Una cosa es usar internet, como los padres, y otra muy distinta es vivir en internet, como los hijos. Que no se diga entonces que esta brecha generacional, tan avanzado ya el siglo XXI, es la misma de siempre. Hubo un pasado cercano en el que esos padres podían conocer los caminos que recorrían sus hijos; hoy no tienen la más remota idea de cómo funciona el hábitat en el que niños, adolescentes y jóvenes encuentran su lugar. Y lo peor es que creen saberlo por el simple hecho de mirar TikTok.

Chicos y chicas transitan pasadizos que sus padres ni imaginan. Intercambian la información precisa sin la necesidad de acudir a buscadores; Google les parece tan obsoleto como Facebook. Hace rato abandonaron la punta del iceberg, que es la internet conocida por el mundo adulto, para encontrar en la deep web lo que realmente les interesa. Comparten códigos en un lenguaje indescifrables para un millenial promedio -y ni hablar de la generación X, a la que ven como un fotograma de “Jurassic Park”-.

Hay una novela fascinante y durísima, no apta para estómagos sensibles, que a fin de cuentas tiene más de crónica que de ficción. Se llama “Amigdalatrópolis”, la escribió B.R. Yeager y la editó el sello Caja Negra. Es la historia de un adolescente alienado -al punto de la despersonalización- por su absoluta sumisión a la digitalidad. Una subcultura caracterizada por el gaming, por el streaming y por las permanentes variantes que dictan las redes.

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“Si ves el futuro, dile que no venga”, sentenció Juan José Castelli, el orador de la revolución al que -horrible paradoja- empezó a matarlo un cáncer de lengua. Pero si algo no hará el futuro es dejar de venir. Es su naturaleza.

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Desde que el homo sapiens empezó a hacer de las suyas, el denominador común entre los jóvenes es la rebeldía. Es cierto, cada época ha tenido su propio conflicto generacional, pero lo que distingue al siglo XXI es la velocidad y la profundidad de los cambios. Además de transformar la comunicación, las tecnologías digitales alteraron la percepción del tiempo, del trabajo, de la autoridad y del futuro. Por eso padres e hijos ya no discuten desde lugares distintos dentro del mismo mapa. Esa constante histórica se rompió, al punto de que padres e hijos residen en planos diferentes. En consecuencia, las herramientas que toda la vida se usaron para tender puentes intergeneracionales ya no sirven, hacen falta otras. ¿Quién las tiene?

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Las redes sociales alternativas, los videojuegos en línea, las plataformas de streaming estratégicamente disimuladas, los foros sepultados en la deep web en los que la información circula desencriptada son entornos naturales de los hijos. Un hábitat vedado a los padres. Allí los chicos socializan, construyen identidad y experimentan pertenencia. Allí sus vínculos, en muchos casos, se sostienen tanto o más que en el barrio o la escuela. Los padres pueden entender el funcionamiento básico de las aplicaciones, pero no su lógica. “La brecha generacional actual no es solo de edad, sino de códigos culturales y tecnológicos que estructuran la experiencia cotidiana”, advirtió el sociólogo español Manuel Castells.

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No se trata de que los padres no sepan usar una app, sino de que no habitan el mismo ecosistema simbólico que sus hijos. Algunos especialistas lo llaman “galaxias superpuestas”; familias que comparten espacio físico pero no necesariamente el mismo universo de referencias. Y aquí hay un elemento central, porque es cierto que los padres pueden pasarse el mismo -o más- tiempo hipnotizados por el celular que sus hijos, pero la cabeza no les está funcionando del mismo modo.

Uno de los cambios más disruptivos es la inversión de roles en el aprendizaje, porque el conocimiento fluyó siempre de arriba hacia abajo, de padres a hijos. Hoy ese flujo es bidireccional. Los hijos enseñan a los padres a usar tecnología, a entender tendencias y a moverse en entornos digitales. La psicóloga Florencia Salvarezza lo resume con claridad: “por primera vez en la historia moderna los adultos no son los principales portadores del conocimiento práctico. Eso puede generar inseguridad en ellos y, al mismo tiempo, una sensación de autonomía temprana en los hijos”. Autonomía que no implica madurez emocional o criterio. Saber más de tecnología no equivale a saber más de la vida. La síntesis es un ambiente de tensión, con padres que sienten que pierden autoridad e hijos que cuestionan esa autoridad porque perciben que sus mayores no dominan aspectos centrales del mundo actual.

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Los cambios culturales redefinen los vínculos. La crianza basada en la obediencia y el temor dio paso a modelos centrados en la empatía, el diálogo y el respeto por la individualidad. El giro es un avance, ya que se cuestionaron prácticas autoritarias y se legitimaron las emociones. Por sobre todo, se promovió la escucha. No obstante, este paradigma plantea desafíos. Algunos padres encuentran dificultades para establecer límites claros. Temen ser percibidos como autoritarios o “tóxicos”, y terminan negociando cada decisión. El resultado suele ser una ambigüedad que desconcierta a los hijos. Entonces, en el intento de construir vínculos más horizontales algunos hogares terminan perdiendo estructura. En ese vacío, los algoritmos ocupan un lugar que antes correspondía a la familia.

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- ¿Qué querés ser?

- Influencer, creador de contenido, gamer profesional, trader de criptomonedas o emprendedor digital.

- ¿Y de qué vas a vivir?

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“Estamos en una transición donde los modelos laborales del siglo XX ya no garantizan estabilidad, pero los del siglo XXI todavía no ofrecen certezas. Esa zona gris es especialmente conflictiva en la relación entre padres e hijos”. (Santiago Bilinkis)

Para los padres, el riesgo es evidente. Para los hijos, también lo es la precariedad del modelo tradicional. Entre ambos, se abre una discusión que no tiene respuestas simples.

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La tentación de leer esta brecha como una ruptura total es comprensible. Es lo más fácil. En cierto modo, una zona de confort. Sí, las diferencias generacionales actuales son profundas, pero no necesariamente irreconciliables. Será porque el desafío no es eliminar la brecha -algo imposible- sino aprender a habitarla. Reconocer que las diferencias no son un error del sistema, sino una consecuencia de un cambio de época. En esa tarea hay algo que no cambió: la necesidad de construir sentido compartido. Más allá de las pantallas, los algoritmos y las transformaciones sociales, la relación entre padres e hijos sigue siendo uno de los espacios donde se juega la posibilidad de entender el mundo. Hay un nuevo tejido social que reclama ser bordado con sumo cuidado. Qué mejor que comenzar mirando la realidad con la mano en el corazón y aceptando dónde está parado cada uno.