Carlos Duguech
Analista internacional
“El cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos es el hombre más extraordinario- por su carácter inusual- que ha llegado a la Casa Blanca en la historia de los Estados Unidos”. Palabras iniciales del último capítulo del libro “Los Estados Unidos de Trump” de la analista argentina Paula Lugones, que desde hace más de dos décadas vive con su familia en Washington y conoce como pocos periodistas ese inmenso país y a sus políticos. Es de notar que ese libro fue publicado apenas dos meses después de que Trump asumiera el primer mandato, todo lo cual revela que aun no ejerciendo el poder ya se hacía conocer por sus extravagantes decisiones desde la Casa Blanca.
Al asumir designa a Jeff Sessions como ministro de justicia. Ello genera alarmas y rechazos. Da cuenta Paula Lugones que “de hecho, más de 1.000 abogados de todo el país expresaron en una solicitada que él no garantizaba equidad y justicia”. Fue una de las primeras objeciones a su gabinete conformado, entre otros, por personas de mucha fortuna. Iba perfilándose Trump ya en los primerísimos tiempos de su “reinado”. Claro, esta expresión disonante pretende marcar con trazo grueso como las firmas gigantescas de Trump en sus escritos, el escenario que se iba diseñando a su andar. Un esquema que se repite en este segundo mandato donde ya -muy suelto de cuerpo- afirma, confirma o borra como si no se hubiera escrito y proclamado nada.
Primer mandato
Vale hoy mismo en esta retrospectiva que nos brinda Paula Lugones, premiada por Adepa por sus coberturas políticas, además de muchos otros reconocimientos internacionales, hallar signos que nos permiten acomodar los juicios diversos que despierta Trump, día a día. Caso a caso. Cada vez articulando convenientemente con el tema o con sus interlocutores en el mundo. Lo conveniente es sólo si resulta aplicado a sus intereses de liderazgo político universal. Claro, a como sea.
Amenazas, esa pulsión
Ni se puede modificar su copiosa y colorida cabellera apareciendo en la TV de un modo que nunca satisface sus exigencias, hasta en ese plano. Lo del muro en el límite sur de los EE.UU. de una extensión de casi 3.200 km. fue un punto importante de su campaña electoral de 2016. Prometió ese muro y hasta puso condiciones: México debía pagar la mitad del costo. Desde el país azteca su presidenta, Claudia Sheinbaum, pronunció un no que se viene cumpliendo. México, respecto de esa línea tiene una suerte de herida sin cerrar desde aquel 2 de febrero de 1848 cuando se concretó una forzada venta de casi la mitad del territorio mexicano. Entre otras, esta es una razón sensible para los mexicanos que bien interpreta su presidenta. Al parecer, distraído en otros asuntos de gravedad internacional, Trump orienta su veleta amenazadora siempre hacia diversos e intrincados objetivos. Todos, entre ellos, de muy distinta naturaleza pero siempre exhibiendo el punto de atracción de la desaforada actitud en el linde con el imperialismo, el de todos los tiempos y motivaciones.
Con sólo citar Groenlandia y las amenazas a quienes desde la OTAN les cuestionaran eso de imponer su metralla sin humo, los aranceles. Como castigo a sus socios de la organización del Atlántico Norte. Después, volvió sobre sus pasos en ese sentido de advertencia y castigo. Tensión natural con Dinamarca, la colonizadora pacífica de Groenlandia.
¿Y Canadá?
