Para llegar hasta Casa Lila Café hay que ir a Tafí Viejo. En la primera cuadra de la avenida Sarmiento, un local pequeño y acogedor abre sus puertas sin cartel. No hace falta: es el único pintado de lila. Son casi las 17 de un viernes y un perro salchicha negro entra primero, sin pedir permiso. Las dueñas no se sorprenden. Es Bombón, la mascota de la casa.

El lugar es simple. Unas pocas mesas a los costados esperan a los clientes. Detrás del mostrador, Constanza acomoda la vajilla y sirve café. Sofía termina de preparar algunas cosas. Lelia se suma. Las tres hermanas Camarda se sientan juntas, antes de que los comensales lleguen.

La historia de Casa Lila Café, que alguna vez funcionó como un centro de kinesiología, empieza a desplegarse ahí mismo, entre el color de las paredes, los gestos compartidos y una memoria que todavía habita el espacio.

Después de ese momento breve de pausa, la historia aparece sin que nadie la empuje. Sale en forma de recuerdos compartidos, de miradas cómplices y de risas que llegan siempre antes de la emoción. Constanza es la primera en hablar. “Mi nombre es Constanza Camarda, tengo 26 años”, dice. A su lado están Sofía, de 28, y Lelia, de 33. La cuarta hermana, Agostina, no está en la mesa, pero sí en el relato. Vive en Córdoba con su familia y tiene 30 años. Son cuatro hermanas y una historia en común.

Hoy, las tres que están en Tafí Viejo dedican su tiempo completo al café. No fue un plan previo ni una idea largamente pensada. El proyecto tomó forma después de una pérdida que las atravesó para siempre. “Nuestra mamá falleció hace dos años por un cáncer de pulmón que fue fulminante”, cuenta Constanza. El proceso de la enfermedad duró cerca de un año. “Su muerte nos cambió la vida completamente a las cuatro”, dice, sin rodeos.

Hasta entonces, la dinámica familiar estaba marcada por la cercanía. El espacio que hoy funciona como cafetería era parte de ese entramado cotidiano. Ahí atendía su mamá, kinesióloga y profesora de Educación Física. Cuando murió, el consultorio quedó vacío. No era solo un lugar físico: era un espacio cargado de presencia.

La charla sigue. Una de ellas va hasta la casa familiar que está detrás del local y vuelve con fotos de su madre, una mujer alta, de tez clara y cabello ondulado y oscuro. Cada mesa del café tiene un florero con lilas. Las paredes blancas sostienen una repisa casi desnuda. En un momento, Sofía se sube a una silla y acomoda una foto grande. Es una imagen de sus padres abrazados en una calle de Río Cuarto, Córdoba.

Resignificar el espacio

RECUERDO. El lugar tiene fotos de

La idea de abrir el café nació de la ausencia. “Cuando falleció mi mamá, este espacio quedó sin uso y pensamos que podíamos hacer con él”, explica Constanza. No hubo una respuesta inmediata. La posibilidad de alquilar convivió con otra más íntima, más cercana. Sofía lo explica mejor. “Todo surgió con la idea de resignificar el espacio de nuestra mamá con su esencia”, dice y  agrega: “Apareció la idea de encontrarle un nuevo sentido que también nos conectara con ella y decidimos ofrecer alimentos con el estilo de vida que ella nos había enseñado”.

La conexión apareció por donde siempre había estado Lila: la alimentación y el cuidado del cuerpo. “Así nació la idea de hacer un café que nos uniera a las cuatro y en el que nuestra mamá estuviera presente”, afirma Sofía. Ese homenaje está desde el nombre. La madre de las hermanas se llamaba Lelia, pero toda la vida le dijeron Lila. Para ellas, Lila fue siempre sinónimo de hogar, de fuerza y vitalidad.

Fue de esa manera que la historia no quedó puertas adentro. Tafí Viejo es chico y muchos saben quién fue Lila. “Viene mucha gente que fue paciente de ella y nos dicen cosas de ella, la recuerdan. ‘Lila me enseñó a comer distinto’, ‘Ella me insistía en cuidar la alimentación’”, repite, Sofía, las frases que escuchan seguido. El recuerdo circula entre las mesas, como el café y los platos que se inspiran en sus recetas.

