A dos meses de la inundación, la humedad todavía no les permite a muchos vecinos reinstalarse completamente en sus hogares. “Tenemos graves problemas edilicios y habitacionales”, aseguran. Los patios se convirtieron en una especie de campamento donde transcurre la vida mientras el interior de las viviendas termina de secarse. Incluso, afuera de las casas, hay ropa y objetos que aún se secan o permanecen cubiertos de barro.
Y los testimonios se multiplican. “Hasta los celulares se dañan”, dice Armando Domínguez mientras quema un colchón y otros objetos que no pudo rescatar de la humedad. “El agua arruinó la madera y me quedé sin puertas en mi casa”, cuenta Daniela Acosta, otra vecina. “Todas las entradas quedaron abiertas: mi hija, mi nieto y yo vivimos sin puertas”.
María Rivadeneira tiene 79 años y vive en La Madrid desde que nació. Habita la que fue la casa de su madre y hoy es la suya. Entre los retratos repartidos sobre los muebles del comedor, conserva una foto tomada por un fotógrafo de LA GACETA luego de la inundación de 1992.
En la imagen, María, 34 años más joven, atraviesa la calle en bicicleta. Detrás de ella, sobre los muros de una casa, se observa la marca del agua: el nivel al que llegó la inundación. Tres décadas después, reconstruyendo aquella escena, María vuelve a pasar en bicicleta por el mismo lugar. Donde antes estaba esa marca, hoy se observan los ladrillos expuestos tras el revoque roído. Por encima de esa altura, aparece la huella de la última inundación.
Cuando muestran las “cicatrices” de humedad en sus casas, los pobladores vuelven a señalar la necesidad de obras para evitar nuevas inundaciones. En 2026, La Madrid cumple 150 años y muchos vecinos remarcan que es un momento clave para encarar la problemática con una planificación adecuada y sostenida, para que las heridas que dejaron las crecidas comiencen a sanar.
Mientras tanto, las marcas en las paredes recuerdan el nivel de la inundación. De pronto uno se siente sumergido: caminando bajo el agua invisible.