ahora yacen quietas, pero intactas. Una escalera llega hasta donde cuelgan y se puede leer “1746” grabado en una de ellas.
La capilla está cerrada. Un par de curiosos espía por el agujero de la cerradura. Dicen que logran ver algo. En el altar, sencillo como acostumbran a ser las construcciones eclesiásticas de esa orden, el santo patrono ocupa el centro con dos imágenes a los costados.
Billy completa el relato con una herida del pasado. “Según comentan, el santo se quemó pero, en esa época, era común que dañen iglesias para robar arte sacro y contrabandearlo. Es posible que haya ocurrido lo mismo con San Ignacio”, afirma, al recordar la desaparición de la imagen original.
Al volver al colectivo, Jerónimo vuelve a hablar de lo que vendrá. “El río que atravesaremos y delinearemos se llama igual que la comuna, San Ignacio, y fue nombrado así por los jesuitas; pero su nombre indígena es Guaxama”, explica. Cerca, una acequia sin agua bordea el camino. A lo lejos se ven dos cumbres nevadas. También la Barranca Colorada, una de las últimas defensas hechas por los indígenas para protegerse de los colonos españoles. Falta poco para llegar al punto de salida.
El tramo más largo
El recorrido es leve al inicio. Un angosto sendero entre el monte verde y húmedo de la yunga dirige al grupo hacia el agua. Billy lidera la columna y decide las acciones. Abre camino con su sombrero estilo Indiana Jones, un machete en la mano derecha y un handy en la izquierda para comunicarse con los otros guías.
Atrás, el equipo se distribuye. Jerónimo acompaña con explicaciones y aviso de ritmo. Susana observa y ordena detalles. Alejandro sostiene la asistencia. El grupo, en este punto, no se dispersa.
El primer tramo, hasta el cauce del río, atraviesa espesa flora. El sendero se dibuja entre enormes ortigas que pican con un leve roce los brazos y piernas desnudos de aquellos distraídos que no las esquivan. El olor que pocos distinguen es de albahaca, que crece copiosa entre los yuyos. También hay frutos silvestres.
A las 10.40, el grupo cruza el río San Ignacio por primera vez. Mojarse los pies es inevitable. El agua sobrepasa los tobillos en ese sector y, por tramos, el caudal llega hasta las rodillas como máximo. Hay que marchar seguros y firmes.
Jaqueline es oriunda de Río de Janeiro y tiene 36 años. Camina con calma y habla en perfecto español. “Vivo desde hace poco tiempo en Alberdi. Estoy conociendo el norte de la Argentina y Tucumán es realmente todo lo que dicen. No es poco lo que ofrece, es una perla, el Jardín de la República”, dice y sonríe. “La armonía que se puede disfrutar, el contacto con la naturaleza y también el clima, que es muy propicio para este tipo de actividades. Es muy sano”, agrega. Y cierra con una idea que se repite en el grupo: “la gente tucumana es muy cálida. Se siente mucho la buena disposición para ayudar y orientar a quienes venimos de afuera y no conocemos”.
Pausa antes del desafío
A las 11, un cerco con alambres aparece de lado a lado. No impide el paso humano, pero sí el de las vacas que bajan a pastar y beber agua. Diez minutos después, el grupo se detiene para descansar. Hay bromas sobre lo que falta recorrer. Hay preguntas. Muchos recién se conocen entre ellos.
A las 11.20 se termina de bordear el río. Alguien dispara una consulta que funciona como chiste y como plegaria. “¿Cuánto falta?”, pregunta. “Es ahicito nomá”, responde Jerónimo, y anticipa que aún no llega la parte más difícil.
A las 12.30, el grupo emprende el tramo más desafiante, río arriba. Rocas enormes cobran protagonismo. Caminar entre ellas se complica. Unos a otros se ofrecen manos. “Por acá es más seguro”, dice alguien, y el movimiento se vuelve coordinación.
Billy advierte un detalle clave. “En este tramo verán piedras de color verde. Deben evitar pisarlas, son resbalosas”, dice, y todos entienden. Más rocas, más altura, más moho y agua con más fuerza. El recorrido es como un videojuego hiperrealista en su nivel más difícil.
Luis Serrano, de 48 años, profesor de Electromecánica, se transforma en sostén humano y hace de elevador. Quienes no pueden subir por su cuenta apoyan un pie en su hombro y toman envión. Así trepan al menos 15 personas. El camino sigue con paradas para hidratarse y comer algún snack. Hay charlas y un par de quejas, pero lo que más se oye son risas de camaradería.
“Doy clases en escuelas técnicas. Con el tiempo me fui vinculando más a este tipo de actividades y suelo asistir con este grupo en particular”, cuenta Serrano. “Es la primera vez que visito este lugar y es hermoso, ideal para vivir la experiencia”, afirma. También pone palabras al sentido de la travesía. “Uno encara estas salidas casi como un retiro espiritual. Son excursiones que te alejan de la vida cotidiana y te permiten encontrar un momento de paz interior; empecé a verlas también como un desafío personal”, agrega.
