Por Hugo E. Grimaldi
La carga de caballería de Javier Milei contra los empresarios de sectores protegidos -sus nuevos enemigos predilectos- surge casi por necesidad narrativa, ahora que sus juegos de seducción y pactos con la política territorial en el Congreso y los sindicatos han quedado al desnudo. Esta fase de purismo retórico contra el "establishment" económico choca, sin embargo, con la realidad de los balances. El Presidente los señala como prebendarios, pero el esquema productivo argentino es un ecosistema de dependencias mutuas donde, a la hora de sobrevivir al ajuste o de asegurar inversiones "nadie orina agua bendita", como bien dice el saber popular. Ni el Estado que necesita de los dólares, ni el sector privado que durante décadas moldeó las reglas a su medida.
Esa dinámica de señalamientos públicos y potenciales acuerdos reservados no es una falla del sistema, sino su combustible. Los empresarios, que durante años perfeccionaron el arte de cazar en el zoológico, ahora ensayan una indignación de manual mientras, por lo bajo, recalculan el costo de su supervivencia. Saben que el purismo de la Casa Rosada suele ser un bien transable: se agita en los discursos para disciplinar, pero se archiva en los despachos cuando la recaudación flaquea o la inversión no arranca. Al final del día, es el pragmatismo el que impone su ley. En este esquema de beneficios cruzados, la pureza es un lujo que nadie puede pagar y la complicidad es el único lenguaje que todos, de un lado y del otro del mostrador, terminan hablando con fluidez.
Sin embargo, cabe la especulación sobre si Milei, en su fuero íntimo, desprecia o convalida ese manual de supervivencia. ¿Puede permitirse el Presidente ser diferente o, más bien, le conviene serlo? Mantener la guardia alta contra los "empresarios de siempre" no es solo un capricho ideológico; hoy es el respirador artificial de su narrativa de origen. Si cediera por completo a la armonía con el establishment, se arriesgaría a convertirse en un político más, perdiendo esa pátina de outsider que todavía le permite señalar culpables externos cuando la economía no termina de derramar. Allí reside un dilema casi existencial: si el Ejecutivo pacta en exceso para asegurar la gobernabilidad, se mimetiza con lo que juró destruir; si se mantiene intransigente, se arriesga a una soledad legislativa que puede volver estéril su segunda mitad de mandato, a medida que se acerque 2027.
Los relevamientos de opinión pública aún muestran que lo económico es el gran motor del apoyo presidencial, pero es evidente que ese sostén comienza a mostrar fatiga. Si bien hay mejora en el nivel de Reservas y el roll-over de deuda funciona, mientras el dólar viborea varios escalones abajo, el riesgo país no termina de consolidarse en los ansiados 500 puntos básicos. El problema está en la economía real: la inflación no termina de ceder -cuando llegue agosto y el índice no comience con cero, como prometió el Presidente, habrá consecuencias políticas- el consumo se ha resentido, la inversión no aparece y hay más empresas que se van que las que llegan. En ese escenario, el empleo sufre y la confianza declina.
Ese cambio de humor será receptado, más pronto que tarde, por el Congreso. Especialmente por los gobernadores ahora "amigos" que le dieron al oficialismo los votos para la Ley de Modernización Laboral. Este capítulo merece un párrafo aparte: bajo la premisa de que "lo ideal es enemigo de lo posible" hubo un pacto con los gremios para que ellos sigan siendo los arquitectos de los convenios y dueños de las cajas respectivas. Nada de lo declamado tuvo el final previsto, ya que los sindicatos recibieron una serie de peajes que desmienten cualquier épica de purismo total. De allí, se explica que el paro de hace diez días haya sido "sin movilización".
En este intercambio de favores que se cocinó detrás del humo de la retórica encendida, los despachos oficiales tuvieron que aceptar que la "caja" sindical es, por ahora, intocable. Se preservó el flujo de aportes patronales hacia las obras sociales (6%) y se mantuvo a las empresas como agentes de retención, garantizando que el dinero de las cuotas no dependa de la voluntad del afiliado. Inclusive, en el espinoso terreno de los "aportes solidarios", el Gobierno apenas logró un corset de 2% con fecha de vencimiento, dejando en pie los adicionales por “paz social” que aceitan la estructura.
Al blindar la ultraactividad de los convenios y retirar los puntos que herían de muerte el poder de los caciques, Milei demostró que su pragmatismo es, ante todo, un ejercicio de supervivencia, ya que para cambiar las reglas del juego del empleo prefirió no incendiar los puentes con quienes controlan la calle. Al permitir que las empresas previsionen despidos a través de un fondo y al flexibilizar la jornada, lo que hizo el Presidente es ofrecerle al mercado lo que el mercado más valora: predictibilidad. El costo fue garantizarle a los sindicatos su lugar en la mesa, en un equilibrio precario donde todos ceden banderas históricas para no quedarse fuera de un sistema que, aunque más frío y calculado, promete ser el único capaz de sacar a la inversión del freezer.
Además de lo laboral, el Ejecutivo consiguió aprobar las leyes de Glaciares, el Código Penal Juvenil y el Acuerdo Mercosur-UE, para empezar con el pie derecho la segunda mitad del mandato. Y unas cuantas medias sanciones que, desde el lunes, seguirán el trámite normal de las Sesiones Ordinarias En este tablero, el Congreso actúa como un termómetro de precisión que ya marca la fiebre de 2027. Si bien el triunfo en las elecciones de medio término le otorgó un oxígeno vital al gobierno nacional, la política argentina no conoce de gratitudes eternas.
La suspensión de las PASO fue un oasis de consenso, pero la intención de eliminarlas definitivamente -que probablemente se ratifique mañana- ya encarece el voto de los amigos circunstanciales, que ven en esa reforma una amenaza a su supervivencia territorial. En las bancas saben que el crédito vence y, a medida que deshoje el 2026, los bloques dialoguistas exigirán resultados tangibles en sus cajas. El riesgo para la Casa Rosada es que el Congreso, que hoy concede por espanto o conveniencia, decida adelantar el reloj electoral y empiece a facturar cada mano alzada a precio de oro.
Los mandatarios provinciales también leen las encuestas y saben que hay que acompañar, pero siempre "hasta la puerta del cementerio". De allí, que el discurso ante la Asamblea Legislativa tenga para toda la política una importancia estratégica central para verificar cuántas zanahorias pone en juego la Casa Rosada y hasta dónde los aliados seguirán siéndolo sin pedir más.
El tiempo de la campaña 2027 ya empezó a correr. En el Gobierno calculan que quedan seis meses de "construcción conjunta", más allá del viaje a Nueva York de la próxima semana, donde una decena de gobernadores ya se anotaron para mostrarse cerca de Milei, cada uno con su propia agenda de supervivencia bajo el brazo.