En una carta a Sor María Dominga del Santísimo Sacramento un amigo le decía “es difícil en medio de una naturaleza tan rica y tan majestuosa no acordarse de Dios que ha hecho todas estas cosas”. Hace varios años vivo muy cerca del Colegio creado por esa magnífica dama tucumana. Y la familia de mi esposa es vecina del lugar desde hace casi un siglo, por lo que han sido testigos mudos de cómo las herederas de esa obra fueron progresivamente deforestando esa manzana de avenida Sarmiento, removiendo árboles de todo tipo e inhabilitando la huerta que alimentaba a las religiosas y las alumnas pupilas. Es por ello que, cuando en este verano hubo movimiento de camiones hormigoneros que vaciaron en el patio muchos metros cuadrados o, cuando recientemente podaron las hermosas enredaderas que cubrían el muro perimetral, me quedé pensando; pueden las y los actuales alumnas/os comprender la grandeza de la creación en un patio que cada vez tiene más cemento y menos diversidad vegetal. Cuanto más leo sobre Sor María más convencido estoy de que la frase, citada al comienzo, se había convertido en un ideal que ella quería para sus hermanas y su obra, siendo esa la razón que la llevó a incluir cantidad de plantas en los jardines y la huerta. Es claro, que no pueden volver atrás en el tiempo y que el daño ecológico ya está hecho, a pesar de ello como institución están a tiempo de lograr que sus alumnas/os sean misioneras/os ambientales, comenzando a trabajar desde el propio espacio escolar hacia las comunidades en las que viven, pasando de ser cómplices del cambio climático a una institución que haga todo lo posible para revertirlo honrando así la memoria de Sor María y la majestuosidad de la creación.

Marcelo Daniel Castagno 

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