En Tafí del Valle, el Seven nunca fue solamente un torneo. Fue (y sigue siendo) una cita que une al deporte, al público, a los turistas y a la familia del rugby. Una fecha marcada sin demasiadas explicaciones, una excusa para subir a la montaña y reencontrarse con una escena que se repite año tras año: rugby reducido, amigos que se cruzan, mates que van y vienen, el sol jugando a las escondidas y esa sensación de que, por un día, el tiempo corre de manera diferente.
Por eso, cuando el Seven de Tafí del Valle anuncia cambios, conviene detenerse un segundo antes de aplaudir por reflejo. No porque la novedad incomode, sino porque en los rituales bien construidos cualquier modificación dice algo más profundo que la simple incorporación de una herramienta.
En su edición número 26, el Seven vuelve a confirmar su peso dentro del calendario del rugby del NOA. Serán 12 equipos, copa en disputa, exhibiciones, entrada libre y una jornada intensa que empezará temprano y que terminará cuando la tarde comience a perder la batalla contra la noche. Hasta ahí, el corazón del evento late igual que siempre. Lo diferente aparece en los márgenes: una organización más afinada con planificación anticipada y, como símbolo de esta etapa, el lanzamiento de una aplicación oficial que permitirá seguir el torneo en tiempo real desde el celular.
La tentación sería leer la app como un gesto de modernidad, como un guiño tecnológico para no quedarse atrás. Pero en Tafí la cosa va por otro lado. La aplicación no busca impresionar, sino ordenar. Resolver lo que durante años se resolvió con preguntas al pasar, con horarios que cambiaban sobre la marcha y con resultados que se perdían en el murmullo del público. En definitiva, busca algo bastante más simple y más difícil, que respetar el tiempo del otro. Y ese detalle no es menor.
Porque cuando un evento deportivo entiende que la experiencia del público empieza mucho antes del primer kick-off y termina bastante después de la final, deja de pensar sólo en el juego y empieza a hacerlo también en las personas. Está claro que es una información básica saber a qué hora se juega, dónde queda cada puesto, qué ofrece la gastronomía y cómo se reprograma un partido si el clima obliga; pero también es una señal de madurez.
En lo deportivo, el Seven mantiene su lógica clásica. Equipos de la región y de provincias vecinas, nombres con historia y otros que se suman para aportar frescura. Cardenales, Los Tarcos, Universitario, Jockey Club, Huirapuca, Santiago Lawn Tennis, clubes de Salta y de Catamarca, y uno invitación que le pone un condimento especial a la competencia. El fixture se presentará días antes del inicio de la competencia, los cruces estarán definidos y el ritmo será el de siempre. Será una jornada de partidos cortos, de intensidad alta y de finales que no admiten distracciones.
Pero el Seven de Tafí nunca se explicó solamente por lo que pasa dentro de la cancha. Las exhibiciones (el Clásico de los Valles o el partido de veteranos) funcionan como un puente entre generaciones, como una manera de recordar que el rugby también es memoria y pertenencia. La oferta gastronómica, además, convierte al predio en un espacio de permanencia y no de paso. Y la entrada libre, acompañada por una contribución voluntaria con fines solidarios, reafirma una idea que hoy parece casi contracultural, que es que se puede crecer sin cerrar la puerta.
Ahí aparece una de las claves del evento. Mientras muchos torneos se profesionalizan a fuerza de exclusividad, de precios elevados y de experiencias segmentadas, Tafí y su Seven eligen otro camino. Suman herramientas, ordenan procesos, mejoran la comunicación, pero mantienen intacto el espíritu de encuentro. No acelera la jornada ni la disfraza de espectáculo ajeno. Tampoco renuncia a la montaña ni al clima imprevisible. Acá no parece haber necesidad de volverse otra cosa para parecer más grande.
Organizar un evento así no es sencillo. Requiere anticipación, acuerdos, logística y una lectura fina del contexto; además de entender que crecer también implica asumir nuevas responsabilidades. La habilitación de estacionamientos, la coordinación con espacios privados, la comunicación clara sobre lo que depende y lo que no de la organización; son detalles que no suelen salir en la foto, pero que definen si la experiencia es disfrutable o caótica.
Tal vez por eso el Seven de Tafí del Valle año tras año sigue convocando al público. Porque no se apoya solamente en la nostalgia ni en la épica del paisaje, sino que lo hace en una idea simple, pero firme: los eventos deportivos también hablan de cómo nos organizamos, de cómo convivimos, de cuánto valoramos el tiempo y el espacio compartido.
En tiempos en los que muchas competencias crecen y se desdibujan en el intento, Tafí parece haber entendido algo esencial. Evolucionar no siempre es cambiar de piel. A veces es, simplemente, aprender a cuidar mejor lo que ya se tiene; y en esa delicadeza (entre la tradición y el orden, y entre la montaña y la pantalla) el Seven vuelve a encontrar su mejor versión.