Mientras la ovalada vuela de punta a punta y los tackles levantan aplausos, en el Seven de Tafí del Valle hay otro partido igual de intenso; y es el que se juega al costado de la cancha, entre familias, chicos, mates, perros, emprendimientos y risas. Un "certamen" paralelo, sin marcador, pero con muchísima vida.
Durante el recorrido de LA GACETA se ve a Clarita, por ejemplo. Pequeña, sonriente y con espíritu emprendedor. Llegó con su familia y con una mesa llena de pulseritas hechas por ella misma. “Las hago yo, todas”, cuenta orgullosa al móvil de nuestro diario. Empezó hace apenas un mes, ya recibe encargos y tiene claro su modelo favorito: las de perlitas. “Es divertido y relajante”, explica, como si fuera una artesana con años de experiencia. Primer año en el Seven, pero con mentalidad de veterana.
Unos metros más allá, los padres acompañan, ceban mates y alientan a los clubes. “Venimos por Uni (Palau en el torneo)”, dice uno, mientras otro se suma con un mensaje simple y potente: “Que sigan jugando como vienen”. En Tafí, el aliento no distingue camisetas: se banca al club entero.
Hay familias que repiten la tradición. Desde Concepción, los hinchas de Huirapuca llegan con la ilusión intacta. “Todo el aliento para que lleguemos a la final”, dicen.
El picnic merece capítulo aparte. Manteles, conservadoras, mochilas, chicos corriendo y una logística digna de camping cinco estrellas. “Venimos listos para pasar todo el día”, cuenta Luciana, que llegó con amigos y hasta con Pilar, la perra deportiva que no se pierde ningún evento. “Siempre viene con nosotros”, dice, mientras Pilar posa como si supiera que también es parte del show.
Entre partido y partido aparecen los debutantes. “Es la primera vez que vengo”, confiesa un señor que observa con atención. Le sorprende la cantidad de gente, el movimiento constante, el clima de fiesta. “El rugby lo conozco por la tele, pero esto es distinto”, admite.
Los chicos, en cambio, ya son expertos. Vienen hace años, llegan tarde -como ritual no oficial- y bancan a Universitario con la naturalidad de quien se siente en casa. “Todos son familia”, dicen, cuando se enteran de que sus dos equipos favoritos se enfrentan entre sí. Drama cero, pertenencia cien.
Y si algo le faltaba al Seven, aparecen las futuras periodistas. Micrófono imaginario en mano, Mica y sus amigas se animan a entrevistar al público. Preguntan por el equipo favorito, la comida y hasta las cábalas. Una mamá de Catamarca confiesa la suya: “No me siento en todo el partido, doy vueltas”. También recomienda las empanadas tucumanas y sueña con levantar la Copa de Plata con su hijo.
Entre sorteos de bicicletas eléctricas, selfies, amigos que se cruzan y chicos que hacen de cronistas, el Seven de Tafí demuestra que la fiesta no está solo en la cancha. Está en cada historia mínima, en cada encuentro casual, en cada pulserita vendida y en cada sueño chiquito que se cuela entre un try y otro. Porque en Tafí, el rugby se juega… pero la magia pasa alrededor.