Consumo problemático de sustancias: “Hoy muchos se drogan para no sentir”
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Especialistas analizaron esta semana en Tucumán el consumo problemático de sustancias como un síntoma de crisis social que trasciende la marginalidad y requiere acción estatal.
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El consumo dejó de ser un fenómeno marginal para volverse un síntoma social. Expertos señalan que el descontrol sistémico y el vacío emocional impulsan el aumento de las adicciones.
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El debate pone el foco en el rol de la familia y el Estado. Se espera que abordar el vacío emocional y la falta de control sea clave para enfrentar esta problemática a futuro.
EL ANÁLISIS. En el estudio del programa, los especialistas, Sánchez y Mustafá, hablaron sobre el consumo problemático en la sociedad actual.
En un contexto atravesado por la incertidumbre, la desigualdad y la pérdida de referencias, el consumo problemático de sustancias dejó de ser un tema periférico para instalarse en el corazón de la vida cotidiana. Ya no se trata sólo de drogas ilegales ni de sectores vulnerables: el fenómeno atraviesa edades, clases sociales y territorios.
Para comprender qué está pasando y, sobre todo, qué se puede hacer, Panorama Tucumano reunió al médico Jorge Raúl Sánchez, con más de 25 años de trabajo en adicciones, y al psicólogo social Emilio Mustafá, especialista en abordaje comunitario. A lo largo de la charla, ambos coincidieron en un punto: la droga no es el problema en sí mismo, sino el síntoma de una sociedad en crisis.
-¿Por qué la droga se ha naturalizado en la sociedad?
Mustafá: Porque estamos frente a un fenómeno social complejo, que no puede explicarse desde una sola causa. Hay componentes históricos, sociales, subjetivos y biológicos que se entrecruzan. La naturalización es el resultado de un proceso. Hoy el consumo aparece, muchas veces, como un recurso para sostenerse frente a la frustración. No estamos hablando sólo de alguien que busca “diversión”, sino de personas que encuentran en la sustancia una forma de aliviar un malestar profundo. Los chicos con los que trabajamos lo dicen de manera muy directa: ‘me drogo porque es lindo’. Pero cuando uno profundiza, lo que aparece es otra cosa. Se drogan para dejar de sentir, para escapar de una realidad que duele, para no pensar por un rato.
-¿Qué otros factores influyen en esa naturalización?
Mustafá: Hay dos elementos clave. Por un lado, los intereses económicos que sostienen el mercado de drogas, tanto legales como ilegales. Estamos hablando de un negocio enorme, que tiene capacidad de instalar prácticas, consumos y sentidos. Y por otro lado, la fragmentación de los vínculos comunitarios. Antes había redes más fuertes: la familia, el barrio, las organizaciones. Hoy eso está más debilitado. Y cuando se debilitan esos lazos, se pierde también la capacidad de cuidado colectivo. Estamos en un momento de profunda deshumanización. ¿Qué significa eso? Que el otro deja de ser una persona y pasa a ser un objeto. Lo vemos en situaciones extremas. Alguien que le vende droga a un chico de 11 años no lo percibe como un niño, lo ve como parte de una transacción. Esa lógica de mercado se metió en la vida social.
-¿Se trata sólo de drogas o de algo más amplio?
.Sánchez: Es mucho más amplio. Yo prefiero hablar de conductas adictivas. Porque el problema no es sólo la sustancia, sino el vínculo que la persona establece con eso que consume. Puede ser una sustancia ilegal, pero también puede ser el alcohol, la nicotina, los psicofármacos o incluso conductas como el juego. El impacto en la persona y en la familia puede ser igual de devastador. De hecho, cuando miramos los datos, las adicciones más frecuentes son las legales. El alcoholismo sigue siendo el principal problema, con un impacto enorme en la estructura familiar y social. Después viene la nicotina, que es una de las adicciones más difíciles de tratar, y luego los psicofármacos. Recién después aparecen sustancias como la cocaína. Entonces, si solo ponemos el foco en lo ilegal, estamos dejando afuera gran parte del problema”.
-¿El consumo atraviesa a todas las clases sociales?
