Cuando la historia toma color: la imagen que sembró el miedo en Tucumán y alimentó una de las leyendas más conocidas
Una fotografía publicada en 1901, hoy restaurada, fue presentada durante décadas como prueba del Ucumar o Viejo de la Bolsa. Detrás del mito, hubo un hecho real que la prensa amplificó y que marcó la imaginación de varias generaciones.
Imagen tomada de Facebook / Mauricio Lamontanaro
La imagen impresiona incluso más de un siglo después. El hombre aparece de pie, solo, recortado contra un fondo áspero y despojado. Viste harapos endurecidos por el barro y el polvo del camino; una túnica irregular, rota en los bordes, ceñida apenas por un cinto tosco del que cuelga una argolla metálica. La tela parece hecha de restos, de retazos cosidos por la necesidad más que por la técnica. En la cabeza lleva un gorro rudimentario, también gastado, que cubre apenas un rostro curtido por el sol, la intemperie y el tiempo.
Su piel oscura y resquebrajada habla de jornadas interminables a la intemperie. Las manos, grandes y ásperas, sostienen una bolsa de tela gruesa, tan deteriorada como su ropa. No hay gesto feroz ni rasgos monstruosos; sí hay cansancio. Hay dureza. Hay una humanidad golpeada que la cámara congeló para siempre.
Sin embargo, esta fotografía publicada por la revista Caras y Caretas, el 7 de septiembre de 1901 (hoy restaurada por Ariel Hernando Campero), fue durante décadas presentada como la prueba irrefutable de la existencia del Ucumar o también llamado Hombre de la bolsa. Decían que era una criatura del monte tucumano, mitad hombre y mitad bestia, asociada a uno de los hechos más estremecedores de la época, el rapto de una niña de 13 años en La Ramada.
Pero lo que realmente muestra la fotografía no es la de un monstruo. Muestra, muy probablemente, a un peón rural, un hachero o un hombre marginal, alguien que vivía en los bordes del sistema, lejos del Estado y de cualquier red de contención. Su aspecto era el resultado de la pobreza extrema, del aislamiento y de una vida atravesada por el trabajo duro y la exclusión.
La fotografía, pese a todo, fue utilizada por los medios de comunicación de aquel entonces para reforzar una idea muy instalada a comienzos del siglo XX; y era que el Norte argentino era un territorio exótico, peligroso y primitivo, donde lo sobrenatural explicaba lo que nadie quería analizar desde lo social. El Ucumar, el Diablo del Monte y el Viejo de la Bolsa fueron distintas denominaciones.
En muchos hogares, especialmente en ámbitos rurales, la advertencia se repetía de manera casi ritual. Era que en la siesta no se salía, porque podía aparecer el Viejo de la Bolsa y llevarse a los chicos. De ese modo, el monte de nuestra provincia dejó de ser únicamente un paisaje cotidiano para transformarse en un espacio asociado al peligro. En ese entonces, decir “se lo llevó el viejo de la bolsa” resultaba más sencillo que hablar de violencia, abuso, pobreza o delitos que excedían las herramientas de comprensión de la época.
La historia lleva años. Y volvió a tomar relevancia gracias a Mauricio Lamontanaro quien, desde su página en Facebook dedicada al “Viejo Tucumán” rescata memorias, relatos e imágenes que siguen circulando de generación en generación y hoy podemos volver a hablar de eso.
“La idea es llegar a todos los que aman, recuerdan y extrañan nuestra tierra. En la página publico reseñas históricas sobre acontecimientos que marcaron a personas y también a Tucumán, con la idea de rescatar y difundir nuestra memoria colectiva”, le contó a LA GACETA el hombre.
El respaldo histórico y documental
Una de las lecturas más precisas sobre el origen del Ucumar tucumano o también llamado viejo de la bolsa fue aportada por el recordado historiador y periodista Carlos Páez de la Torre (h), quien en julio de 2019 publicó la crónica El Ucumar tucumano. Allí recordó que el término proviene del quichua y que, según el Diccionario de Argentinismos de Diego Abad de Santillán, designa a “un personaje de leyenda supersticiosa: el hombre mono, que en Tucumán raptaba mujeres y niños”.
En ese marco se inscribe la nota publicada por la revista Caras y Caretas el 7 de septiembre de 1901, titulada “El rapto de una niña por el Ucumar”, que relataba el caso como si se tratara de la captura de una criatura salvaje.
EL UCUMAR. La revista “Caras y Caretas” publicó este retrato del personaje
Según esa crónica, el supuesto Ucumar había sido “cazado” por la Policía en el campo de Napoleón Paz, en la zona de Las Cuchillas. También mencionaba a la niña que lo acompañaba, María Natividad, de 13 años, hija de José Agustín Silva, vecino de La Ramada, en Burruyacú, quien finalmente fue restituida a su familia.
El hombre fue identificado con nombre y apellido: Pedro Ocampo, un ex convicto que, según la versión publicada, había adoptado la vida salvaje tras salir de la cárcel.
Sin embargo, la fotografía que acompañó aquella nota, y que hoy reaparece en su versión restaurada, revela otra verdad. No hay allí un ser fantástico ni una criatura salida del mito, sino un hombre de carne y hueso. Su imagen no remite al espanto sino a la pobreza, a la figura anónima y marginal del campesino de entonces. Fue esa mirada, ajena y temerosa, la que lo convirtió en monstruo, la que lo despojó de humanidad y lo empujó definitivamente al territorio de la leyenda.




















