Los 90 años de un estadista
Julio María Sanguinetti es una brújula intelectual y moral para orientarnos en estos tiempos turbulentos. El ex presidente uruguayo trasciende las fronteras de su país para mostrarnos rumbos posibles para la aventura democrática y advertirnos sobre los riesgos de sus desvíos.
Sería superfluo definirlo como un “gran” estadista. Hay casos, recordó alguna vez Borges, en los que el epíteto disminuye, o relativiza, al sustantivo. Dentro de la legión de mandatarios contemporáneos alrededor del mundo, a muy pocos les cabe la calificación. Entre nosotros, podemos pensar en Alfonsín, a quien valoramos post mortem por un aporte institucional que ganó densidad, en nuestra memoria, a medida que se atenuaba el recuerdo del traumático final de su gobierno. O, un poco más lejos, en Frondizi, también opacado por su abrupta caída.
Los argentinos no tenemos un ex presidente vivo como Julio María Sanguinetti. En Iberoamérica solo es comparable con Fernando Henrique Cardoso, Felipe González y Ricardo Lagos. Conforman un cuarteto que nos recuerda cómo se tocan las mejores melodías de una democracia: las que combinan la construcción institucional mirando al futuro con la eficiencia en la generación de los bienes que requieren en el presente los habitantes de un país, y la aptitud discursiva y ética para insuflar esperanza, concordia y convicción cívica en una sociedad.
Un ritual oriental
Sanguinetti llega a sus nueve décadas el próximo martes, pero sus colegas y amigos decidieron celebrar su cumpleaños anticipadamente, hace tres semanas, en la sede del Partido Colorado, el lugar donde tejió sus sueños, luego soñados por una nación.
La escena no pudo ser más uruguaya. Los ex presidentes Lacalle -padre e hijo- se cruzaban con el actual presidente Yamandú Orsi y con referentes de todos los colores políticos, periodistas, músicos, vecinos, niños. Sin guardaespaldas, sin pompas ni discursos grandilocuentes. Fue en un salón lleno de diferencias, con individuos unidos por el respeto al otro y por la idea de que esa diversidad nutre al conjunto. Pepe Mujica -fallecido en mayo pasado- no se lo hubiera perdido.
La escena me recuerda a una que viví con Sanguinetti en 2017, cuando nos acompañó a entregar un premio a Claudio Paolillo, uno de los mejores periodistas uruguayos, a quien le quedaban pocos meses de vida por un cáncer avanzado. De pronto apareció caminando, con total naturalidad, el entonces presidente Tabaré Vázquez para darle un abrazo a Paolillo, quien esa semana había publicado una nota durísima sobre su gestión. “No solo es un presidente abrazando a su crítico más agudo; es un oncólogo conteniendo a un moribundo”, nos comentó, en voz baja, Sanguinetti.
Según pasan los años
Mucho antes de ser un protagonista de su tiempo, percibió los movimientos sísmicos del siglo XX. Observó con ojos infantiles al Graf Spee, el acorazado alemán que se había refugiado en el puerto de Montevideo después de una de las primeras batallas navales de la Segunda Guerra Mundial, y antes de zarpar para ser hundido por su propia tripulación. Más tarde, a sus siete años, vio a su padre enlistarse como voluntario en el Ejército aliado.
A los 26 fue electo diputado por primera vez. Luego sería ministro de Industria y Comercio y ministro de Educación y Cultura, en años en los que la injuria y la palabra no eran cuestiones menores. En 1970, durante el ejercicio del primer ministerio y a raíz de una réplica periodística a imputaciones que había sufrido en declaraciones radiales, se batió a duelo con Manuel Flores Mora, correligionario del Partido Colorado, quien sufrió un corte en un brazo -provocado por el sable de Sanguinetti- que motivó la interrupción del lance.
Le pregunté al ex presidente cómo se entendía la aceptación de esa práctica -no solo social, ya que el duelo fue legal en Uruguay hasta 1992- dentro de una sociedad tan pacífica y tolerante. “No es racional; es la vieja ordalía o juicio de Dios, pero tiene un mérito que hay que reconocerle: pone un freno a los difamadores, mucho más que la amenaza de juicios en los que siempre sale perdidoso el agraviado”, contestó.
