Tras la decisión judicial de avanzar con el cierre definitivo, Garbarino entró en su etapa final de desaparición como uno de los grandes referentes del mercado de electrónica en el país. La medida fue dispuesta por el Juzgado Nacional en lo Comercial N.º 7, a cargo de Fernando D’Alessandro, y establece la baja de persianas de los últimos locales activos en la Ciudad de Buenos Aires, ubicados en las zonas de Tribunales, Almagro y Belgrano.
En este contexto, la empresa inició la liquidación total del stock disponible en esas sucursales. Los productos en remate incluyen desde electrodomésticos de línea blanca —como heladeras, lavarropas y cocinas— hasta pequeños artefactos como tostadoras, pavas eléctricas y freidoras, además de televisores y artículos de informática. Sin ventas online ni reposición de mercadería, la única forma de acceder a estos productos es de manera presencial, con disponibilidad sujeta al inventario específico de cada local.
La quiebra de la compañía fue decretada en marzo, e incluye no solo el cierre de los puntos de venta sino también la liquidación de otros activos, como el depósito en Garín y las plantas Tecnosur y Digital Fueguina, ubicadas en Tierra del Fuego y paralizadas desde hace años. En paralelo, se fijó como fecha límite el 24 de junio para que los acreedores presenten sus reclamos, mientras que la marca Garbarino aparece como el activo más valioso, con potencial de ser transferido en el marco del proceso.
En paralelo al remate, el servicio de postventa quedó prácticamente desarticulado. La empresa ya no garantiza cobertura sobre productos vendidos recientemente, lo que obliga a los clientes a acercarse a los locales aún abiertos para intentar resolver inconvenientes. Con stock limitado, artículos en algunos casos con detalles de exhibición y sin horizonte de continuidad, el cierre de Garbarino marca el final de una era en el retail argentino.