“El primer dibujo fue el silencio”, solía decir Yita Nougués.
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Repetido como una suerte de credo íntimo, ese pensamiento funciona como una puerta de entrada a su mundo. Es algo esencial de su manera de entender el arte, del dibujo como una forma de escucha, como una aproximación a aquello que todavía no tiene palabras. Fallecido en Buenos Aires a los 95 años, con Isaías Nougués se apaga una de las voces más singulares que dio a luz el arte tucumano, un creador que hizo de la línea un territorio espiritual y de la memoria un instrumento de conocimiento.
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Ilustrador, dibujante, muralista, escritor, docente -y arquitecto-, Nougués fue, ante todo, un artista de la síntesis, capaz de entender el gesto del dibujo como una extensión del cuerpo y del pensamiento. Se marchó de Tucumán en 1960 para radicarse en Buenos Aires y cuatro años después comenzó a exponer sus obras. Desde 1964 recorrió un infatigable itinerario de museos y galerías con una producción reconocida por críticos y especialistas. ¿Qué vieron en él? Una voz inconfundible dentro del arte argentino. Pero para comprender la raíz de esa obra hay que regresar, inevitablemente, a Tucumán.
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Nougués hablaba de la provincia con una intensidad que mezclaba memoria y pertenencia. Recordaba los veranos de su niñez y adolescencia como experiencias que más tarde se convertirían en una especie de reservorio emocional para su obra. “Ese es mi paisaje -decía-, el paisaje que soy”.
No era una metáfora decorativa, porque el paisaje siempre fue una forma de identidad. En las líneas de los dibujos de Yita -sintéticas, tensas, cargadas de energía- parecían latir ecos de la geografía del norte argentino, desde la fuerza mineral de la tierra y la densidad de las montañas al silencio de los horizontes abiertos.
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“Nougués no ha renegado nunca de sus raíces ancestrales. Más aún, ellas definen, tiñen, avasallan toda su obra con el signo inevitable del instinto, con la fuerza inevitable de un fenómeno de la naturaleza. Como un hilo en suspenso, el dibujo de Nougués nos conduce hacia el contorno de la realidad, hacia ese borde en que la percepción alcanza su madurez precisa y su silencio”. (Alberto Petrina)
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Si hubiera que elegir un concepto/palabra para definir la obra de Nougués, probablemente sería línea. Rafael Squirru lo llamó alguna vez “el mago de la línea”. En sus dibujos, el trazo parece surgir con una naturalidad casi inevitable, como si ya estuviera contenido en el papel antes de ser trazado. Hay en ellos una economía de medios que, lejos de empobrecer la imagen, la vuelve más intensa.
Sus dibujos solían ser de rápida ejecución, casi gestuales, pero detrás de esa aparente espontaneidad se percibe una estructura rigurosa. La línea se despliega como una energía que organiza el espacio, que anuda formas, que construye figuras humanas entrelazadas, cuerpos en tensión, presencias que parecen surgir de una memoria arcaica.
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“La línea, el simple trazo, adquiere por momentos la elocuencia total, la revelación profunda y definitiva de la imagen, no independiente, sino ineludiblemente integrada en su contexto, de forma que la parte sea, con idéntica vigencia, el todo”. (Osiris Chiérico)
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El propio Nougués tenía una idea muy clara sobre ese vínculo entre el cuerpo y el dibujo. En LA GACETA, el crítico Ramón “Tito” Pérez describió ese gesto con precisión al señalar que el artista entendía el dibujo como una prolongación del ser. El dibujante, según esa concepción, no sólo trabaja con su sensibilidad o con su imaginación: también con su musculatura, con la energía física de la mano que se extiende a través del pincel o de la pluma. El dibujo, en esa perspectiva, es casi un combate. Como si la línea fuera una espada.
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Según el poeta y crítico Rodolfo Alonso, el trazo de Yita siempre fue austero pero rico, sensible y expresivo, capaz de concentración e irradiación. Esa capacidad de condensar sentido en pocos elementos es uno de los rasgos más admirados de su producción.
El ensayista León Benarós vio en sus dibujos una americanidad expresionista, visible en las figuras robustas, de concepción casi mural, que pueblan su obra. Hombres y mujeres que parecen existir en un tiempo primordial, “como en el primer día de la tierra”. En sus murales, esa dimensión se vuelve más evidente. Allí el relato visual adquiere una escala épica. Las formas se suceden como engranajes de una maquinaria simbólica a partir de cuerpos, rostros, gestos que se ensamblan en composiciones de gran energía narrativa.
