A TODO O NADA. Lucas Martínez Quarta trata de despejar ante la presión de Joaquín García.
Después de días cargados de tensión, rumores y versiones cruzadas, River Plate volvió a recibir un golpe que profundiza su crisis futbolística. Esta vez fue derrota por 1 a 0 ante Vélez, en un partido que comenzó cuesta arriba desde el amanecer mismo del encuentro y que terminó por desnudar las fragilidades de un equipo que no encuentra respuestas ni en el juego ni en el carácter.
Apenas iban cinco minutos cuando llegó el mazazo. Manuel Lanzini, cumpliendo con la inexorable ley del ex, capitalizó un error en salida y construyó una jugada tan veloz como precisa. Recuperó tras un mal pase de Juan Fernando Quintero, descargó para Matías Pellegrini y fue a buscar la devolución. La pared fue quirúrgica: enganche para desairar a Lucas Martínez Quarta y derechazo rasante que, pese a la estirada de Franco Armani, dio en el palo y se metió. Golpe temprano y silencio incómodo.
El “Millo” quedó aturdido. Vélez, ordenado y punzante, dominó el trámite durante gran parte del primer tiempo. A los 23’, Florián Monzón le ganó la posición a Paulo Díaz y obligó a Armani a una intervención clave; en el rebote, Gonzalo Montiel salvó sobre la línea. Diez minutos después, Joaquín García desbordó y probó de media distancia, apenas desviado. El equipo de Guillermo Barros Schelotto se mostraba más firme, más convencido y con un plan claro para aprovechar las dudas defensivas de River.
Recién a los 42’, el equipo de Marcelo Gallardo consiguió hilvanar una acción asociada que terminó con un remate lejano de Facundo Colidio, fácilmente controlado por Álvaro Montero. Demasiado poco para un equipo que necesita señales urgentes. Para colmo, antes del descanso ya había movido el banco: Joaquín Freitas ingresó por el lesionado Quintero.
El segundo tiempo trajo más contratiempos. Armani no regresó por una molestia física y fue reemplazado por Santiago Beltrán. Sin embargo, en actitud, River mostró otra cara. Salió decidido a empatar, con mayor intensidad y presión alta. A los siete minutos, Kendry Páez dibujó una acción individual brillante y exigió a Montero con un remate cruzado. El arquero respondió con solvencia. Minutos después, el propio ecuatoriano cayó mal y debió salir lesionado, sumándose a una lista de preocupaciones que no deja de crecer.
El asedio fue constante. A los 22’, Montiel tuvo el empate tras una gran jugada colectiva. A los 30’, Ian Subiabre desperdició una ocasión clara dentro del área luego de un amague que había dejado desairada a la defensa. River empujaba, pero no concretaba. Y cuando el equipo se descompensó en la búsqueda, casi lo paga caro: a los 32’, Beltrán se lució en un mano a mano ante Braian Romero.
La escena más elocuente del partido llegó a los 34’. Montero sostuvo la ventaja con una doble atajada formidable: primero ante un cabezazo de Colidio y luego, en el rebote, cuando Giuliano Galoppo definió increíblemente desviado con el arco a su merced. Fue la fotografía perfecta de la noche: River generó, insistió, pero no tuvo puntería ni fortuna.
El pitazo final confirmó lo que ya era evidente. Tercera derrota consecutiva en el Torneo Apertura y 13 caídas en los últimos 20 partidos. Números que explican el momento y alimentan la preocupación. Como si fuera poco, Quintero, Páez y Armani terminaron con molestias físicas, encendiendo más alarmas en un plantel golpeado.
El jueves 26 de febrero, River recibirá a Banfield en el Monumental. Será más que un partido: una prueba de carácter. Porque el problema ya no es solo futbolístico. Es anímico, estructural, profundo. River volvió a perder y agudizó la crisis. Y mientras los rumores crecen y las dudas se multiplican, el equipo necesita reencontrarse con algo más que su juego: necesita reencontrarse consigo mismo. El margen se achica, el crédito se consume y el tiempo, en Núñez, nunca espera.























