Cerro Muñoz, la cumbre que no quería ser frontera
Entre zumbidos helados del viento cumbreño y el murmullo de los yuyos bajo los pies, una historia casi olvidada late en lo alto de la sierra. Allí, donde Tucumán y Catamarca se tocan sin fronteras, el Cerro Muñoz guarda voces de hombres y mujeres que caminaron sus sendas en silencio, llevando cargas humanas y memorias que el tiempo amenaza borrar. Ese paisaje imponente fue, para Félix Montilla Zavalía y Julio Argentino Santillán, más que un destino: fue un compromiso de memoria. De esa decisión nació “Cerro Muñoz. Extremo Boreal de la Sierra del Aconquija”, el primer libro que intenta hacer latir la historia no contada de la cumbre.
Hacia el oeste, como una muralla enorme que clausura el horizonte, el Cerro Muñoz es la gran espalda del Aconquija que sostiene el Valle de Tafí: un altiplano frío, ventoso y casi sin pobladores, donde sobreviven puestos mínimos, vestigios indígenas, corrales de pircas, restos de estancias de puesteros y un puñado de historias que, si no se escriben, se pierden. La gran cumbre se extiende desde arriba de la Quebrada del Portugués, en la entrada sur del valle, hasta El Infiernillo. Por allí en 1543 ingresó la expedición encabezada por Diego de Rojas, primer registro español de la zona.
Ese territorio -límite geográfico entre Tucumán y Catamarca, pero nunca frontera humana- es el escenario del volumen que ha publicado el sello Libros Tucumán. Ya está a la venta en la web de la editorial y fue presentado el viernes en el tradicional Club de Tafí del Valle.
Los autores caminaron y cabalgaron esas alturas más de una vez para entrevistar a sus últimos testigos, revisar documentos y trazar con palabras un mapa emocional de la montaña que enriquece el patrimonio compartido de ambas provincias.
A dos voces
“El Cerro Muñoz es una porción geográfica del Aconquija que presenta muchísima más riqueza porque es un punto de contacto entre los Valles Calchaquíes y la llanura tucumana”, explica Montilla Zavalía, abogado y caminante desde los ocho años, miembro de la Comisión de la Fundación Miguel Lillo. “Es una cumbre muy extensa, de unos ocho kilómetros, un territorio que tenía mucha vida y que en estos últimos 25 o 30 años fue desapareciendo por la modernidad”.
Esa transformación lo llevó, alrededor de 2010, a relevar sistemáticamente los cerros de la zona. El Muñoz, es para él, un punto de transición de dos regiones. “Es un cerro profundamente lindo: es como estar en el cielo”, resume.
Del otro lado de la dupla, Santillán -ingeniero agrónomo y licenciado en Filosofía- aporta una mirada que cruza ciencias naturales, ciencias sociales y reflexión filosófica. “Una de las definiciones de Agronomía dice que ‘es Agro Ecología más Socio Economía’. Por un lado se agrupa dentro de las ciencias naturales y por otro se vincula con las sociales. Y cuando entra en juego la naturaleza vinculada a lo humano, siempre es terreno fértil para la tarea filosófica -explica-. Yo le agradezco mucho a la Agronomía que me permitió filosofar con los pies en la tierra natural y cultural de hombres sencillos y de trabajo rural productivo”.
IMPONENTE. La belleza del paisaje propone una experiencia única.
El proyecto empezó a tomar forma en septiembre de 2020, en una salida al Paso de Ánimas. “Nos dimos cuenta de que teníamos muchos puntos en común, sobre todo esta mirada del cerro, de la espiritualidad criolla, de nuestra cultura popular. En 2024 acordamos escribir algo juntos”, recuerda Félix.
Testigos de la cumbre
En ese intercambio también apareció la respuesta a una pregunta básica que casi nadie sabía responder: por qué se llama Cerro Muñoz.
Santillán lo explica así: “en el siglo XVI, época colonial hispánica, Juan Bautista Muñoz, hijo de un importante encomendero, al cometer desacato contra directivas de la autoridad subió del llano con su gente hacia las montañas, escapando de la partida militar que buscaba apresarlo. Se atrincheró en el cerro -hoy llamado con su apellido- por muchos meses. De ahí le quedó el nombre”.
El libro parte de una idea sencilla y poderosa: “hacer latir” la historia del lugar. No sólo la de los mapas, sino la de las familias que lo habitaron. “Mucha gente, hasta los años 80, se trasladaba por el cerro porque trabajaba en la zafra: los ‘marianos’ de Santa María, San José y Caspinchango”, reconstruye Montilla. Esa circulación dio lugar a fenómenos particulares, como las “estancias de los puesteros”. Así lo describen en su libro: grandes porciones de tierra donde criadores y arrieros ejercían, de hecho, un dominio que iba más allá de la titularidad legal. “Surgieron como estancias dentro de las estancias. En la medida que las estancias de Tafí y Santa María fueron desapareciendo, estas estancias de la cumbre también fueron languideciendo”, señala.