Pero incluso en esos registros monumentales aparece un rasgo que distinguía a Nougués; una cierta distancia lúdica, un humor sutil que atenúa cualquier tentación de solemnidad.
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Yita no fue un artista encerrado en su taller. Su mirada sobre el arte estaba atravesada por una reflexión constante sobre la cultura y la sociedad. “El arte te hace preguntas. Cuando el arte te deja de preguntar, hay algo que falla”, decía.
“Lo importante de la creación sería insinuar, pero no mostrar demasiado”, sostenía. En esa frase se reconoce una estética basada en la sugerencia, en el poder de lo que queda incompleto.
A la vez, desconfiaba de las modas y de las tentaciones del “sistema del arte”. En una de sus reflexiones más contundentes enfatizó: “quiero fijar mi posición en momentos en que se pretende reemplazar el testimonio por el panfleto, la creación por la destrucción, la obra de arte por el show, confusionismo que ha llevado a algunos artistas a reemplazar caballete y pinceles por las antesalas donde la adulonería y la obsecuencia ponen al alcance de cualquiera la triste intrascendencia de la notoriedad fácil”.
En esa crítica late una preocupación profunda por el lugar del arte en la cultura contemporánea. Para Nougués, la obra artística debía conservar una dimensión de verdad, algo que no podía ser reemplazado por el espectáculo ni por la estrategia de mercado.
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Una frase suya resume quizá su concepción más profunda al momento de enfrentar la vida: “el dibujo -y el arte en general- es memoria del futuro”. En su perspectiva, el arte anticipa algo que todavía no existe. Crear sería, entonces, una forma de presentir. La creación, según esa mirada, no es una conquista definitiva, sino un territorio que se abre y se cierra, un misterio que obliga a seguir trabajando.
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En paralelo con su trayectoria artística, Yita mantuvo una relación intensa con la vida pública, dimensión ligada a su historia familiar. Su padre, Isaías Nougués, y su tío Juan Luis fueron figuras influyentes de la política tucumana en la primera mitad del siglo XX, vinculadas al partido Defensa Provincial Bandera Blanca. De ese legado provino su temprana conciencia política.
Yita solía afirmar que pensar el país únicamente en términos económicos era “dejar a la Argentina en manos de los que compran y venden”. La frase revela una mirada crítica sobre las simplificaciones del debate público. Su pensamiento estaba marcado por una convicción sencilla pero firme: la necesidad de una alianza de hombres honestos y capaces para sacar a la provincia del estancamiento.
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En extremo polifacético, Nougués fue también docente universitario en Buenos Aires. Quienes lo conocieron en ese rol recuerdan su capacidad para estimular la búsqueda personal. No imponía fórmulas ni estilos. Invitaba a pensar.
Paralelamente escribió poesía. Sus libros -menos conocidos que su obra plástica- revelan otra dimensión de su sensibilidad. Allí reaparecen los mismos temas que atraviesan sus dibujos, como el misterio del tiempo, la presencia del paisaje, la relación entre el cuerpo y lo invisible.
En 2005, la Universidad Nacional de Tucumán lo reconoció como personalidad destacada de la cultura, un gesto que simbolizó el vínculo persistente entre el artista y su tierra de origen.
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En sus últimos años, Yita hablaba con mayor frecuencia sobre la dimensión espiritual de su trabajo. “Creo que en mis dibujos yo no puedo prescindir de la presencia de Dios, que está generalmente no dibujada; me doy cuenta después”, confesó. Ese sentimiento también aparece en su manera de pensar la muerte. “Antes le tenía miedo -apuntó en una entrevista brindada a LA GACETA-. Ahora ya no. Porque me he acercado mucho a mis propias creencias y eso me ha hecho pensar siempre en el después, pero ya sin miedo”. La frase termina con un matiz humano, casi humorístico: “no le tengo miedo, pero no quiero morir”.
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El adiós a Yita Nougués cierra una trayectoria artística que se extendió durante más de seis décadas, pero su obra permanece como un territorio abierto. César Magrini escribió que en sus trabajos “hay una fuerza, una concisión y un ímpetu del diseño, un grado de síntesis tal que ya parece imposible”. Esa síntesis es también una forma de permanencia.
Los dibujos de Nougués siguen allí, vibrando en su austeridad, como si cada línea contuviera un movimiento detenido.
Tal vez por eso su frase sobre el silencio vuelve a adquirir sentido. Porque el silencio, ese primer dibujo, no es un vacío. Es el lugar donde comienza la forma. En el caso de Nougués, también es el lugar donde su obra continúa hablando.