Hoy en Argentina se habla mucho de deuda. De los bonos, del riesgo país, del Fondo Monetario. Pero hay otra deuda, una que poco salen en los diarios económicos y que es mucho más atroz. La deuda de las familias. La deuda de la heladera vacía. La deuda las tarjetas reventadas, del fiado que ya no dan en el almacén. El endeudamiento familiar se volvió una epidemia silenciosa. Ya no es para comprarse un auto o cambiar el televisor. Es para comer, para pagar la luz, para llegar a fin de mes. Datos del Banco Central y de consultoras privadas muestran que nueve de cada 10 hogares tienen algún tipo de deuda. El 60% de esa deuda es con tarjeta, billeteras virtuales y financieras, con tasas que te comen vivo. En el medio están los chicos, porque cuando una familia se endeuda para comer, lo primero que se recorta es la calidad de la familia. Después La cantidad y luego directamente se saltea. Hoy en Argentina, hay chicos que no comen. Unicef, el observatorio de la deuda social UCA, los comedores barriales, todos dicen lo mismo. Más del 60% de los niños son pobres y 1 de cada 5 pasa hambre. Saltean comidas. Van a la escuela para poder almorzar. Llegan al domingo sin haber tomado la leche en toda la semana. En Tucumán, esto duele mucho, porque somos una provincia rica, con caña de azúcar, citrus, arándanos, pero tenemos los índices más altos de pobreza del NOA. Hay chicos que viven a cinco cuadras de una finca de limones y otros citrus y no tienen para comprar una naranja. No quiero terminar este mensaje con golpes bajos. Quiero terminar con una idea mejor. Ningún chico nace para pasar hambre, ninguna madre debería elegir entre pagar la luz o dar de comer. Ningún padre debería irse a dormir con la angustia de deberle al almacenero.
Rodolfo Ruarte
Las Heras 516 - S. M. de Tucumán