En apenas dos meses, Tucumán recibió casi la mitad de la lluvia que suele acumular en todo un año. Entre enero y febrero cayeron cerca de 450 milímetros, en un contexto marcado por la persistencia de precipitaciones, escasa ventilación atmosférica y una atmósfera saturada de humedad.
“El dato más importante es la cantidad de días con lluvia. De los 28 días que tuvimos, precipitaron 23”, explicó Darío Ovejero, licenciado en Geografía y profesor de Climatología de la UNT. “En febrero tuvimos 210 milímetros acumulados y entre enero y febrero llegamos a 450 milímetros. Tenemos conciencia de que la precipitación anual de Tucumán es de unos 1.000 milímetros, entonces en dos meses precipitó el 50% de lo que debería precipitar durante todo el año en la provincia”, agregó.
En la misma línea, el observador meteorológico Leónidas Ricardo Minetti, gerente del Laboratorio Climatológico Sudamericano, remarcó que la continuidad fue determinante. “Lo llamativo fue la cantidad de días con precipitaciones. Eso hace que obviamente la temperatura esté por debajo de lo normal en el mes de febrero”, señaló. Según precisó hasta el pasado 27 de febrero iban 158 milímetros en la estación del Aeropuerto Internacional Benjamín Matienzo y 178 milímetros en la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres. “Lo normal para febrero es 138 milímetros, estamos entre 30 y 40 milímetros arriba”, indicó.
Registros y causas
En el Servicio Meteorológico Nacional, el observador aeronáutico Jorge Luis Noriega confirmó que el escenario estaba previsto. “Desde noviembre el SMN viene anunciando que las precipitaciones iban a ser superiores a lo normal”, sostuvo. Además, citó datos de la Estación Experimental: “En lo que va de febrero, Famaillá acumuló 300,6 milímetros y superó su promedio de 224,5. Es el lugar donde más precipitó”.
Los registros hasta el 26 de febrero muestran altos valores también en el departamento de Monteros, donde la localidad de Caspinchango acumuló 269,8 milímetros; en el departamento de Chicligasta, localidad Arcadia, 256,6; en el departamento Burruyacu, localidad El Cajón 263; y departamento y localidad de Graneros, 230,4, según datos del informe pluviométrico de la entidad.
En ese contexto, Noriega explicó que febrero estuvo dominado por un patrón de inestabilidad sostenida. “Cada mes se renueva el pronóstico trimestral. En noviembre ya se advertía que las lluvias iban a ser superiores a lo normal. En enero y febrero esa situación se mantuvo”, indicó. “Hubo cielos mayormente cubiertos, poca radiación solar y una masa de aire cálida y húmeda instalada en Tucumán. Cuando esa masa entra en contacto con aire frío, se desarrollan tormentas”. Como ejemplo, mencionó lo ocurrido en enero en Alpachiri. “Se acumularon más de 600 milímetros en todo el mes y casi 200 milímetros en dos tormentas en poco tiempo”, detalló.
Por su parte, Ovejero vinculó el comportamiento del verano al cambio de fase en el sistema climático del Pacífico. “La Niña se produce cuando se enfrían las aguas del Pacífico ecuatorial. Eso suele generar menos lluvias en el norte argentino. Durante gran parte del año pasado estuvimos bajo su influencia”, indicó. Actualmente, señaló, el sistema atraviesa una etapa intermedia. “Estamos en fase neutral, eso no significa estabilidad. Muchas veces genera escenarios erráticos, con excesos repentinos de humedad. En Tucumán coincidió con temperaturas altas, mucha humedad y poca circulación de aire. Esta combinación favoreció las lluvias frecuentes”, agregó.
Suelos saturados
En el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), la ingeniera agrónoma Eugenia Zeman, jefa del Área de Recursos Naturales en Famaillá, señaló: “Febrero acumuló 239 milímetros, un valor dentro de la normalidad, pero con mayor intensidad y alta persistencia de días nublados. Gran parte del agua cayó en pocos episodios. Eso aumenta el riesgo de erosión, escurrimiento superficial y saturación rápida del suelo”. Zeman detalló además que, si bien los valores mensuales se mantienen dentro de los promedios, “lo que antes se distribuía en muchos días, ahora se concentra en pocas horas”. Esa dinámica, sostuvo, “incrementa el riesgo para los suelos y para la estabilidad productiva”.
Por su parte, la diplomada en la especialización en Sistemas de Información Geográfica (GIS), Denise Almendro explicó que el tipo de suelo agrava el problema. “En el Gran San Miguel predomina el suelo limo-arcilloso, prácticamente impermeable. Cuando se satura, el agua corre”, señaló. También advirtió sobre el nivel freático: “La napa está entre tres y cuatro metros y en verano sube. Cuando el suelo deja de absorber, el agua escurre”.
En ese mismo sentido, un asesor externo de MetricPoint, empresa especializada en inteligencia climática, monitoreo meteorológico y análisis de datos para el sector productivo, advirtió que en febrero se consolidó un patrón de inestabilidad prolongada. Además, destacó que los principales diques permanecieron en niveles altos, con erogaciones constantes. “Eso mantuvo elevada la presión hídrica sobre las cuencas y favoreció los desbordes naturales”, explicó. En zonas como Graneros, la acumulación alimentó la cuenca del Marapa y provocó anegamientos prolongados. También se registró caída de granizo nocturno en sectores del centro-sur tucumano.
A este escenario se sumaron las limitaciones estructurales. El biólogo Alejandro Diego Brown, presidente de la Fundación ProYungas, sostuvo que febrero, en líneas generales, no estuvo fuera de lo esperable pero tuvo un comportamiento raro. “Fue más parecido a un mes otoñal, con muchos días seguidos de lluvias suaves”, señaló. “En estos meses tuvimos noches con casi 100 milímetros y más de 70 en dos horas, lo que generó caos vehicular, cortes de energía y problemas de abastecimiento”. “Nuestra infraestructura está pensada para valores promedio, no para extremos. Y una planificación correcta debería contemplar esos escenarios”, advirtió.