La Gaceta / Foto de Silvia Granara
El “slow motion” es la forma en que las nuevas costumbres y modos de expresarse se denomina a la cámara lenta. Hace un tiempo nunca se hubiera aceptado esa definición. En inglés. Sin embargo, los nuevos tiempos y formas de comunicarse que impusieron las redes sociales, las aplicaciones y la misma inteligencia artificial ha hecho tolerable este tipo de expresión.
El “slow motion” define una velocidad inferior a la real para aumentar el impacto emocional o para destacar detalles. Ayer los argentinos vivieron un jueves en “slow motion”.
No fue un día normal; fue un país en modo avión, para seguir parafraseando los modismos que imponen los celulares, protagonistas centrales de la vida del hombre.
Ayer se vivió un paro general. Hay quienes desde un sector del sindicalismo, del peronismo y, obviamente, desde los partidos de izquierda, evaluaron como exitosa la medida de fuerza.
Esa sentencia tuvo más ritmo en algunas zonas o regiones y menos en otras. No fue igual en el Norte que en Buenos Aires o en la Patagonia. La cadencia del paro la puso la Unión Tranviarios Automotor. La UTA mostró su poderío. Fue en esa agrupación gremial en la que se apoyó principalmente la medida de fuerza nacional. Y quedó claro que cuando el transporte se apaga, el país se achica.
Sin embargo, no alcanzó para que el país se detuviera. Anduvo en cámara lenta, pero no se frenó. En Tucumán, la vida no tuvo grandes alteraciones. La apertura de los negocios mostró también cómo la vida citadina late según las pulsaciones de esa actividad. Tanto es así que el 75% de los votantes del sondeo que hizo ayer LG Play dijeron que no se sintieron afectados por el paro realizado con motivo de la reforma laboral.
La nota la dio Sergio Gómez Sansone, empresario del Transporte. El responsable de la línea 8 de ómnibus denunció que hubo aprietes y bloqueos contra sus unidades en la Terminal de Ómnibus. Según el empresario un tercio de sus trabajadores estaba dispuesto a salir a trabajar pero no pudieron hacerlo por la presión gremial.
Cada día que pasa, los dirigentes encuentran más dificultades para conseguir consensos y para lograr un sentimiento común.
Lo más dificultoso en estos últimos días fue identificar la motivación por la cual movilizarse o por qué luchar.
En la discusión se instalaron dos relatos muy concretos. Así empezaron a cinchar en un enfrentamiento maniqueo: “modernizar para generar empleo” vs. “recortar derechos”.
Ningún dirigente -ni político ni gremial- fue capaz de superar esa discusión. Al contrario, sólo encontraron argumentos para echar más leña al fuego. El debate serio hace días que está de paro.
En la jornada de ayer los sindicalistas recuperaron fuerza y lograron mostrar el músculo. No fue mérito de sus conducciones sino de la soberbia y de la falta de habilidad política del oficialismo. Fue el ministro de Desregulación Federico Sturzenegger el que encendió el motor gremial al ironizar sobre la nueva ley laboral. Gritó el gol antes de que la pelota entrara al arco.
Tan grande fue la equivocación al ironizar el artículo sobre las licencias médicas que le dio fuerza a la movilización de una CGT que ya había mostrado cierta complacencia al no recibir recortes en las cuotas gremiales con la media sanción que había dado el Senado.
En clave de versus
El diputado tucumano Pablo Yedlin, sin quererlo, dio una clara pista de lo que se estaba discutiendo en la Argentina. “No le podemos dar esta victoria a los libertarios”, sentenció.
Con esos códigos y en esas clave ha aprendido a comunicarse y a convivir la política argentina. Todo queda reducido a ganadores y a perdedores. De un lado queda una importante mayoría que tiene la razón y del otro, otra importante mayoría que también tiene razón. Con esa lógica sólo hablan los discursos excluyentes y nada se vuelve inclusivo.
Es curioso porque ninguno de los protagonistas centrales de la vida argentina puede negar que muchas leyes -la laboral entre ellas- ha sido elaborada cuando internet ni siquiera figuraba en la fantasiosa imaginación de los grandes autores de la ciencia ficción. El celular asomaba con forma de zapato en la serie en blanco y negro del Súper Agente 86.
El cambio y la transformación es ineludible.
Todos saben que ha llegado la hora de encontrar consensos y de incluir a una importante mayoría. También todos saben que la Argentina hace mucho tiempo que no crece. No importa quienes sean los culpables, importa cómo se puede revertir esa caída inexorable. El paro ya es parte de la historia.
A partir de hoy empieza otra. Volverá la caza de culpables. Otra vez un tucumano estará en la mira. El gobernador Osvaldo Jaldo vuelve a jugar fuerte en estas circunstancias. Su intervención ha contribuido para que la reforma laboral avance. No se discuten conveniencias. Tampoco aciertos o errores. Simplemente, todo está reducido a si traiciona o no al peronismo al participar del juego del Gobierno nacional.
El tiempo dirá si sus decisiones fueron correctas. Correcto debería significar bueno para el país o para la provincia. Bueno para el político es que su figura se talle en bronce o que el recuerdo le dé prestigio y no vergüenza. En esa disyuntiva se toman decisiones en la Argentina desde hace mucho tiempo.
Mientras estas sean las preocupaciones, el país sigue moviéndose en cámara lenta.

















