DE DÍA, DE NOCHE. A la izquierda, la foto tomada en septiembre, cuando despuntaba la primavera. A la derecha, la imagen de diciembre. El panorama es el mismo: nadie se ocupó de cuidar a Avellaneda.
“Fue un descuido, no va a suceder de nuevo”.
La promesa, casi un compromiso bíblico emanado de las entrañas de la Municipalidad, era cuidar la cabeza de Nicolás Avellaneda, cuya preclara frente había sido de gran utilidad para los feriantes. Claro, más cómodo que dejar los tablones en el suelo era apoyarlos sobre el busto esculpido por Enrique de Prat-Gay, Tristísimo destino para el ex Presidente de la Nación, justo en el acceso del parque que lleva su nombre.
El episodio, detectado y denunciado a principios de septiembre, pudo haber quedado ahí. Como una advertencia y una lección bien aprendida.
Pero ya lo cantaba Gardel en “Amores de estudiantes”; aquello de hoy un juramento, mañana una traición...
Tres meses después, despuntando diciembre, ahí estaban los tablones de nuevo: firmes, destruyendo, milímetro a milímetro, la obra de Prat Gay.
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Tres sugerencias:
- Teniendo en cuenta que no hay forma de cuidarlo -en realidad, como salta a la vista, a nadie le interesa hacerlo-, trasladar el busto a otro lugar. Preferentemente al interior de alguna dependencia o museo.
- O rodear el pedestal que lo sostiene con alguna clase de protección. Un enrejado, por ejemplo, de modo que a los feriantes se les complique la jugada cuando necesiten apoyar los tablones.
- Pero antes vendría bien someter la pieza a un proceso de restauración, similar al emprendido con algunas estatuas del parque 9 de Julio. El rostro de Avellaneda luce deteriorado, al igual que el resto del conjunto.
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Y de paso, una pregunta: ¿qué piensan hacer con otro pedestal, el de Mate de Luna y Paso de los Andes? Quedó vacío hace años, cuando retiraron una escultura de hierro y jamás la repusieron. Aquí hay dos opciones: o sacar el pedestal o ponerle algo encima. De lo contrario no encaja en el paisaje.
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Todo esto representa el árbol. Conviene hablar del bosque y para eso el disparador es la pregunta: ¿qué pasa cuando una sociedad se acostumbra a ver caer su patrimonio?
Patrimonio que no se sintetiza en un conjunto de fachadas atractivas, edificios históricos u obras de arte. Se trata de un sistema de símbolos que permiten reconocer estilos, influencias migratorias, períodos de desarrollo industrial, hitos políticos y trayectorias culturales. Sin esos signos materiales que condensan recuerdos y significados la identidad de una comunidad se vuelve más abstracta, más difusa. Y se pierde.
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Lo lógico es pensar que quienes afirman un tablón en una escultura no tienen idea de quién fue Nicolás Avellaneda, de por qué fue tan importante en la historia argentina, de lo que representa para Tucumán y su identidad. De lo contrario, si lo saben y les importa un bledo, la situación es doblemente preocupante. Pero los que sí están al tanto de esto son los encargados de cuidar el patrimonio. Les cabe la responsabilidad. Si no se comprometen a hacerlo, lo que falta es decisión política. Para ser justos y no caerle sólo al municipio capitalino van otros dos casos emblemáticos.
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1) El Timoteo Navarro, principal museo de bellas artes de la provincia, en obras desde hace años. El Ente Cultural nunca contó con los fondos para arreglarlo, ahora es el Ministerio de Educación el que lo tiene bajo su órbita directa. No hay que darle muchas vueltas: la decisión política para que los trabajos se hagan rápido y bien es del gobernador Osvaldo Jaldo.
2) La biblioteca Sarmiento. Hace años la UNT quedó a cargo de la institución madre de la cultura tucumana y lo único que hizo fue contemplar a la distancia, indiferente, su cierre, su gravísimo deterioro, hasta la indignidad de tener un baño químico en el hall a causa de la clausura de los sanitarios. Hace unas semanas, ante el riesgo latente de que la medianera con el Museo de Arte Sacro se venga abajo, firmaron un convenio para que una empresa repare la pared.
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Hay también un efecto psicológico. Las ciudades que conservan parte de su pasado ofrecen sensación de continuidad, un equilibrio entre lo que fue y lo que puede ser. Las que destruyen sin criterio transmiten una especie de intemperie, la impresión de que todo es provisorio, desechable, intercambiable.
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“El patrimonio no es un lujo, es infraestructura emocional -sostiene la arquitecta María Paula Casella, investigadora en conservación urbana y docente en la Universidad Nacional de Córdoba-. Una ciudad sin memoria arquitectónica es como un archivo borrado: puede funcionar, pero no tiene cómo reconocerse a sí misma”. El concepto reaparece en el debate sobre el modelo de desarrollo de las ciudades. Lo viejo no es un estorbo, sino una plataforma indispensable para construir identidad.
Mientras el mundo discute cómo serán las ciudades del futuro -más verdes, más densas, más conectadas, más sustentables-, el patrimonio aparece como una pieza que evita que ese futuro sea una ruptura total. No se trata de conservar todo, sino de entender qué merece ser transmitido y qué aporta sentido colectivo.
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¿Qué diría Avellaneda, tan afecto a usar la cabeza para pensar el futuro de la Argentina, si descubriera lo que sus propios comprovincianos están haciendo con su cabeza?
La reflexión de septiembre pasado se agudiza promediando diciembre. Lamentablemente no se trató de un “descuido”, porque “volvió a suceder”.
Como todo el patrimonio, más que un decorado, el busto de Nicolás Avellaneda es una forma de memoria pública. Las sociedades que cuidan esa memoria construyen identidad, diversidad cultural y desarrollo sostenible. Las que la descuidan se van olvidando de sí mismas hasta desconocerse por completo. Así vamos.

















