Existen comunidades, tribus -como les gusta llamarse- que conviven a través de WhatsApp. Tribus que se arman por edades de nuestros hijos y por necesidades: la del recién nacido y el sueño, la de la alimentación complementaria, la de la lactancia, la de la crianza respetuosa. Grupos que, en general, nacen alrededor de una figura que sabe y comunica: una nutricionista que en Instagram habla sobre alimentación saludable en los primeros años de vida y que invita a sumarse a un enlace “para acompañarnos entre mamás”. Y de repente, ahí estamos: 3.500 mujeres de toda la Argentina hablando de azúcar, ultraprocesados, viandas, desayunos y culpas.
Porque eso también circula, aunque no figure en la descripción del grupo.
Las tribus maternas funcionan como red de contención, sí. Pero también como un sistema silencioso de vigilancia. Nadie obliga a nada, nadie impone reglas por escrito, y sin embargo todas sabemos cuáles son. Qué está bien. Qué está mal. Qué se espera. Qué se aplaude. Qué se juzga. Y, sobre todo, qué decisiones nos colocan del lado de las “mamás informadas” y cuáles nos dejan en el banco de las que “no se esforzaron lo suficiente”.
Ahí aparece el conflicto. Porque esos espacios que prometen alivio muchas veces terminan sumando presión. Estándares altísimos, difíciles de cumplir si trabajás, si llegás cansada, si no tenés tiempo, dinero o energía. Alimentación cero azúcar, cero procesados, cero excepciones. Desayunos con pan casero, frutas de estación, proteínas bien elegidas. Y una, mientras tanto, mirando el reloj, armando la mochila entre mensajes del trabajo, resolviendo el desayuno con lo que hay y calentando lo posible, no lo ideal.
No hace falta que nadie señale nada. La comparación se activa sola. Es automática. ¿Por qué ella puede y yo no? ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Hasta dónde llega mi responsabilidad? La maternidad, atravesada por redes sociales, se volvió un terreno fértil para la autoexigencia. Y las tribus, sin proponérselo, muchas veces la amplifican.
En esos grupos hay acompañamiento, pero también hay crítica. A veces explícita, a veces disfrazada de consejo bienintencionado. Comentarios que juzgan decisiones ajenas, que marcan un camino único, que convierten elecciones personales en mandatos colectivos. Y cuando una está cansada, vulnerable, con poco margen, ese murmullo pesa. Mucho.
Hace unos meses, en pleno concierto, Jennifer López frenó y lanzó una pregunta simple, incómoda: “¿Por qué nos hacemos esto?”. Hablaba de los cuerpos, de la mirada ajena, de la exigencia constante. Pero podría haber estado hablando de la maternidad. De por qué, entre nosotras, levantamos varas imposibles. De por qué transformamos espacios que nacen para sostener en escenarios donde sentimos que estamos rindiendo examen.
Como mujeres y como madres, estas tribus nos interpelan. Porque nadie quiere quedar afuera. Porque pertenecer calma. Pero también porque no siempre nos animamos a decir basta. A reconocer que no podemos con todo. Que no queremos con todo. Que hay días en los que elegir lo posible es, en sí mismo, un acto de cuidado.
El desafío es preguntarnos qué nos aportan y qué nos quitan. Animarnos a salir, silenciar, corrernos. Entender que criar no es una competencia ni una vidriera, y que no todo lo que se presenta como “mejor” es necesariamente mejor para todas.
Las tribus maternas no son el problema en sí. El problema aparece cuando dejan de acompañar y empiezan a exigir. O al menos una se siente exigida por los estándares que plantea la tribu. Cuando, en lugar de alivio, generan más peso. Y entonces la pregunta de Jennifer López vuelve, incómoda, insistente: ¿por qué nos hacemos esto?