Algunos médicos, con la certeza que emana de la ciencia aprendida, suelen confirmar a sus pacientes que el final inexorable se avecina y que solo cabe esperar. El cáncer que padecen es demasiado letal como para intentar revertirlo. Lo saben ellos pero resulta innecesario que el deshauciado se entere, con tanto detalle, de la condena que pesa sobre él. Hace 60 años, aproximadamente, el Dr. Osvaldo Fustinoni, ex decano de la Facultad de Medicina de la UBA, opuesto al criterio de comunicar sin rodeos, fue taxativo: “las reacciones psicológicas que presentan las personas enfermas deberían ser aceptadas y tenidas en cuenta para adaptar la modalidad de la información a cada caso”. Pregonaba, en síntesis, mesura, empatía y, de ser necesario, conmiseración. Estoy muy lejos de querer involucrar, a muchos, en esta corriente de indiferencia o desapego. El siguiente testimonio lo corrobora. Fui testigo de la muerte de mi padre. Presencié el modo como dos facultativos (uno de ellos, su hermano), ejercían maniobras y le aplicaban fármacos para impedir el desenlace. En un momento escuché que mi tío Ernesto le decía a su colega y amigo: “continuá inyectando vos; yo no puedo”. Profesionales que aparentemente están preparados para afrontar los más exigentes desafíos, en algún momento, se tornan permeables al dolor ajeno. Sin embargo, como la mayoría, por encima de los avatares, jamás abandonan el inalterable juramento asumido: salvar vidas.

Alejandro De Muro