Cazar brujas, fabricar miedos: "After the Hunt" y las denuncias falsas
La película de Guadagnino evita veredictos, pero deja al descubierto algo más incómodo: mientras discutimos fantasmas estadísticamente marginales, la cultura libra su propia cacería de brujas contra la credibilidad de las víctimas
Los protagonistas de "After the hunt"
El cine siempre ha sido un espejo que devuelve, con mayor o menor fidelidad, aquello que todavía no sabemos cómo procesar en la vida real. Una forma de ensayo: ahí donde la sociedad se traba, el cine ensaya respuestas posibles. “After the Hunt” (traducido como Cacería de brujas), dirigida por el italiano Luca Guadagnino y estrenada hace apenas unos meses, vuelve sobre uno de esos temas que, como un hilo suelto, la cultura no deja de tirar: la palabra, la credibilidad, la diferencia de poder y la incertidumbre de no saber qué pasó cuando lo único disponible es el relato de los otros. En el lugar incómodo donde ya nada es nítido: un profesor prestigioso, una alumna, una acusación de agresión sexual, carreras que pueden caer por una denuncia.
En la película no hay escenas de abuso. No hay imágenes explícitas, ni reconstrucciones, ni pruebas. Solo lo que dicen los personajes. Cada uno, desde su propio lugar, aporta un fragmento. Y el espectador queda, como sucede tantas veces en la vida, tratando de armar un rompecabezas incompleto. ¿A quién creer? ¿Desde dónde? ¿Con qué criterio? Ese, quizás, es uno de los gestos más poderosos del film: recordarnos que las historias nunca vienen enteras, que siempre se filtran por la subjetividad de quienes las cuentan.
Los personajes de Luca Guadagnino llevan capas, contradicciones, zonas que no encajan. No son héroes ni villanos sino lo que somos todos: seres que habitan simultáneamente la vulnerabilidad y el privilegio, el deseo y el miedo, el error y la dignidad. El cine, cuando funciona, nos permite observar esas capas sin pedirnos un veredicto inmediato.
Pero afuera, en el mundo no filmado, solemos pedir lo contrario: definiciones rápidas, certezas, etiquetas. Y ahí aparece un fenómeno que “After the Hunt” aborda, una sombra que se cuela en cualquier conversación sobre narrativas de abuso: la idea de la “falsa denuncia”.
La filósofa Kate Manne lo plantea así: “Las falsas denuncias capturan la imaginación de la gente mucho más que los casos reales, no porque sean frecuentes, sino porque confirman un viejo confort cultural: la comodidad de creer en la inocencia masculina por defecto.”
La evidencia empírica, sin embargo, es menos dramática que la imaginación. ONU Mujeres estimó en diciembre del 2024 que las denuncias falsas representan menos del 1% a nivel global. En España, según datos judiciales, apenas el 0,0084% de los casos de violencia de género resultaron ser falsos. En Argentina no hay estadísticas oficiales actuales, pero los relevamientos indican que menos del 3% de todas las denuncias penales podrían considerarse falsas, en su mayoría vinculadas a delitos económicos, no a violencia sexual.
En contraste, lo que sí sabemos es que la violencia sexual es uno de los delitos menos denunciados: según la Encuesta Nacional de Victimización del INDEC, el 88% de quienes la sufren no denuncian. Y el relevamiento de UFEM (2016-2021) agrega un dato que debería incomodarnos más que cualquier estadística excepcional: el 90% de las víctimas fueron mujeres, y el 40% niñas, niños y adolescentes.
La distancia entre lo real y lo imaginado es notoria: lo que abunda no es la denuncia falsa, sino el silencio.
Aun así, el discurso contemporáneo insiste en otro camino. En redes, en transmisiones en vivo, en ciertos espacios políticos y mediáticos emerge una narrativa que presenta a las mujeres como agentes potenciales de manipulación y a los varones como víctimas de un sistema desequilibrado. La manosfera —ese ecosistema digital donde la masculinidad es presentada como una identidad en peligro— funciona como megáfono. Ahí circulan frases que, sacadas de contexto, parecerían un experimento distópico. Hace unos meses, un streamer (Ramanin) dijo ante miles de personas que no podría tener hijas porque “serían una tentación”. El comentario, que debería horrorizar por su propia literalidad, apenas generó debate en su audiencia.
Las falsas denuncias existen; negarlo sería ingenuo. No se trata de demonizar a nadie. Tampoco de negar que, como todo en la vida, existen casos complejos, historias mal investigadas, desaciertos judiciales. Se trata, tal vez, de preguntarnos por qué aquello que estadísticamente es marginal adquiere tanta fuerza simbólica.
“After the Hunt” no da respuestas. No nos dice quién dice la verdad. No denuncia ni reivindica. Lo que hace es más sutil: obliga a convivir con la incertidumbre, con la desigualdad de poder, con los huecos de la memoria, con la fragilidad de la reputación y con la capacidad humana —a veces desesperada— de construir relatos para protegerse.
Y quizás por eso funciona como un espejo. Porque también nosotros estamos tratando de ordenar un debate donde conviven el miedo, el descrédito, la desconfianza y la necesidad urgente de sistemas que protejan sin descartar a nadie.
Tal vez el aporte del cine sea recordarnos que las historias nunca son planas, que los personajes siempre son más profundos de lo que aparentan, que la verdad no suele presentarse sin capas. Y que, precisamente por eso, conviene mirar con cuidado cuándo una excepción empieza a narrarse como regla.



