Sánchez: En la práctica clínica vemos dos factores que se repiten: carencia y abandono. Y cuando hablamos de carencia no nos referimos solo a lo material, sino sobre todo a lo afectivo. Podés tener todas las condiciones materiales resueltas, pero si no hay contención, si no hay vínculos sólidos, aparece una falta que también puede llevar al consumo. Lo mismo con el abandono; no es solo estar solo físicamente, sino no tener a alguien que ejerza un rol, que ponga límites, que acompañe.
-¿Qué está pasando con los jóvenes en este contexto?
Mustafá: Ser joven hoy es muy angustiante. Hay una sensación muy fuerte de que no hay futuro o de que el futuro está demasiado lejos. Vivimos en una lógica de presente continuo, donde cuesta proyectar. Antes había ciertos hitos: terminar la escuela, conseguir trabajo, formar una familia. Hoy todo eso está más incierto. Y esa incertidumbre permanente genera angustia. Cuando no hay horizonte, cuando no hay posibilidad de imaginar un proyecto, el presente se vuelve lo único que existe. Y en ese presente, el consumo aparece como una forma de transitar ese malestar”.
-¿Qué rol tiene la familia frente a esta problemática?
Sánchez: Un rol central. Y lo primero que hay que decir es que no puede haber doble mensaje. Un padre no puede decirle a su hijo que no consuma si él mismo consume de manera problemática. Los chicos aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. También hay una cuestión vinculada al rol. Muchas veces hablamos de ausencia paterna, pero no necesariamente es una ausencia física. Es una ausencia en el ejercicio del rol: en poner límites, en acompañar, en dar ejemplo. Cuando eso no está, el chico queda sin una referencia clara.
-¿Qué deberían hacer concretamente los padres?
Sánchez: Estar presentes. Parece simple, pero no lo es. Saber a dónde van sus hijos, con quién están, qué hacen. Acompañarlos, buscarlos, involucrarse. No delegar todo. Y asumir la autoridad. Porque si no está la autoridad en la familia, aparece otra autoridad: la del sistema judicial, la del hospital, la de la urgencia. Y ahí ya llegamos tarde. Muchas veces los chicos que terminan en situaciones graves vienen dando señales hace mucho tiempo. El problema es que nadie las vio o nadie las quiso ver.
-¿Cómo actuar frente a alguien con consumo problemático?
Mustafá: Es importante trabajar lo que llamamos “límite contenedor”. No todo vale. Se puede respetar a la persona, pero también marcar que ciertas conductas no son aceptables, sobre todo cuando afectan a otros. El límite también es una forma de cuidado.
-¿El problema empieza cada vez a edades más tempranas?
Sánchez: Sí. Antes hablábamos de inicio a los 15 años; hoy vemos chicos de 10 u 11. Incluso casos desde los 8 años. Además, crece el policonsumo: no es una sola sustancia, sino varias combinadas. Y eso aumenta los riesgos. También hay que tener en cuenta que el problema no es solo de los jóvenes. Hay consumo en todas las edades, incluso en adultos mayores”.
-¿Existe una solución definitiva?
Sánchez: “No en términos simples. La internación, por ejemplo, es sólo una parte del proceso. La recuperación implica distintas etapas: desintoxicación, tratamiento, reinserción. Y en ese camino, las recaídas pueden aparecer. No son un fracaso, son parte del proceso. Lo más importante es sostener en el tiempo”.
-¿Qué rol tiene el Estado?
Mustafá: Un rol fundamental. Se necesitan políticas públicas sostenidas, no medidas aisladas. Esto no se resuelve en el corto plazo. Hay que pensar estrategias a 10 o 15 años, con inversión y con articulación entre distintos actores. También es clave el enfoque comunitario: llevar los dispositivos de atención a los barrios, reconstruir vínculos, generar espacios de encuentro.
La conversación dejó la idea de que el consumo problemático no puede reducirse a una decisión individual ni a un desvío aislado. Es el reflejo de una trama social que se tensiona, se fragmenta y, en muchos casos, se deshumaniza. En ese escenario, las respuestas tampoco pueden ser individuales. Requieren familias presentes, comunidades activas y políticas públicas sostenidas en el tiempo. “Una persona no deja de ser adicta sólo porque deja de consumir”, sintetizó Sánchez hacia el final. “Deja de serlo cuando logra encontrar un sentido en su vida”.






















