¿Qué hubiese pasado si los hinchas no paraban el partido en el minuto 13? Atlético, otra vez, se quedó a las puertas de llevarse tres puntos fundamentales. Y, esta vez, el “Decano” había hecho todo para golpear primero: arrancó con intensidad, explotó las bandas y arrinconó a Tigre durante los primeros minutos. La sensación era clara: el gol estaba al caer. Pero el ingreso de los hinchas y el parate cambiaron el escenario. Enfriaron el partido, acortaron distancias y le quitaron a Atlético su principal virtud: el vértigo. Desde ese momento, el encuentro entró en un pozo del que nunca salió. El ritmo se diluyó, las ideas también, y el resultado fue una consecuencia lógica: un 0-0 apagado, con muy poco para rescatar.

Los puntos positivos del equipo de Julio César Falcioni quedaron condicionados por el resultado. La lista es corta, pero clara: la intensidad inicial y la búsqueda constante por las bandas. Nicolás Laméndola fue el más peligroso en ese tramo. Con pases o gambetas, el “Chueco” aparecía como el generador de espacios en el frente ofensivo. Renzo Tesuri y Maximiliano Villa intentaban acompañar esa profundidad por derecha, mientras que los centros hacia Leandro Díaz empezaban a repetirse. Es cierto: ninguna de esas jugadas terminó en gol. Pero la lógica es simple: cuanto más se genera, más cerca se está de convertir. Atlético había encontrado un camino. El problema es que el partido y todo lo que vino después lo obligaron a abandonarlo.

La interrupción terminó de desordenar al “Decano”. Ese dominio que había construido para inclinar la balanza se desvaneció en cuestión de minutos. Fueron siete minutos de tensión, de incertidumbre, de un corte que nadie terminó de entender. “Loco” Díaz intentó sostener el impulso, incluso acercándose a los hinchas, pero el efecto fue el contrario. El único que salió beneficiado fue Tigre.

El equipo de Diego Dabove emparejó el trámite y dejó atrás la incomodidad inicial. Sin necesidad de dominar, se acomodó. Ordenado, firme, sin sobresaltos. Ya no sufría. Y empezó a jugar otro partido: uno más lento, más cerrado, más favorable a sus características. Con la pausa de Gonzalo “Pity” Martínez o la potencia de Alfio Oviedo e Ignacio Russo, le alcanzaba con poco para inquietar. Atlético, en cambio, ya no era el mismo.

El segundo tiempo fue un bodrio. Ninguno de los dos propuso nada. Como si ambos equipos hubiesen firmado un pacto de no agresión. Atlético no encontraba la manera de enlazar el ataque con el mediocampo, mientras que Tigre se mantenía en su libreto de priorizar el orden. El “Matador”, incluso, logró incomodar con un potente remate del “Pity” Martínez que fue atajado por Luis Ingolotti, y luego hubo un travesaño en el arco del “Decano” tras un rechazo hacia atrás de Gastón Suso. También se puede sumar el gol anulado del “Loco” Díaz por posición adelantada. Pero la producción fue pobre, muy pobre.

El 0-0, entonces, no fue casualidad. Fue la consecuencia de un partido que se desarmó cuando mejor lo tenía Atlético. De un equipo que había encontrado una idea, pero que no supo (o no pudo) sostenerla cuando el contexto cambió. Porque el parate lo perjudicó, sí. Pero también lo expuso.

Atlético mostró que puede dominar, que puede generar, que puede lastimar. Pero también dejó en evidencia que todavía no logra imponer su partido cuando todo se desordena. Y en el fútbol argentino, donde lo imprevisible aparece en cualquier momento, eso no es un detalle menor.

Quizás la respuesta a la pregunta inicial nunca aparezca. Pero lo que sí quedó claro es que, una vez más, el “Decano” tuvo el partido en sus manos y lo dejó escapar.