Gloria y Fátima caminan juntas. Tienen 62 y 55 años. La primera pone el foco en una dificultad concreta: “las piedras. Todo lo demás no fue problema, pero las piedras resbalosas nos costaron un poco a todos”. Cuando surge el tema de la edad, ella no negocia. “A veces uno piensa en el número, pero eso no es todo. Es cuestión de cómo te sentís. Mientras lo pueda hacer, lo voy a hacer”, afirma.
Fátima acompaña sus palabras con el diagnóstico de quien vive en una urbe. “Es muy bueno poder respirar otro aire. Te desenchufás de la ciudad y del ruido. Después volvés más equilibrada, con energía para seguir”, asevera.
Más atrás aparecen Romina, Mailín y Yanina, amigas de caminatas. “Nos conocimos haciendo trekking”, cuenta Romina. Sobre la motivación, ella lo deja claro: “me gusta la aventura y no me cuesta animarme. Aunque no conocía el lugar, sabía que iba a ser algo lindo y diferente”. Mailín resume el valor de la desconexión: “No hay señal. Entonces te desconectás de todo, te olvidás del celular y de las obligaciones diarias”.
A las 13.15, Billy se ata una soga al cuerpo y todos trepan agarrados de esa suerte de ascensor precario pero firme. Pasa media hora y el camino sigue sobre enormes rocas, algunas muy resbalosas y otras más firmes. Hay muchos deslices, pero pocas caídas, ninguna de gravedad. El ruido del agua se hace más potente. Motiva al indicar que faltan pocos metros y el anuncio se cumple.
Promesa cumplida
A las 13.40 se llega a destino como quien encuentra la olla de oro al final del arco iris. La cascada prometida es real. De frente hay dos caídas de no más de dos metros que desembocan en una piscina natural poco profunda. Arriba de ellas, otro espejo de agua más grande y un poco más profundo recibe el nombre de Salto de Bernabé, de casi 30 metros.
Es momento de almorzar. Sentados sobre piedras enormes y húmedas, el descanso llega con hambre acumulada. El profe Luis prepara un sánguche de atún, palta y queso. Otros sacan tuppers con ensaladas. La mayoría come sánguches de fiambre o milanesa fría. Un matrimonio pela huevos hervidos. El almuerzo se hizo esperar.
Micaela mira el agua y se ríe de su propio temor de la mañana. “¡Está buenísima esta aventura! Venía con un poco de miedo porque pensaba que iba a ser difícil, pero lo logré”, se alegra. Cuando le preguntan por recomendaciones, responde con la precisión de su formación como profesora de Educación Física. “Lo principal es usar un calzado cómodo y adecuado para este tipo de actividades. Hidratarse cada tanto, usar gorra, protector solar y estar atentos a las indicaciones de quienes conocen el camino, porque hay sectores que pueden ser peligrosos”, enumera.
La aventura todavía no termina. Billy da las últimas instrucciones. “Mientras ustedes comen, voy a atar la piola en la lomada de la derecha para que puedan descender hasta el salto”, dice. Hay dos formas de acceso. La primera exige nado en la pileta natural de abajo y ascenso hacia la de arriba. La segunda propone subir una empinada lomada de casi siete metros y hacer rápel para bajar hacia el otro lado, sin mojarse. Esta última se impone. Se forma una fila de ascenso y descenso.
Todas las miradas van hacia las rocas. Las formas delinean rostros que parecen tallados por el río artesano. Una calavera se dibuja perfecta. Una cara angulosa, con mueca triste, se aprecia más abajo. Otro rostro que parece masculino se muestra de perfil y pareciera que intentara lavarse la cara con el líquido cristalino. La naturaleza es mágica y la tranquilidad de la flora hace que los caminantes se olviden de la ciudad, del trabajo, de las preocupaciones.
Con alegría, sacan sus celulares y posan para las fotos. Llega el momento del baño y de dejarse bendecir por el manto frío que cae con fuerza sobre las cabezas. En ese tramo, Jerónimo repite una frase que funciona como sello del día. “Muy pocos conocen este lugar”, señala, y nadie lo desmiente.
Fabiana, que buscaba revancha, mira el salto como quien tacha una cuenta pendiente. “Me sirve mucho como desafío diario, por la edad y por todo. Puedo hacerlo y puedo ir descubriendo más lugares”, afirma.
Minutos después de las 15, el grupo emprende el regreso. El retorno trae cansancio y ropa empapada, pero también una calma rara, como si el río ordenara la semana antes de que empiece.
A las 19.30 se llega en tres grupos al autobús. Los cuerpos pesan, los zapatillas gotean, y el sur tucumano queda atrás con la misma promesa con la que Jerónimo abrió el día, esa que no suena a marketing sino a advertencia honesta: el Salto de Bernabé pide valentía, y no se regala.