Fue un testigo lúcido y también un analista quirúrgico del derrumbe institucional en su país. En su libro “La agonía de una democracia” libera la memoria de los secuestros ideológicos que se llevaron a cabo desde extremos opuestos, a través de un relato desapasionado y contextualizado de los hechos que inseminaron el virus de la violencia en su país. “Los demócratas, defendiendo la transición pacífica, insistimos en mirar hacia el futuro y no hablamos más del pasado. Los tupamaros, en cambio, se dedicaron sistemáticamente a defender su gesta, a construir una literatura romántica y fueron encontrando simpatías en toda la visión de izquierda, al punto que se fue instalando lentamente su idea de que su irrupción violenta estaba destinada más a defender la democracia que a derrumbarla, como efectivamente proponían en nombre del sueño cubano”, me dijo poco después de su publicación.
Restauración y enseñanzas
Figura clave en las negociaciones para el retorno de la democracia, fue el primer presidente electo de la primavera institucional uruguaya, en 1985. Fue el “padre” de la reconciliación nacional y de la estabilización de su país. Convirtió al diálogo en la herramienta con la que Uruguay pudo procesar sus traumas y construir un proyecto común que, en 2025, celebró cuatro décadas de continuidad.
Después de la presidencia de Luis Alberto Lacalle Herrera, Sanguinetti volvió a ocupar el sillón presidencial entre 1990 y 1995, años en los que impulsó reformas estructurales que relanzaron la educación y viabilizaron el sistema previsional. Sus presidencias combinaron logros similares a los alcanzados por Alfonsín y Menem del otro lado del “charco”, sin los desaciertos económicos ni los escándalos de corrupción.
Despedirse es un arte de la buena política, nos enseñó Sanguinetti. En 1996 llamó por teléfono a Felipe González para levantarle el ánimo después de la ajustada derrota que sufrió su partido. “Hemos perdido y lo importante es la aceptación”, dijo González. La anécdota terminó resumida en una frase, elaborada a dos cabezas por González y Sanguinetti: “En la esencia de la democracia está la ética de la derrota”. Cuánto del deterioro democrático está ligado a la falta de esa ética, de esa aceptación, traducida en obstinados intentos de perpetuación.
Luego de un período alejado de cargos electivos, volvió a la actividad parlamentaria como senador. En 2020, en uno de los acontecimientos más emotivos de la política latinoamericana, Sanguinetti y Mujica renunciaron simultáneamente a sus bancas. El ex guerrillero y ex presidente, junto a su viejo rival y ex mandatario proveniente de un partido que estaba en la otra vereda, se fundieron en un abrazo que simbolizó la convivencia democrática.
Mirando lo que viene
Lejos de parecerse a un jarrón chino -destino ornamental al que suelen ser condenados los ex presidentes-, Sanguinetti es un faro oriental que ilumina las zonas complejas de nuestra realidad y marca posibles caminos.
Comenzó su actividad política hace 72 años. Orador descollante -“¡cómo puede hablar así!”, le dijo Carlos Fuentes a José Claudio Escribano, quien le respondió que así como había algunos, como el mexicano, que habían sido bendecidos con el don de la escritura, otros, como el uruguayo, lo habían sido con el de la oratoria-, sagaz historiador, exquisito escritor. Es dueño de un talento que se manifiesta a través de múltiples habilidades y disciplinas, pero cuando, en un puesto migratorio o en un hotel, le preguntan por su profesión, responde -invariablemente- “periodista”. Desde sus tempranos artículos en El Día hasta sus hoy habituales columnas en El País, El correo de los viernes o La Nación, nos sigue orientando en este mundo volátil e incierto.
“Las redes son carreteras donde, cada tanto, pasa algún ómnibus periodístico, pero lo que circula usualmente es mercadería de contrabando. Distinguir una cosa de la otra es uno de los grandes retos de la democracia”, advierte el maestro.
En su último artículo, publicado la semana pasada, nos ayuda a entender los conflictos que marcan el ritmo de nuestro tiempo. Putin, advierte, no va a pactar nada mientras pueda sobrellevar las penurias humanas y económicas de la guerra. En Venezuela -dice-, mientras las bayonetas sustenten a Maduro, no habrá solución. Luego describe las incoherencias en la política internacional: “Europa se arma para combatir a Putin, pero no se atreve a confiscar sus fondos ni deja de comprarle petróleo; EE. UU. declara el retorno del proteccionismo para defenderse de la invasión china, el gran enemigo, y le termina vendiendo 12 millones de toneladas de soja”.
El ex presidente uruguayo recuerda cómo, en contextos críticos, aparecieron líderes como Franklin Delano Roosevelt, quien logró transformar el aislacionismo de sus ciudadanos en un compromiso decidido para rescatar la libertad en el mundo. Lo dice alguien que sabe analizar las características de su rara especie.



