Santillán suma: “fue un privilegio poder entrevistar a actores directos que vivieron años en esos puestos. Sus rostros, su memoria y sus palabras son documentos vivos que sin duda nos transformaron y enriquecieron como investigadores y personas”.
EXTENSIÓN EN LA ALTURA. Una imagen tomada en el Paso de Ánima.
Félix, por su parte, recuerda una de las historias más fuertes del libro. “Es de una chica que iba de Andalhualá, en Catamarca, y tenía que pasar por Ánima para ir a su puesto. La agarra un viento blanco y una nevada y se termina congelando la niña. Llegan los burros al puesto al día siguiente, cuando había mermado la nevada. Es la niña congelada de Ánima”, relata. “Está contada desde el sentido de lo que era el cumplimiento del deber, lo que te decían los mayores: cómo lo tenías que hacer cueste lo que cueste. Te marca lo que es la vida del cerro y de esta gente: atravesar soledades, las cargas en los animales. Son vidas llenas de sufrimientos pero a su vez de alegrías”, describe.
“Aula de techo abierto”
Entre relatos y datos, el libro también busca transmitir lo que se siente estar arriba. Montilla lo resume así: “el Muñoz es una cumbre exigente. Para llegar se utilizan sendas como Carapunco (por la zona del Infiernillo), Molle Solo, que te deja en la mitad del cerro, la ruta que atraviesa la Estancia Zavaleta, que sube por El Tolar y el río Blanco, y la Cañada del Muñoz, que conecta con los planchones cercanos al punto más alto del cordón”.
Según el estado físico y el clima, el ascenso demanda entre seis y 12 horas de marcha. “Subir esa cumbre demanda un esfuerzo físico grande. Está entre los 4.000 y 4.600 metros. Yo subí como 15 veces; la última vez fue en junio de 2025”, cuenta.
Cada viaje, dice, tiene su encanto. “Para mí la época más linda es entre febrero y abril, sentís el olor a los yuyos de muña muña, arca yuyo, sentís el viento cumbreño por momentos frío, por momentos un poco más tibio, que te trae esos olores de Tafí del Valle”, sintetiza.
Santillán condensa esa experiencia en una imagen: “la montaña es una valiosa aula de techo abierto. Es un sano recreo de tanto bullicio y saturación de información. Permite vivir lo valioso del silencio, la contemplación y de la palabra breve necesaria. Estar en la cumbre no sirve para que el mundo nos mire, sino para que nosotros podamos mirarlo”.
Por eso, afirma, el libro no es sólo una guía ni sólo una crónica histórica. “Hicimos un esfuerzo de rigor científico y de arte que permitiera trascenderlo”, apunta. Montilla coincide: “el libro tiene muchísimas notas al pie de página, está muy documentado, con mucha bibliografía, pero está escrito para que cualquiera lo pueda leer y comprender. No de una manera científica”.
PUNTO CLAVE. Puesto del Finado Juan, en la cañada del Fuerte Viejo.
Proteger el paisaje
La preocupación por el futuro del Muñoz atraviesa todo el proyecto. “Nos moviliza el amor a la tierra. La idea es que esto pueda servir para mostrar la riqueza que tiene el Cerro Muñoz y tratar de generar en el ambiente la idea de que pueda incorporarse al Parque Nacional Aconquija”, admite eñl abogado e historiador.
Creado en 2018, el Parque Nacional protege unas 74.000 hectáreas de selva de yungas y pastizales de altura en el oeste tucumano, e incluye el histórico Parque Nacional Campo de los Alisos.
Para los autores, sumar la cumbre del Muñoz -aunque sea sólo su parte alta- sería un paso lógico. “Uno de nuestros anhelos es que pueda servir como documento base para que, al menos la parte cumbral de este cerro sea declarada Área Natural y Cultural Protegida. Una alternativa lógica es incorporarlo al ya existente Parque Nacional Aconquija”, plantea Santillán.
Félix lo mira desde las emociones. “Me gustaría que el lector, cuando termine de leer el libro, sienta lo que yo sentí: un profundo amor por la tierra del norte argentino y que valore nuestro patrimonio histórico y cultural, esta cultura criolla de los Valles Calchaquíes”, dice.
UN REGISTRO. El libro de Félix Montilla Zavalía y Julio Argentino Santillán resume la historia del lugar.
Julio recuerda su primera subida, hace unos 40 años y junto a sus hijos adolescentes: “el primer impacto fuerte fue descubrir y cruzar con los chicos la cascada de Los Alisos y luego llegar al viejo puesto de Clarosa Cruz, con sus ovejas y su vida. Se generó allí una amistad que hasta hoy permanece. En un descanso en el camino nos asustó el fuerte aleteo de un cóndor que pasó a nuestro lado”.
Y lo resume con una frase que funciona como declaración de principios y como invitación: “me hizo querer más a mi tierra tucumana”.























