Día mundial de la libertad de prensa

El 3 de mayo es una fecha elegida por Naciones Unidas para reflexionar sobre la relevancia de la libertad de prensa en nuestras sociedades. No es posible pensar en profundidad en ella sin hacerlo al mismo tiempo acerca de la calidad del sistema institucional, que la promueve o la inhibe.

PREGUNTA SOBRE LOS DESAPARECIDOS. José Ignacio López, el día de 1979 que hizo su pregunta histórica y Videla intentando dar una respuesta. PREGUNTA SOBRE LOS DESAPARECIDOS. José Ignacio López, el día de 1979 que hizo su pregunta histórica y Videla intentando dar una respuesta.
Daniel Dessein
Por Daniel Dessein 03 Mayo 2026

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Si tuviera que elegir entre un gobierno sin prensa o una prensa sin gobierno no dudaría en elegir un mundo sin las dos cosas. La frase, una deformación de la versión original de Thomas Jefferson –en la que el presidente (1801-1809) y padre fundador de los Estados Unidos se inclinaba por la segunda opción–, la dijo, en broma, un colega que buscaba retratar nuestro clima de época. Es una expresión de la impugnación anárquica contra lo conocido –y dentro de ello, contra la propia dinámica democrática– que está creciendo en estos tiempos, dentro de Occidente.

Concentraciones de poder

El domingo pasado, en estas páginas se recordó la visita a Tucumán, en 1913, de Teodoro Roosevelt, cuya gestión fue determinante para el surgimiento del periodismo moderno. Durante sus presidencias (1901-1909, exactamente un siglo después de las de Jefferson), Roosevelt embistió contra los monopolios que dominaban los principales sectores de la economía norteamericana. Sus medidas dinamizaron la economía al generar un mercado competitivo. De la competencia entre distintos oferentes de bienes y servicios derivó la publicidad. Y de ella, la prensa independiente.

El periodismo hasta entonces era militante; se subordinaba a la defensa de los principios y objetivos de las facciones políticas a las que servía. Con los ingresos publicitarios pudo autonomizarse de esas férulas y desarrollar estándares profesionales orientados a informar a la ciudadanía sobre cuestiones de interés público, posibilitando de ese modo su participación activa y fundada en la vida cívica. El sistema democrático pudo, así, cerrar su círculo funcional.

Más de un siglo más tarde, el mundo registra un nuevo proceso de concentración de poder. Internet llegó a nuestras vidas con sus promesas de bajar las barreras para los emprendimientos económicos, la expansión de la comunicación y de la democracia. Hubo primaveras políticas y económicas impulsadas por la tecnología pero en los últimos años comprobamos los aspectos nocivos de su inserción en nuestras vidas. Crecen la desinformación, la fragmentación, la polarización y amenazas apocalípticas -expresadas por referentes de la industria como Elon Musk– en torno a su expansión descontrolada. También crece la concentración de poder en pocas empresas. De las diez empresas de mayor valuación bursátil del mundo, nueve son tecnológicas. Un puñado de ellas controla un alto porcentaje de los contenidos que consumimos bulímicamente con fórmulas algorítmicas opacas.

El ruido y la furia

El auge del resentimiento, la ira, el desinterés por la cosa pública y los sesgos de confirmación contaminan el ecosistema digital y el debate ciudadano. El diálogo democrático requiere una agenda de cuestiones fundamentales en torno a la gestión de intereses comunes, apoyada en hechos verificados, en el respeto de la opinión ajena y en una convicción básica sobre la necesidad de armonizar diferencias a través de mecanismos institucionales.

En nuestras sociedades, pobladas de monólogos paralelos que mutan en cruces progresivamente más violentos, proliferan discursos y regímenes que se nutren del clima de época. Caudillismos, neopopulismos y sistemas iliberales se fortalecen alrededor del mundo. El liderazgo personalista de Donald Trump, con sus sistemáticos ataques a la prensa, funciona como un modelo para mandatarios con pulsiones autoritarias en los más distintos rincones del planeta. Un discurso hostil se combina con compras agresivas de medios a través de manos amigas y demandas de miles de millones de dólares que generan niveles de autocensura no vistos en ese país desde los años del macartismo.

Revelaciones y disonancias

El periodismo, como todo oficio, está lleno de imperfecciones y de ejemplos negativos. Es legítimo exponerlos y reprocharlos. También debemos reflexionar, en profundidad, sobre la función que tiene este oficio de registrar e interpretar aspectos relevantes de la realidad para la vida comunitaria. La fragilidad de su ejercicio y los embates que recibe amenazan el intercambio propio del proceso democrático.

