“Queremos obras, no montículos de tierra que después el agua vuelve a arrastrar”. La frase, seca y cargada de una fatiga acumulada por décadas, brotó de vecinos de La Madrid. En ese rincón del sur tucumano, el rostro de la desesperación trasciende la voz de algunos habitantes que hablan desde intereses políticos opositores. Es un rostro curtido por el barro que se diferencia del de una dirigencia que se concentra en “presencia” y “respuesta rápida” ante los daños que genera el temporal, pero que a menudo les da la espalda a reclamos que nacen de la desgracia. Lo peor ocurre cuando, ante el grito del que lo perdió todo, la respuesta del poder es el prejuicio o la represión policial como la del lunes: no todo está armado; hay dolores que son, simplemente, genuinos.

Esa desconexión no es patrimonio exclusivo de las fronteras provinciales. En la Capital Federal, una mujer frente a las cámaras de TN resumía la microeconomía de la supervivencia: “en otra época llegaba a mi casa a las 8 o 9 de la noche, tenía más tiempo para descansar y la heladera estaba llena”. Su testimonio refleja el día a día de millones de argentinos: más horas de trabajo, menos ingresos y complicaciones que se amontonan, como el recorte del transporte en Buenos Aires (en Tucumán el servicio es normal) por el precio de los combustibles.

En las antípodas de esa heladera vacía, el presidente Javier Milei y su ministro Luis Caputo repiten el discurso del orden fiscal y la salvación del abismo. “Es falso que estemos mal”, disparó el mandatario recientemente, refugiándose en la performance del Merval y el riesgo país en torno a los 550 puntos. Según el Presidente, hay una única lectura: si los bonos suben, el país florece. Pero en la calle, el pulso es otro: el consumo se desmorona y la inflación se niega a estabilizarse en valores que permitan respirar. Otra vez, el rostro social está de espaldas al de los líderes.

“El barro no se va”: en La Madrid advierten que la asistencia es insuficiente y piden soluciones

En esta era de la posverdad, ninguna falacia persiste por siempre. Los discursos deliberados que buscan la distorsión de los hechos terminan chocando de frente con la potencia de las masas. Ningún dedo, por más digital o influyente que sea, puede tapar la presión del “sol social”. La frase “dato mata relato” les cabe a todos: a los que prometen obras que el agua se lleva y a los que prometen bonanza mientras el poder adquisitivo se pulveriza.

Entre el territorio y el escritorio

En Tucumán, el oficialismo intenta reaccionar. El ministro del Interior, Darío Monteros, junto a su par de Obras Públicas, Marcelo Nazur, y un nutrido grupo de técnicos, se reunió con vecinos de La Madrid para prometer intervenciones en el río Marapa y gestiones ante Vialidad Nacional por la ruta 157. Hablaron de retroexcavadoras de 45 toneladas y de limpiar canales de cintura. Es cierto que el Gobierno provincial tuvo una reacción rápida ante la inundación de la ciudad. Pero también hay otras certidumbres. Otra vecina, Lidia del Valle González, lo puso en términos de su día a día: “una cosa es que nos inundemos hasta la rodilla, y otra que sean dos metros y perdamos todo”. En La Madrid, el reclamo es por las décadas de parches sin soluciones de fondo. No quieren más arreglos posinundaciones, sino obras de infraestructura. El oficialismo actual paga la desidia de ocho años de un gobierno manzurista ausente, sin obras, sin planes y sin gestión.

Aquí es donde la política debería mirarse en el espejo de su propia historia para entender que la solución no es la “asistencia” en la emergencia, sino la audacia en la gestión. Existe un precedente que hoy, ante las lluvias récord de este marzo de 2026, cobra una vigencia absoluta: el “Codo de Vargas” en Concepción.

“Nos reprimen por pedir obras y el Gobierno no da la cara”: el enojo de los vecinos de La Madrid durante la protesta

Esa obra no nació de un despacho, sino de un hombre que entendió que el Estado debía articular con la comunidad. Miguel “Miguelón” Vargas, concejal en el período 1999-2003, no se quedó en la queja. Después de la terrible inundación que había sufrido en 1997 su ciudad (en el 92 otra también la había sacudido), financió estudios de su bolsillo, alquiló aviones para entender la dinámica del río Gastona y el Chirimayo desde el aire, y empujó una obra de ingeniería que muchos tildaban de excesiva. El resultado: mientras hoy otras localidades ruegan que el barro no suba, al menos ese sector de Concepción resiste gracias a una infraestructura que tuvo nombre, apellido e iniciativa real. La zona no se volvió a inundar a partir del “codo” que desvió el cauce del río, que apuntaba de frente hacia el corazón de la ciudad.

El peligro de la sordera

¿Quiénes oyen las voces ciudadanas, en medio del ruido y las mentiras de las redes y la negación de la realidad que se cuela en los despachos oficiales? Se impone un Gobierno nacional que mira planillas de Excel y celebra el superávit como si fuera un fin en sí mismo, ignorando que detrás de cada punto de déficit reducido hay una familia que dejó de consumir productos esenciales. Por el otro, un Gobierno provincial que corre detrás de la tormenta, prometiendo maquinarias cuando el agua ya está en el patio.

Tensión en La Madrid: en plena protesta por las inundaciones y la falta de obras, vecinos denuncian violencia policial en la ruta 157

La lección del “Codo de Vargas” es que las obras que trascienden son aquellas que nacen de escuchar al territorio, no de intentar “militar” la realidad. Milei dice que es falso que estemos mal porque mira los bonos; los funcionarios tucumanos se ofuscan ante los reclamos de obras que hace cuatro décadas que no se realizan. Pero los hechos concretos no están en X (antes Twitter): están en el escurrimiento del agua y en el ticket del supermercado.

Si la política sigue creyendo que el reclamo social es una “operación mediática”, terminará chocando contra esa masa social que no entiende de Merval, pero sí de desesperación. Cuando la política se encierra en su propio relato, el agua siempre termina entrando por la puerta.