Los narcos, con las millonarias ganancias que obtienen con la actividad, pueden comprar voluntades y silencio. Pero no hay dinero que alcance para tener o mantener los afectos, más aún si viven en la clandestinidad. A lo largo de la historia hay varios casos que demuestran esta teoría. Es más, el femicidio de Érika Antonella Álvarez es un claro ejemplo de ello.
Érika mantenía un romance con un peso pesado del mundo narco. La familia asegura que su novio era Luiz Carlos “Cabeza Blanca” da Rocha, también llamado “El Pablo Escobar de Brasil”, uno de los traficantes más importantes del continente que, supuestamente, está detenido en una cárcel federal del vecino país.
Las autoridades, en cambio, creen que es Carlos “El Mayor” Ferreyra, un paraguayo que está acusado de dirigir una organización que se dedicaba al tráfico aéreo de droga y que fue detenido años atrás por la Policía.
Hay dudas sobre la identidad de este hombre, pero sobran las certezas de que estaban acostumbrados a la clandestinidad. Usaban distintos nombres, tenían varios documentos, no dormían siempre en el mismo lugar y no tenían vehículos a su nombre. Estas son medidas típicas que toma cualquier persona para mantenerse prófuga. Pero todas esas precauciones las dejaba de lado para estar cerca de Érika.
Este narco se mostraba con la víctima del femicidio incluso en supuestos encuentros para cerrar acuerdos con otros traficantes. “Podría haber sido una bomba de tiempo. No es común que un hombre que es buscado a nivel internacional se relacione con una persona que, por sus problemas, puede delatarlo sin dificultad. Es más, hasta compartió momentos con la familia de ella, que sabía perfectamente quién era. Evidentemente la quería mucho”, razonó un experimentado investigador.
Testimonio
Mayra Álvarez, hermana de la víctima, confirmó esa teoría. En su declaración contó que la relación se extendió durante cuatro o cinco años, hasta la muerte de Érika. “Él era muy atento con ella y le tenía mucha confianza. Jamás le dio drogas para que vendiera”, sostuvo. “Era un hombre muy familiero”, agregó al referirse al vínculo que mantenía la joven con, según aseguran, “Cabeza Blanca”, narco que debería estar encerrado en un calabozo de una cárcel de Brasil.
Los “romances narco” que dieron que hablar en TucumánMilena Álvarez fue quien aportó la mayor cantidad de datos sobre el romance que mantuvo con el narco. No sólo le entregó a LA GACETA una foto del hombre en cuestión, sino que también relató que incluso organizó una reunión familiar para festejar el cumpleaños de Érika. Recordó que él compró todo, hizo el asado y hasta les contó qué comidas y vinos había consumido a lo largo de su vida.
“Por lo que me contaron los familiares, él era muy protector con ella”, indicó Carlos Garmendia, representante legal de la familia de la víctima. Milena, por su parte, dijo que él le daba dinero para que se comprara todo lo que quisiera, pero al enterarse de que lo utilizaba para adquirir drogas, dejó de hacerlo. “Sólo le entregaba lo justo y necesario para que comprara comida”, detalló.
Traficantes que fueron abatidos o atrapados por sus afectosEl abogado señaló que la adicción que padecía Érika impidió que se consolidara la relación. “A él no le gustaba que ella consumiera drogas. Incluso le dijo que le pagaría la colocación de implantes mamarios si dejaba de hacerlo”, indicó.
Dudoso final
Según los datos que figuran en el expediente, fue este hombre quien la presentó a Felipe “El Militar” Sosa, el hombre acusado de haberla asesinado el 7 de enero en una casa de Yerba Buena. Marcelo Cosiansi, defensor del imputado por el femicidio, negó esa versión.
Los pesquisas más experimentados dudan sobre este punto en particular. Consideran poco probable que alguien se atreva a asesinar a la pareja de un narco pesado sin que este dé su consentimiento. En ese oscuro mundo, un crimen de ese tipo se paga con otra muerte. ¿Se atreverá “El Militar” a contar lo que sucedió? ¿No habla porque tiene miedo? Esas son preguntas que, por ahora, no tienen respuestas.