La pantalla emitió una advertencia de dos segundos. El nuevo interruptor fue sujetado a los Sendai con una delgada cinta de fibras ópticas.
Y uno y dos y...
El ciberespacio entró en existencia desde los puntos cardinales.
Suave, pensó él, pero no bastante suave. Tengo que trabajar en eso... Luego movió el nuevo interruptor.
La abrupta sacudida hacia otra carne. La matriz desapareció, una onda de color y sonido... Ella se movía por una calle atestada de gente, por delante de puestos donde vendían software en rebaja, precios escritos con rotuladores de fieltro sobre láminas de plástico, fragmentos de música desde innumerables altavoces. Olores de orín, monómeros gratis, perfume, pastas de krill frito. Durante algunos despavoridos segundos luchó inútilmente por controlarla. Al fin renunció, se convirtió en pasajero detrás de los ojos de ella. (“Neuromante”, fragmento)
En el principio no fue “Neuromante”. De hecho, el término ciberpunk se le ocurrió a un escritor llamado Bruce Bethke cuatro años antes de la aparición de la novela. Lo que marcó “Neuromante” hace exactamente tres décadas fue una divisoria de aguas, la consolidación de un género devenido movimiento cultural. El mundo descripto por William Gibson en “Neuromante”, pesadillesco como las calles atestadas de “Blade runner”, trascendió la literatura distópica y va acercándose a medida que el tiempo hace de las suyas en los hombres y en la tecnología.
En 1984, leer acerca de una sociedad conformada por ciberpistoleros, realidades virtuales y conspiraciones corporativas implicó un estimulante quebradero de cabezas. Entre drogas sintéticas, tugurios y la sensación tan punk de que el futuro es una pérdida de tiempo porque, sencillamente, no existe, Gibson moldeó al antihéroe por excelencia: el hacker.
“Neuromante” ubicó al ciberpunk en el punto exacto donde confluyen la ciencia ficción, el policial negro y el sexo tan urgente como imprescindible. Tecnonovelas corrosivas, desesperanzadas, a veces malditas, tan veloces como la transmisión de datos.
El libro hizo de Gibson una celebridad a la que se acude como si de un oráculo se tratara. El escritor transformado en estrella de rock-gurú por obra y gracia de sus visiones más apocalípticas que redentoras. Gibson continuó la historia de “Neuromante” en otras dos novelas (“Conde Cero” y “Mona Lisa acelerada). Juntas conforman la Trilogía del Sprawl. Lo que se celebra por estos días son los 30 años que pasaron desde que “Neuromante” accedió a los anaqueles y a la imaginación de escritores, músicos, artistas, arquitectos, programadores y diseñadores (de videojuegos, de moda y de todo lo que implique emplear una pizca de talento). Es lo que hacen, desde que el mundo es mundo, eso que llamamos clásicos.