La Selección atraviesa esa etapa inevitable que precede a cada Mundial. Momentos donde las certezas conviven con las dudas, donde las alarmas se encienden por cualquier molestia muscular y donde una práctica a puertas cerradas puede convertirse en un mensaje más importante que una conferencia de prensa. Mientras el calendario avanza hacia el debut del 16 de junio contra Argelia, Lionel Scaloni y sus jugadores atraviesan la etapa menos visible de una Copa del Mundo: la de la construcción silenciosa.

Kansas City se transformó en el refugio de un equipo que ya sabe lo que significa tocar el cielo. Pero también en el lugar donde debe demostrar que todavía tiene hambre. El calor sofocante, las tormentas y las complicaciones climáticas parecen apenas una anécdota alrededor de un grupo que llegó a Estados Unidos con una preocupación mucho más importante: el estado físico de varios de sus referentes.

La imagen más fuerte de estos primeros entrenamientos no fue una gambeta ni un gol. Fue la ausencia. Lionel Messi afuera. “Dibu” Martínez afuera. “Cuti” Romero afuera. Julián Álvarez afuera. No porque estén descartados, sino porque el cuerpo técnico decidió administrar cargas y tiempos. La prioridad no está puesta en Honduras ni en Islandia. La prioridad es llegar a Argelia.

Por eso el primer equipo que paró Scaloni debe interpretarse con cautela. Gerónimo Rulli en el arco; Nicolás Capaldo, Nicolás Otamendi, Lisandro Martínez y Nicolás Tagliafico en defensa; Rodrigo De Paul, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister en el medio campo; Giuliano Simeone, Lautaro Martínez y Thiago Almada adelante. Más que un “11” titular, parece una radiografía del momento que atraviesa la Selección. Una fotografía tomada en medio de recuperaciones, ausencias preventivas y futbolistas que todavía buscan ganarse un lugar en la consideración definitiva del entrenador.

La principal novedad fue Capaldo. No porque vaya a ser titular en el Mundial. Ni siquiera porque esté entre los 26 definitivos. Su presencia revela otra cosa: la preocupación que existe alrededor de Gonzalo Montiel. El lateral de River es hoy el lesionado que más inquieta al cuerpo técnico. Su recuperación avanza, pero los tiempos son ajustados y la FIFA permite modificaciones hasta un día antes del debut. En ese contexto, el futbolista del Hamburgo aparece como una alternativa real.

Sin embargo, la noticia más importante del ensayo estuvo en la mitad de la cancha. Porque ante la ausencia de Leandro Paredes, Scaloni volvió a refugiarse en una sociedad que conoce de memoria. De Paul, Enzo y Mac Allister. El triángulo que sostuvo a Argentina durante gran parte de Qatar 2022. El motor futbolístico de un equipo que supo sufrir, resistir y terminar campeón.

No parece casual. Tampoco improvisado. Cada vez que aparecen dudas, Scaloni vuelve a las bases. A lo que conoce. A lo que le dio resultados.

La situación médica ofrece un panorama mixto. Hay buenas noticias y otras que todavía obligan a mirar los partes con atención. Cristian Romero y Julián Álvarez ya trabajan con normalidad. Thiago Almada también dejó atrás sus molestias. Son tres nombres fundamentales que empiezan a recuperar protagonismo justo cuando la cuenta regresiva entra en su tramo decisivo.

Después está Messi. El capitán arrastra una sobrecarga en el isquiotibial izquierdo. Nada grave. Nada que genere preocupación extrema. Pero suficiente para que el cuerpo técnico actúe con prudencia. A esta altura nadie piensa en arriesgarlo en un amistoso. Mucho menos cuando se trata del futbolista que define el humor competitivo de toda la Selección.

Scaloni fue claro en las conversaciones que mantuvo durante los últimos días. Messi jugará hasta que quiera. La frase parece simple, pero encierra una realidad. Argentina ya no discute qué hacer con Messi. Argentina le consulta al “10”. Lo escucha. Lo acompaña. Lo protege. Y él responde como lo hizo siempre: priorizando a la Selección.

Algo similar ocurre con el “Dibu” Martínez. La pequeña fractura en uno de los dedos de su mano derecha no altera los planes. Nadie imagina hoy un Mundial sin el arquero que cambió para siempre la historia reciente de la Selección. Lo mismo sucede con Nahuel Molina, Nicolás González y Paredes. Todos trabajan para llegar en condiciones al estreno.

Mientras tanto, Scaloni observa el mapa mundialista y evita caer en triunfalismos. Sabe mejor que nadie que ser campeón defensor no garantiza absolutamente nada. Por eso insiste en incluir a Argentina dentro de un grupo amplio de candidatos. España, Francia, Portugal, Inglaterra, Brasil, Colombia, Uruguay, Marruecos y Croacia aparecen en su radar.

No es falsa modestia. Es experiencia. Porque si algo aprendió esta generación es que los Mundiales castigan a quienes creen tener el camino allanado. Qatar comenzó con una derrota inesperada frente a Arabia Saudita y terminó con Messi levantando la Copa. Entre una imagen y otra hay una enseñanza que todavía atraviesa al grupo.

Quizás por eso el mensaje más importante que dejó Scaloni no tuvo que ver con sistemas tácticos ni con lesionados. Tuvo que ver con la identidad. “Vamos a dar el máximo para que la gente se sienta identificada”, dijo.

La frase resume el espíritu de esta Selección. No promete títulos. No garantiza victorias. No vende humo. Promete competir. Promete representar. Promete intentarlo hasta el final.

A pocos días del debut, Argentina todavía tiene dudas. Tiene lesionados. Tiene interrogantes. Tiene jugadores que buscan recuperar ritmo y otros que pelean por un lugar. Pero también tiene algo que muy pocos equipos poseen: una idea clara de quién es. Y en un Mundial, muchas veces, eso vale tanto como cualquier figura.