Comer mejor, vivir mejor

El mensaje que absorbieron las hermanas durante toda la vida también se transformó en carta. “Todo lo que ella nos enseñó lo trasladamos acá”, afirma Sofía porque la cocina es el corazón del proyecto. Constanza se ocupa de esa parte, pero las decisiones se toman entre las cuatro. “Decidimos ofrecer platos sin harina y priorizamos ingredientes naturales como nos enseñó nuestra madre. Nos adaptamos a los gustos y las maneras de comer de la gente, pero ofrecemos opciones variadas para todos”, aclaró.

Esos platos llevan la memoria de Lila de manera directa. Lelia recuerda la cocina de su casa como un espacio de aprendizaje constante: “Nuestra madre cocinaba explicándonos por qué algo era más sano y para qué servía”, dice. Por eso, uno de los platos del menú lleva su nombre. “Es un plato con panceta, huevos revueltos, palta y un dip de aceitunas”, describe Sofía. “Es un plato que hacía mi mamá y ella siempre decía que era nutrido y se podía comer a cualquier hora del día”.

La tostada francesa es otra de las propuestas que sintetiza esa filosofía de Lila. No tiene azúcar agregada y se endulza solo con frutas de estación.

Los recuerdos llegan a la mente de Constanza y antes de contar cualquier cosa, se anticipa y dice: “Me acuerdo de anécdotas de mi mamá y me río porque ella era muy particular. “Cuando alguna de nosotras se sentía mal, mi mamá decía: ‘Te vas a tomar caldo de huesos’ y lo preparaba. Tomábamos eso en ayunas. Es loco, no es algo común en otras casas pero sí en la nuestra’”, recuerda Lelia. Lila hervía los huesos de las patas de pollo durante horas. “Era casi religioso tomar eso que en definitiva es sólo colágeno natural”, explican las hermanas. Constanza suma otro aprendizaje que todavía aplican en la vida diaria. “Nos enseñó mucho sobre alimentos antiinflamatorios. Nos decía que tomemos una cucharadita, le pongamos cúrcuma y pimienta. Ella estaba constantemente estudiando sobre la alimentación consciente”, agrega.

PLATOS EN SU HONOR. Las hermanas Camarda diseñaron ítems del menú en base a lo que su mamá les cocinaba. LA GACETA / FOTO DE BELÉN CASTELLANO

Ese estilo de vida no empezó con la enfermedad de Lila. “Había cambiado su alimentación hace más de 10 o 15 años”, cuenta Sofía y dice que lo hacía en familia y con una mirada amplia. “Tenía una mirada crítica sobre lo que se come y sobre los modos de vida”, explica. “No se trataba solo de qué comer, sino de cómo vivir”, remarca.

Dónde está Lila

La pregunta sobre dónde creen que está Lila hoy abre un silencio corto. La respuesta llega desde distintos lugares. “Ella está en la gente que viene y la recuerda, porque acá fue su consultorio”, dice Constanza. También en la casa familiar, donde siguen viviendo. Sofía la siente en la naturaleza, en el movimiento y en la cocina: “Mi mamá tenía algo particular, era muy activa y deportista. Nos sorprendía siempre con sus cosas. Le gustaba mucho andar en bici. También, nos llevaba a la plaza, nos hacía descalzarnos y caminar por el pasto. Le gustaba conectar con la naturaleza”, recuerda entre risas. Lelia piensa un poco más antes de responder. Dice que la reconoce en el vínculo entre hermanas. “Creo que ella va a estar siempre en la forma de amar y de querernos entre nosotras. A ese vínculo lo heredamos de ella”, dice con los ojos aguados y se detiene. “No puedo seguir hablando”, se disculpa Lelia y se anticipa con las manos a secarse las lágrimas antes de que caigan. No lo logra por completo, algunas gotas se escapan.

El café que homenajea a Lila funciona como un punto de encuentro. Para quienes llegan por primera vez y para quienes vuelven a un lugar cargado de historia. Antes de que entren los clientes, las tres hermanas siguen sentadas juntas. Bombón posa para las fotos, pasea y se sube a las piernas de una de ellas. Allí, la memoria de una madre distinta y divertida no se mueve de su lugar.