Sin el periodismo no sabríamos nada de los bolsos conventuales de López, ni de las maniobras espurias de Jaime que desembocaron en la tragedia de Once, ni de las rutas sobrevaluadas o inexistentes de Lázaro Báez o de las connivencias consignadas en los cuadernos de Centeno. Tampoco sabríamos mucho de los lazos oscuros de un candidato como Espert, o de las corruptelas dentro de la Andis, ni de las tramas de Libra o las curiosidades contables del jefe de Gabinete. El discurso gubernamental reprocha la distancia entre unos y otros casos como si lo relevante fuera solo la escala y no el género.

El Presidente considera fruto de una gran operación –en la que participaría el 95% del periodismo– a la disonancia cognitiva que padecería un gran porcentaje de la población. Ante una realidad económica deslumbrante, teñida por el tamiz periodístico, los argentinos sufrirían privaciones ficticias o percibirían fragilidades inexistentes.

La palabra, el odio y los llorones

En el principio era el verbo. Es lo que constituye y lo que degrada. El primer ladrillo de una civilización y el posible comienzo de su erosión.

Fopea contabilizó 16.806 insultos en la cuenta de X del Presidente; un promedio de 60 por día. Javier Milei afirma que sus agravios son una réplica a las agresiones que recibe y un simple ejercicio de su libertad de expresión. Algunos de sus blancos predilectos, periodistas como Carlos Pagni, Joaquín Morales Solá o Hugo Alconada Mon, son profesionales que se caracterizan por la precisión y el cuidado en el uso de un lenguaje desprovisto de insultos.

Milei llama “llorones” a los periodistas que advierten la desmesura y los peligros de su persistente llamado al odio. El insulto y el odio están a un grado de separación de la violencia física. ¿Qué significa que no odiamos lo suficiente a un colectivo? El odio implica aversión y el deseo de eliminar, o al menos dañar, al generador de esa emoción.

Un riesgo previo es el de la autocensura. Los periodistas se mueven -necesitan moverse- en lugares públicos, en contacto con la gente, sin guardaespaldas ni protecciones o privilegios como los que tienen muchos funcionarios. La posibilidad latente de la estigmatización, del señalamiento con nombre y apellido, puede generar una prevención comprensible en quien debe escrutar la vida pública. Esa eventual inhibición afecta el clima que requiere el derecho ciudadano a la información.

Las palabras importan. Las que se dicen livianamente. Y también las palabras ausentes por temor a represalias.

La Sala cerrada

La transmisión de un programa periodístico en el que se exhibieron imágenes tomadas en espacios de circulación de la Casa Rosada captados por anteojos inteligentes desató una medida sin precedentes en el último siglo. Se cerró de hecho la Sala de Prensa, cancelando el acceso de todos los acreditados a la sede del Poder Ejecutivo, encargados de relevar información sobre las decisiones que allí se toman. El argumento fue que se puso en riesgo la seguridad de los funcionarios y la Casa Militar inició una causa penal por espionaje.

Luciana Geuna, conductora del programa en el que se emitieron las imágenes controvertidas, sostuvo que la grabación fue anticipada al secretario de Prensa de la Nación.

Después de una semana del cierre de la Sala, el Gobierno decidió dar marcha atrás. Los acreditados y las salas de prensa en las casas de gobierno constituyen una muestra de transparencia habitual en las democracias modernas. Un símbolo, además de un canal efectivo, de fluidez informativa desde el corazón de un órgano esencial del sistema republicano que hace al espíritu democrático.

Plenamente un periodista

Hubo más de un vocero que fue periodista. Antes de recorrer la Casa Rosada junto al primer presidente de la democracia restaurada en el 83, José Ignacio López estuvo allí como acreditado. Un 13 de diciembre de 1979 le preguntó a Jorge Rafael Videla sobre los desaparecidos. El dictador ensayó una respuesta con una ambigüedad ontológica que evidenció la falacia totalitaria.

La formulación de esa pregunta, la más valiente que recuerda el periodismo argentino, llevó a Fernando Ruiz, miembro de la Academia Nacional de Periodismo, a postular que el día del periodista debería ser el 13 de diciembre en lugar del 7 de junio.

José Ignacio López se convirtió en algo más que un gran periodista. Encarna uno de esos casos, como advirtió alguna vez Borges, en los que el epíteto disminuye al sustantivo. El día que hizo su pregunta fue simple y plenamente un periodista. Solo con una pregunta abrió una grieta en la lógica pétrea de un régimen. Apenas una pregunta.

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