Qué pasa cuando Nueva York se detiene: la ciudad que nunca duerme bajo una tormenta extrema

Qué pasa cuando Nueva York se detiene: la ciudad que nunca duerme bajo una tormenta extrema
Sol Garcia Hamilton
Por Sol Garcia Hamilton Hace 1 Hs

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Nueva York tiene algo casi mitológico, la idea de que nunca se detiene. Es la ciudad que corre incluso cuando el resto frena, la que transforma cualquier crisis en movimiento, la que vibra de día y de noche. Sin embargo, hay momentos en los que incluso esta maquinaria perfectamente aceitada baja la velocidad. Y cuando eso sucede, la sensación es extraña, casi irreal.

Al principio, la ciudad siguió funcionando. Hasta ayer a la noche, la gente hacía su vida normal. Cafés llenos, negocios abiertos, personas entrando y saliendo con bolsas en la mano. La diferencia estaba en la preparación. Si salías a la calle, necesitabas estar listo para la nieve. Botas adecuadas, abrigo técnico, guantes. Yo no tenía zapatos de nieve y descubrí en el primer intento de caminar varias cuadras que me resbalaba a cada paso mientras veía a los neoyorquinos seguir con total naturalidad. Ellos ya están acostumbrados. Se adaptan sin dramatismo. Se refugian unos minutos en un local, vuelven a salir y siguen.

Qué pasa cuando Nueva York se detiene: la ciudad que nunca duerme bajo una tormenta extrema

Con el correr de las horas, la magnitud del fenómeno empezó a dimensionarse mejor. Meteorólogos y autoridades comenzaron a describirla como la tormenta invernal más intensa de los últimos diez años en la región, un evento climático de carácter histórico por su alcance y por el impacto simultáneo en distintos estados del noreste.

Qué pasa cuando Nueva York se detiene: la ciudad que nunca duerme bajo una tormenta extrema

Mientras la vida cotidiana continuaba, los teléfonos empezaron a llenarse de alertas. El gobernador declaró el estado de emergencia en el estado de Nueva York y se activaron restricciones de circulación en distintas zonas. Se recomendó evitar desplazamientos innecesarios y se implementaron limitaciones para autos, buses y trenes en áreas específicas.

Los principales aeropuertos, como JFK y LaGuardia, comenzaron a cancelar vuelos en cadena. Y uno de ellos, fue mi vuelo que salía el domingo por la noche. La cancelación llegó pocas horas antes y obligó a extender la estadía, reorganizar reservas y sumar días de hotel que no estaban en el plan inicial. La ciudad detenida obligó a pausar los itinerarios personales.

La escena remitió a otra experiencia reciente: la pandemia. No por la causa, claro, sino por la atmósfera. Esa sensación de ciudad reorganizando su rutina en tiempo real, de decisiones que se toman rápido y de personas revisando aplicaciones, comunicados y mapas para entender qué está permitido y qué no. La última vez que había visto una ciudad desacelerar con esa intensidad había sido entonces.

Qué pasa cuando Nueva York se detiene: la ciudad que nunca duerme bajo una tormenta extrema

Cuando empezaron a circular las advertencias más serias, nuestra reacción fue instintiva. Como buenas latinoamericanas, fuimos directo al supermercado a stockearnos de comida. Probablemente porque venimos de contextos donde las crisis no siempre se gestionan con la misma previsibilidad, la idea de no anticiparse parecía imprudente.

Terminamos con el carrito lleno: muchas botellas de agua, frutas, avena instantánea, té, café, snacks, algo de pastelería y más provisiones de las estrictamente necesarias. Recién cuando volvimos al hotel nos dimos cuenta de que, en medio de una tormenta histórica, ese habría sido el momento perfecto para tener la compañía de un mate.

A medida que la nevada se intensificaba y las ráfagas de viento complicaban la circulación, las autoridades insistían en limitar los traslados y reforzaban los avisos de permanecer en interiores salvo por razones esenciales. En distintas zonas del estado se establecieron restricciones nocturnas para reducir riesgos y se reforzaron los operativos para despejar nieve en rutas y accesos. La ciudad más conectada del mundo quedaba, por momentos, suspendida.

Y sin embargo, incluso en ese contexto, hay belleza. Salimos unos minutos a ver nevar y la Nueva York cubierta de blanco tenía algo profundamente cinematográfico. Las luces reflejadas en la nieve, los edificios más silenciosos, el sonido amortiguado por el frío. Por momentos, la postal parecía una escena de Home Alone 2, con Nueva York convertida en escenario invernal.

La diferencia es que esta vez no había comedia ni banda sonora navideña, sino viento intenso y advertencias oficiales. Y mientras en la película el protagonista se refugia en un hotel frente a la tormenta, nosotras también mirábamos la ciudad desde adentro. Es hermoso y, al mismo tiempo, imponente.

Si algo dejó esta pausa obligada fue esa imagen. No se trata de romantizar un fenómeno que también provoca caos. Pero, en lo personal, el imprevisto al menos sirvió para presenciar un paisaje histórico que no se ve todos los días.

La tormenta dejó claro algo que a veces se olvida: incluso las ciudades más poderosas están sujetas a la naturaleza. Nueva York puede organizar, anticipar y ejecutar con precisión, pero no puede negociar con el clima.

Quizás ahí radique su verdadera fortaleza. No en la ilusión de invulnerabilidad, sino en la capacidad de adaptarse. La ciudad que nunca duerme no deja de serlo bajo la nieve; simplemente cambia de ritmo. Y en esa pausa forzada, revela otra cara: más lenta, más silenciosa, pero igual de firme.


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