Ya en los primeros días de enero de 2025, antes de asumir el segundo mandato, Trump, como si hablara de un plan de gobierno respecto de algunas cuestiones menores, lanzó sus dardos sin sordina: ”A muchas personas en Canadá les encantaría ser el estado 51. Estados Unidos ya no puede soportar los enormes déficits comerciales y los subsidios que Canadá necesita para mantenerse a flote. Justin Trudeau sabía esto y dimitió”. Agregó esa presunción con cierto aire de conocedor. Haber afirmado esto respecto del ex primer ministro canadiense es por lo menos malo y casi cruel, políticamente. Ofensivo, en suma. Pero Trump no mide esas consecuencias de sus actos ni de sus dichos. Nadie en la escena política internacional deja de cuidarse en las relaciones entre pares de los países. Elementales normas que rigen de diverso modo las relaciones diplomáticas internacionales, son cuidadas como de cristal fino, aun en medio de vientos y tormentas de toda clase. Desinhibido sería el término exacto para definir la conducta personalísima de Trump en cada escenario, cualquiera fuese, en la que le toca intervenir. Un término edulcorado para disimular lo que se piensa de Trump, de sus expresiones descalificantes hacia quienes pretende doblegar con su poder y sus ideas.
Country “Gazatrump”
Es sólo la natural percepción en este analista tentado por la pluma dócil que interpreta el pensamiento y se dispone, independiente, a la concreción en texto. El inmobiliario Trump sueña con un emprendimiento como si estuviese en otro lugar, no en la Gaza destruida.
En los diseños de la “Junta de paz” por otra parte y en el desarrollo del texto se advierte una primacía absoluta del señor Trump. En un casi remedo de la Carta de la ONU, en parte, puede colegirse sin esfuerzo alguno porque el texto “escolar” lo expresa: el señor Donald Trump es todo el “Consejo de Seguridad”, toda la “Asamblea General” y toda la “Corte Internacional de Justicia”, a la vez. Un solo dato: Esta Junta se encargará de resolver conflictos armados y supervisar procesos de transición política y posbélica en cualquier lugar del planeta. Y en cabeza de Trump estarán todas las decisiones; las de aceptar o no incorporaciones de países interesados; la de expulsar a miembros cuando se estime; la de que su remoción como cabeza del engendro internacionalista la deberán requerir simultáneamente la totalidad de los miembros. En suma, el ciento por ciento de los miembros de ese remedo competitivo de la ONU. Ya se advirtió en muchísimos sectores internacionalistas esa barbaridad diseñada para el propio lucimiento, ya enfermizo, de Trump.
Eso de la “misoginia”
Se dijo en muchos ámbitos, no sólo en el de la política interna de los EE.UU. sino en el ámbito internacional (Europa, principalmente) sobre aquella condición personalísima y complementaria de Trump, desde que asomó su candidatura en 2016.
Cuando en 2025 comienza la demolición del Ala Este del complejo de la Casa Blanca se insiste en el fundamento de tal medida que ni siquiera fue consultada, por lo que se sabe, a los funcionarios del área de patrimonio de la White House. El Ala Este fue históricamente, desde su construcción en 1902 (¡Hace 124 años, nada menos!) el lugar de la primera dama. Su centro de operaciones y de poder. Justifica el señor Trump, esposo de la “primera dama” (perdón, señoras y señores lectores, por la innecesaria aclaración) que hará un salón de baile para más de 800 personas, en su lugar. El misogismo que lo caracterizó en campaña pivotaba, precisamente, en cabeza de la oponente en las elecciones por el Partido Demócrata, Hillary Clinton. Perdió ante un misógino sin filtros. En su introducción la prestigiosa periodista Lugones la cierra así: “Trump abre así una era incierta y a la vez histórica en un país que pedía a gritos un cambio”.
Cerramos expresando que Paula Lugones tuvo un acierto. Comienza el libro con una frase única: Nadie aposta un dólar por Donald Trump. Ella intuía que los votantes necesitaban y aspiraban a un cambio que Trump les prometía día a día de campaña. El día 5 de noviembre de 2006, en una columna en El Nuevo Herald con el título ¿Trump? Sí, Donald Trump repetíamos nuestra predicción en la campaña. Gana Trump.
Pero nos equivocamos al suponer que, encerrado de impotencia frente al mundo, renunciaría.























