Atlético Tucumán padece el extraño mal de quien se siente fanático de la leyenda de Robin Hood. Aquel excelso arquero inglés, que merodeaba con vigilia, habilidad y conciencia social los bosques de Nottingham, se encargaba de saquear las bolsas de oro de la realeza para redistribuirlas entre los más necesitados. En el último tiempo, el "Decano" parece haber asumido ese rol de forajido en las calles de la Liga Profesional. No tiene reparos en emboscar y tumbar a los reyes del fútbol argentino, pero reparte esos mismos puntos ganados con astucia entre el resto de los equipos de la tabla.
Un dato le hace justicia a la metáfora y desnuda la paradoja. El equipo de 25 de Mayo y Chile encadenó una racha envidiable: ganó sus últimos dos enfrentamientos contra cada uno de los dos colosos del país. El "impuesto al grande" comenzó en mayo de 2024 (1-0 con gol de Mateo Coronel frente al "Xeneize"); siguió con un 2-1 sobre Boca en julio de 2025 por Copa Argentina (Clever Ferreira y Mateo Bajamich); un sólido 2-0 sobre el River de Marcelo Gallardo en septiembre pasado (Ferreira y Leandro Díaz) y el último golpe, un 1-0 en Núñez contra el equipo de Eduardo Coudet con el sello de Renzo Tesuri.
Así, el forajido del Norte se muestra audaz y letal ante los más poderosos. Para Atlético, enfrentar a un grande no es un problema, es una cacería. Es el momento en el que el arco se tensa, el pulso no tiembla y la flecha siempre da en el blanco. Sin embargo, en la llanura del resto del torneo, esa energía se diluye. A diferencia del héroe de Sherwood, aquí no parece ser una cuestión de generosidad deliberada, sino de una riqueza que se le escapa entre los dedos.
La lógica indicaría que un verdugo de gigantes debería estar sentado en la mesa principal del torneo, pero la realidad es cruda. La tabla de promedios, que computa el rendimiento de los últimos tres años -casualmente el periodo de esta racha dorada contra los grandes-, lo deposita en el puesto 25 de 30. Atlético es un hábil tirador en los escenarios de gala, pero cuando la presión de imponerse ante un par es mayor, el arco se le vuelve pesado.
Lo más inquietante es que en estos duelos el "Decano" no gana por azar. Gana bien. Se impone con autoridad táctica y física, demostrando que el material futbolístico está ahí, guardado en algún lugar del vestuario, esperando una motivación especial para salir a la luz. El potencial existe, pero no logra convertirse en hábito los fines de semana.
¿A qué se debe esta metamorfosis selectiva? Si entendemos que lo atípico son estas victorias -en una campaña de Apertura que apenas cosecha tres triunfos-, se podría afirmar que los partidos "terrenales" no representan una bajada de nivel, sino la media real del equipo. Lo extraordinario es cómo eleva su techo frente a los espejos de colores de los poderosos.
Este fenómeno puede desglosarse en tres factores:
1. La vidriera mediática: para el jugador, estos partidos son la oportunidad de dejar de ser un forajido y pasar a las filas de la realeza. Saben que el país los mira y que un buen rendimiento los posiciona en el mercado.
2. La liberación de tensiones: existe una sensación de "nada que perder". Al no ser el favorito, el equipo se quita la mochila del compromiso, fluye sin ataduras y se siente cómodo en el papel de "underdog".
3. El confort táctico: Atlético se siente más a gusto delegando el protagonismo. Prefiere esperar la emboscada, ceder la pelota y atacar el espacio vacío. Contra los grandes, ese espacio existe; sin embargo, frente a los equipos que vienen a Tucumán a colgarse del travesaño, la flecha de Robin Hood no encuentra blanco.
Identificadas las causas, el desafío para Julio César Falcioni es inmenso. El "Emperador" debe lograr que su equipo cambie el "chip" de forajido por el de un ejército regular. Robin Hood es eterno por su leyenda y su rebeldía, pero nunca llegó a ser rey ni a gobernar un territorio. Si Atlético quiere dejar de mirar de reojo el fondo de la tabla y empezar a soñar con una corona propia, debe entender que los campeonatos no se ganan sólo asaltando carruajes de oro en las grandes citas, sino también ganando las batallas cotidianas en el barro de la regularidad.