El parque convertido en una pista de obstáculos

Los autos que circulan a velocidad excesiva impiden que el parque 9 de Julio cumpla su función de ser un espacio de recreación.

No es novedad que el tránsito en Tucumán sea un reflejo de nuestra convivencia a menudo fracturada. Pero hay espacios donde esa fractura duele más. El parque 9 de Julio, el principal pulmón verde de la capital, debería ser un santuario de calma, un lugar donde el ritmo lo marcan los pasos de los corredores, el rodar de las bicicletas y las risas de los niños. Sin embargo, en sus caminos internos (y en las adyacencias) se libra diariamente una batalla: la de los autos que convierten un espacio de recreación en una pista de obstáculos donde peatones, ciclistas y deportistas son, literalmente, blancos móviles.

La ecuación es alarmante: vehículos que exceden cualquier velocidad razonable en un parque + personas caminando, trotando o jugando = riesgo constante. Es una demostración cotidiana de que, para algunos conductores, el tiempo ganado en segundos vale más que la integridad física del otro.

El problema no es nuevo y su persistencia habla de un fracaso colectivo. El año pasado, ante la gravedad de la situación, la Municipalidad implementó un operativo de control los domingos, con agentes de tránsito regulando la velocidad en los sectores más concurridos. La medida, impulsada por un pedido expreso de la intendenta Rossana Chahla y explicada por el secretario de Movilidad Urbana, Benjamín Nieva, buscaba “recuperar este pulmón verde para que la familia pueda volver a disfrutarlo”. Era un reconocimiento oficial del conflicto y un intento, al menos simbólico, de proteger al peatón.

Sin embargo, una pregunta incómoda persiste: ¿por qué es necesario desplegar un operativo policial para que los conductores respeten la vida humana en un parque? La respuesta señala un núcleo duro del problema: la educación vial, o más bien, su ausencia. El reglamento es claro, pero choca contra una cultura del “sálvese quien pueda” que trasciende las calles e invade incluso los espacios diseñados para el descanso.

El parque 9 de Julio es un test de nuestra capacidad para compartir el espacio público con respeto. Cada auto que atraviesa sus caminos a exceso de velocidad no solo pone vidas en riesgo; también envía un mensaje de que la prisa tienen más derecho a la ciudad que el cuerpo y el esparcimiento. Revertir esta lógica es un trabajo de todos. Del Estado, con controles constantes y diseño seguro; de los medios, visibilizando el problema; y, fundamentalmente, de cada persona que toma el volante.

Quizás debamos empezar por recordar que un parque es, por definición, un lugar para personas, no para autos. Recuperarlo no es solo una cuestión de tránsito; es un acto de reivindicación de lo público.

La próxima vez que alguien conduzca por el 9 de Julio, debería preguntarse si esos segundos que podría ganar valen más que la posibilidad de arruinar una vida, o de arruinar ese mismo espacio del que, quizás sin saberlo, también quiere disfrutar. Porque al final, la velocidad que más importa en un pulmón verde no es la del auto, sino la del paseo que nos permite respirar.

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