El diagnóstico de cáncer suele llegar como un golpe inesperado. Cambia rutinas, proyectos y prioridades. Pero también, en muchos casos, saca a la luz una fortaleza desconocida. Hoy, en el Día Mundial contra el Cáncer, la historia de Mariela González, de 52 años, y de su hijo Lucas, de 32, son testimonios de resiliencia, de fe, de aprendizaje. Entre los dos, afrontaron tres veces la enfermedad. Y nunca bajaron los brazos ni dejaron de soñar.

El primer impacto para la familia llegó con Lucas, cuando él tenía 28 años. Comenzó a sentir un cansancio inusual: caminaba pocas cuadras y se agitaba, sentía que le faltaba la respiración, se atragantaba al comer y notaba una inflamación persistente en la garganta.

“Una mañana se levantó y tenía una pelota en la garganta. Pensé que era papera”, cuenta la mamá. Tras varias consultas médicas y estudios, llegó la noticia menos esperada. “Recuerdo que nos habían mandado a un especialista en cabeza y cuello. Cuando llegué, la secretaria me dijo que no había turnos disponibles para el oncólogo. Ahí fue que me cayó el baldazo de agua fría”, rememora.

El diagnóstico fue linfoma de Hodgkin,  un cáncer que se origina en el sistema linfático. “Entonces, empezó todo el movimiento familiar; fue tremendo”, cuenta Mariela. Lucas atravesó quimioterapia y radioterapia. En esos momentos trabajaba como vendedor y tuvo que dejar su empleo para dedicarse de lleno al tratamiento. “Me sorprendía porque él le ponía muchas ganas, siempre tenía una actitud positiva. Me decía que no se sentía enfermo”, explica.

La recaída

Al poco tiempo recibió el alta y parecía haber superado el cáncer. Sin embargo, un año después, hubo que empezar de nuevo. Más terapias, más estudios y, en 2020, en plena pandemia, la noticia más dura: una nueva recaída cuando se preparaba para un trasplante de médula ósea en Buenos Aires.

“Fue muy difícil, pero mi hijo fue mi mejor maestro”, dice Mariela. “Nunca bajó los brazos. Terminaba la quimio y quería irse a casa, salir, distraerse, hablar con amigos. Me enseñó a seguir adelante aún cuando no parecía haber muchos motivos para hacerlo”, apunta.

CARIÑO. Sentados en el sillón de su casa, Mariela le da un beso a Lucas. Ambos pelearon contra la enfermedad y son un ejemplo en el Día mundial contra el Cáncer. LA GACETA / FOTO DE OSVALDO RIPOLL

Durante un año, la familia viajó cada 15 días a Buenos Aires. La vida cotidiana se reorganizó alrededor de Lucas: el trabajo, la escuela de los hermanos, los tiempos familiares. “Todo giraba en torno a lo que él necesitaba. Estábamos todos unidos como familia”, cuenta.

El momento más duro fue cuando el joven ya no respondía a la medicación que le estaban dando. “Estuvo a punto de morir”, confiesa la mamá, mientras retiene la respiración.

Pero había una luz de esperanza. Y se aferraron a ella. Tras ingresar a un protocolo de investigación y recibir un tratamiento nuevo, Lucas pudo acceder a un autotrasplante de médula ósea que se realizó en Tucumán, en el hospital Kirchner. “Respondió muy bien. La parte oncológica que tenemos en la provincia es excelente; los médicos fueron increíbles”, destaca Mariela.

El autotrasplante de médula ósea es un procedimiento médico que consiste en extraer células madre sanas del propio paciente antes de recibir quimioterapia o radioterapia de alta intensidad. Estas células se congelan, almacenan y, tras el tratamiento oncológico, se devuelven al cuerpo para regenerar la médula ósea. Lucas fue el paciente número tres al que se le realizó este procedimiento en la provincia.

El joven se recuperó, volvió a trabajar y a proyectar su vida. Pero la historia no termina ahí. Mientras acompañaba a su hijo en los controles previos al autotrasplante, en 2023, Mariela descubrió un bulto en su pecho durante un autoexamen.

El diagnóstico fue cáncer de mama, de baja agresividad y detectado a tiempo. Ella ya sabía lo que se venía, ya conocía los términos médicos, sabía los efectos de la quimio y de la radioterapia. Sin embargo, buscó no entrar en pánico. “La palabra cáncer ya no me asustaba como antes. Con Lucas aprendí a escuchar a los profesionales, a esperar los estudios, a no desesperarme. Y a entender que el cáncer tiene tratamiento y se puede curar”, afirma.

Mariela atravesó una cirugía, quimioterapia y rayos. “Aunque no la pasé bien, trataba de ver el vaso medio lleno, siempre positiva. Me aferré a Dios, iba a la iglesia y buscaba ayudar a otras personas que la estaban pasando mal y necesitaban apoyo”, detalla. “No todos los días se está fuerte, pero hay que buscar ayuda, salir, hablar, no encerrarse”, sostiene.

Luego de finalizar su tratamiento, empezó a hacer actividad física y hizo cursos. Trata de mantenerse siempre activas. Su mensaje, especialmente para otras mujeres, es claro: el autocontrol salva vidas. “Es fundamental tocarnos, hacernos los estudios. Yo me atrasé un año con la mamografía por lo de mi hijo, pero igual lo detectaron a tiempo. Cuanto antes lleguemos a un diagnóstico y a un tratamiento, más altas son las posibilidades de cura”, remarca.

Paciencia y fe son fundamentales, dice. Aunque no hay una única manera de atravesar una enfermedad así, en este Día Mundial contra el Cáncer, Mariela resume su experiencia con una reflexión que atraviesa toda su historia: “no hay que preguntarse ‘¿por qué a mí?’, sino ‘¿por qué no a mí?’. Siempre hay cosas buenas, incluso en lo malo. Si nos hundimos en lo negativo, nos vamos al pozo. Pero si miramos lo bueno, salimos adelante. Hoy estamos vivos, más unidos que nunca, y eso es lo más importante”.