En el mundo de la vitivinicultura, los reconocimientos suelen medirse con medallas de oro, plata o bronce. Las bodegas persiguen puntuaciones de críticos internacionales y sus sellos de calidad que avalan el líquido que descansa dentro de una botella. Por ejemplo, los "100 puntos Parker" representan la máxima distinción que otorga The Wine Advocate, la emblemática guía fundada por Robert Parker. Sin embargo, para Alicia Ortiz, una jujeña de 64 años radicada en los Valles Calchaquíes, y su esposo Gustavo Hourcle (65), el mayor galardón que han recibido es el reconocimiento más impactante a su trabajo camina hoy por las calles de Francia, grabado con tinta indeleble en la piel de una estudiante de enología.
La anécdota es el hito más sorpresivo de un proyecto de vida que comenzó como un plan de retiro y se transformó en una pasión desbordante. Todo ocurrió cuando la finca que la pareja posee en el kilómetro 4.314 de la ruta 40, en Colalao del Valle, recibió a un contingente de intercambio estudiantil. Eran jóvenes franceses, cuna de la viticultura mundial, que llegaban al norte argentino para estudiar los procesos del Nuevo Mundo.
"Hicimos degustaciones, recorrimos los viñedos y les contamos nuestra filosofía", recuerda Alicia a LA GACETA. Entre copas y charlas, la historia de la etiqueta "Jamás vencido" caló hondo en una de las visitantes. Tiempo después, la noticia llegó a través de una videollamada que dejó a los propietarios sin palabras: la joven se había tatuado la botella del vino tucumano en su brazo.
"Quiero decirles a Alicia y Gustavo que nos recibieron maravillosamente en su casa, y que su historia de amor, así como toda la energía que pusieron en su bodega, me conmovieron profundamente. Este tatuaje les rinde homenaje a ellos y a su trabajo tan significativo y amoroso, y representa toda su trayectoria y a todas las personas maravillosas que conocí", decía el mensaje que escribió la joven llamada Charlene.
Fue un gesto que dejó sin palabras al matrimonio propietario de Finca Viñas del Chañar. "Me emocionó muchísimo. Que una joven francesa, que viene de la cultura del vino por excelencia, valore y disfrute tanto nuestro producto y su historia como para llevarlo en la piel, es el mayor premio que podemos recibir; mucho más que una medalla en un concurso", confiesa Alicia, todavía conmovida por el gesto que valida, a miles de kilómetros de distancia, la identidad de su terroir.
Cómo nació “Jamás vencido”
Para entender por qué una estudiante europea decidió tatuarse un vino de Tucumán, hay que remontarse al origen del nombre "Jamás vencido". No es un simple ejercicio de marketing, sino un reflejo del paisaje y del espíritu de sus creadores. "Pasamos por media Argentina trabajando", recuerda ella. Alicia venía de coordinar programas de hábitat y Gustavo se dedicaba a la obra pública, pero la vorágine urbana los empujó a buscar un refugio donde el tiempo transcurre a otro ritmo. Por eso en 2015 decidieron apostar sus ahorros a ese sueño y desembarcaron en algunas hectáreas cercanas al límite con Salta.
La pandemia de 2020 fue la prueba de fuego que terminó de cimentar el arraigo de la pareja con la tierra. Hasta ese momento, su vida transcurría en un viaje pendular mensual desde Bariloche. "Fue un momento bisagra", asegura Alicia y añade: "Llegamos un domingo y el jueves se decretó la cuarentena. Ya no volvimos más; nos quedamos acá cautivados por la Pachamama".
La premisa original era modesta: levantar una casa y plantar una hectárea de viñedo para consumo propio, movidos simplemente por el placer de los buenos vinos.
Pero cuando llegaron, en una de las caminatas de reconocimiento por esa tierra árida, se toparon con una imagen que definiría el futuro de la bodega. En medio de la nada, yacía un cardón antiquísimo, derrumbado por el tiempo o el viento. A simple vista, parecía seco, una estructura muerta en el suelo del valle. Sin embargo, al acercarse, notaron un milagro botánico: el gigante caído había rebrotado. De su tronco yacente nacían nuevos brazos, erguidos con fuerza hacia el sol.
"Parecía seco, pero había rebrotado y tenía muchos brazos nuevos, como renacido. Nos emocionó mucho y lo relacionamos con nuestra historia y la de tantos: la capacidad de rehacerse y no dejarse vencer, ni aun vencido", explica la mujer oriunda de Ledesma. Esa resiliencia vegetal se convirtió en la insignia de sus vinos malbec Reserva y Gran Reserva con paso por barricas de roble francés de segundo uso que le dan una evolución perfecta.
"Matria": la fuerza femenina
Además de la línea premium, la bodega desarrolló una marca que rinde homenaje a la energía femenina: "Matria". Destinada a los vinos jóvenes (Malbec y Torrontés), esta etiqueta encierra una declaración de principios.
"El nombre remite a la 'patria' en femenino, a la Pachamama, a la energía femenina procreadora", explica la propietaria. La inspiración viene de la propia genealogía de la pareja: "Tanto en mi familia como en la de Gustavo tuvimos madres y abuelas empoderadas, así que es un reconocimiento a ese matriarcado". Mientras "Jamás vencido" habla de resistencia, "Matria" habla de origen y fertilidad.
La importancia de trabajar con expertos
Llegar a producir su vino no fue algo sencillo. Buscaron asesoramiento experto. Contactaron al INTA y dieron con el ingeniero agrónomo Juan Goitía, de Cafayate, a quien definen como la "piedra basal" del proyecto agrícola. En 2016 comenzaron a plantar con riego por goteo y postes de palo santo, apostando a una inversión que perdurara en el tiempo. Hoy, aquella hectárea inicial se ha multiplicado: ya cuentan con poco más de cuatro hectáreas en plena producción.
A pesar de ser un proyecto familiar, Alicia y Gustavo entendieron que la calidad no se negocia. Por eso, se rodearon de nombres propios de peso en la vitivinicultura del norte. El primer enólogo fue Claudio Maza, una figura respetada en la región. Actualmente, la elaboración se lleva a cabo en la bodega Hualinchay bajo la supervisión de Álvaro Dávalos, a quien Alicia califica de "capo", mientras que el fraccionamiento está en manos de Daniel Heffner. "Son todos cracks del vino", resume con orgullo, dejando en claro que, aunque el origen fue amateur, el producto final compite en las grandes ligas.