Un hombre de 60 años entra al club con dos horas de retraso y una excusa que suena a rutina antes que a disculpa. Viene de tenis. Adolfo Ibáñez, es médico, y hace un año y cuatro meses decidió empezar patinaje artístico, un deporte que todavía muchos miran como territorio ajeno para un varón adulto. En Tucumán Roll Sport lo esperan sus amigas, como él las llama, y en esa palabra simple se resume algo que en el entrenamiento se vuelve visible: la pertenencia.

Saluda, deja el bolso cerca de la pista y antes de hablar de sí mismo se inclina hacia una niña de sonrisa grande. La presenta como su gran amiga. Emma tiene seis años y recibe el gesto con naturalidad. Cerca, las demás chicas pasan rodando por la cancha. Afuera cae el atardecer de febrero.

“Dancing in the dark”

Pasadas las 19, Adolfo se calza los patines y comienza a calentar. Las alumnas forman una ronda con él y giran una y otra vez. Ensayan figuras, fallan, vuelven a intentarlo y siguen. Las profesoras observan, guían y corrigen. Sobre las cuatro ruedas, el médico avanza y retrocede como si estuviera sobre una cinta que lo mueve. De fondo suena “El lago de los cisnes”, de Tchaikovsky, y el contraste entre la música clásica y el sonido de las ruedas y saltos que golpean el piso crean una escena que ya conocen bien.

En un costado, sentada con una remera azul, labios rojos y un rodete alto que sostiene sus cabellos rubios, María Isabel Giménez mira con los ojos húmedos. No aparta la vista de Adolfo y confiesa: “No puedo evitar las lágrimas. Me recuerda a mi hijo que falleció hace siete meses”, explica mientras se seca las mejillas. Y, como si el entrenamiento también fuera un reencuentro, anticipa otra emoción: “No sé si voy a reconocer a Rolo cuando lo vea”, dice sobre su colega deportivo que no tarda en llegar y al que no ve hace décadas.

A los minutos, Adolfo se acerca y cuenta su historia con una mezcla de sorpresa y orgullo. Todavía no termina de creer lo que le pasó.

No habla como un recién llegado. Habla como alguien que ya encontró su lugar. “Empecé hace un año y cuatro meses. Es muy poco tiempo”, dice, y enseguida explica el giro inesperado que lo volvió famoso sin buscarlo. “Yo nunca patiné de chico. Una vez tuve unos patines como regalo de Navidad y tenía equilibrio”, recuerda. “Después acompañé mucho a mi hija, que patinaba bien y eso también influyó”, suma. El año pasado viajó a Bariloche con un grupo de amigos por los 40 años de egresados y propuso ir a patinar sobre hielo. Nadie lo acompañó, pero la idea quedó fija. “Cuando volví dije ‘voy a patinar’. Averigüé y empecé.”, relata.

En el video que circula con miles de likes y cientos de miles de reproducciones se lo ve al médico salir a la pista de competencia con jean, camisa y una alegría contagiosa. Baila sobre ruedas al ritmo de “Dancing in the dark”, de Bruce Springsteen y el público acompaña con palmas. Improvisa pasos que no estaban pautados y hasta se anima a un salto. La escena termina con un abrazo colectivo: sus compañeras entran y lo rodean y festejan.

El aprendizaje hasta el torneo, no fue amable. “Todo parecía imposible. El patín es muy difícil y exige mucho. Es directamente proporcional a la cantidad de caídas: cuanto más te caés, mejor vas mejorando”, afirma.

En el inventario de figuras aparecen palabras que en la pista se escuchan como claves secretas. “Fui haciendo figuras que no podía creer: ‘la paloma’, ‘el indio’, ‘el carrito’, patinar para atrás, combinar movimientos”, enumera y marca su obstáculo actual: “Lo que más me cuesta es una figura que se llama ‘remo’. También el trompo me cuesta un poco y lo estoy trabajando”, dice.

PREPARATIVOS. A los 80 años, el ritual de calzarse los patines se repite.

La academia

Andrea Acosta observa desde cerca y acompaña con indicaciones firmes y afectuosas. Es la instructora de la academia y la historia de Adolfo se enlaza con su forma de enseñar y con el movimiento constante de Roll Sport: “Comencé a patinar a los 9 años y enseño hace más de 30 años. Me apasiona”, cuenta. Explica que en el grupo hay muchas más mujeres que varones. “Hay tres varones nada más. En total son alrededor de 100 alumnas”, señala.

Describe una dinámica que empieza como recreación y termina en competencia. “Es una academia que se dedica mucho a la competencia, aunque muchas empiezan de manera recreativa y después terminan compitiendo porque es un deporte hermoso”, dice.

Sobre Adolfo, la profesora habla como quien encontró un ejemplo inesperado dentro de un grupo donde los prejuicios todavía pesan. “Es un excelente compañero, muy dedicado y muy aplicado y perseverante”, dice y recuerda que él empezó con la idea de algo recreativo hasta que aceptó competir. Su primer torneo fue el Open Internacional Roll Sport, el internacional que Acosta organiza en Tucumán y que este año cumplió 11 ediciones.

Adolfo no separa la pista de su vida diaria. Cuenta que su rutina incluye solo una clase semanal porque tiene una agenda ajustada. “Juego al tenis y después vengo directo a patinar”, dice y deja un mensaje que repite en el consultorio y en la pista: “Creo que no hay un impedimento para que la gente haga lo que le gusta, sin importar la edad”, afirma. Habla del patín como cable a tierra y como placer.

Los que vuelven

La tarde suma otra postal. Rolando Acosta, está próximo a cumplir 80 años y patinó hasta después de los 70. Es el padre de Andrea y el hilo que une generaciones en el club. Habla de sus comienzos en la calle, del patín carrera y de la enseñanza a los chicos del barrio, pero cuando le piden que explique qué se siente, elige una imagen que queda flotando en el salón. “Sentís el viento en el rostro, como si volaras. Los patines son alas en los pies”, dice.

María Isabel, de 80 años, llegó invitada por él y volvió después de más de 50 años lejos del patín. Trajo recuerdos de presentaciones como primera patinadora en el Club Atlético Tucumán, de medallas, de vestuarios y de una vida ligada a la danza. Su presencia se mezcla con la emoción de su amigo. Los dos se calzan los patines con medias prestadas y salen a la pista felices. Recuerdan con nostalgia a esos niños que fueron.

En ese cruce de edades, disciplina y vueltas, Andrea resume el mensaje que recibe a diario en la academia cuando alguien pregunta si no es tarde, si no es ridículo, si no da vergüenza: “Nunca es tarde. Los sueños se deben cumplir”, dice.

Pasaron casi dos horas. Mientras la ronda gira otra vez, Adolfo se integra al grupo, se impulsa, frena, intenta el remo y corrige la postura. Las profesoras miran, las alumnas practican. Afuera, febrero sigue su curso. Adentro, el entrenamiento deja una certeza sencilla, casi silenciosa: hay vidas que encuentran un segundo inicio en una tarde cualquiera.