POLIFACÉTICO. Entre sus habilidades, es músico y luthier de bombos desde mediados de los 80. LA GACETA / FOTO DE OSVALDO RIPOLL
En Tafí del Valle decir “Trukía” es hablar de cultura y tradición. Esta historia trata de un pintoresco personaje que recorre todos los festivales de la zona. “El que no me conoce no conoce Tafí del Valle”, lanzó entre risas Jorge Alberto Gutiérrez, más conocido por su apodo de la infancia. En los 52 barrios de la villa turística su figura es habitual, ya sea con micrófono en mano, montado a caballo o vestido de Papá Noel en diciembre. “Se dice que uno es un personaje, y del bueno, no del malo”, afirmó. Y su extenso currículum popular lo respalda.
Durante 31 años ininterrumpidos se calzó el traje rojo para recorrer, durante cinco días, cada rincón de Tafí entregando golosinas y regalos. “Son cinco días en los que recorro los 52 barrios. A las cuatro de la tarde ya estoy, cuando el niño sale de la escuela”, contó. La logística no es menor: más de 150 kilos de golosinas repartidas cada año. “Gracias al municipio y a los amigos que donan. Algunos traen dos bolsitas, otros una caja de alfajores. Todo suma”, relató.
El comienzo
Pero su historia no empieza allí. Fue bailarín de folklore y participó en el primer ballet que representó a Tafí en Cosquín. “Ha sido en 1988, en la plaza Próspero Molina”, recordó. Además fue un momento clave en su trayectoria. “Esa noche fue cuando me enamoré de los escenarios”. Aquella experiencia, según explicó, le abrió otra puerta: la locución.
“Debe llevar casi 40 años que hago locuciones de las destrezas”, señaló. La Fiesta del Queso, el Yerbiao, celebraciones en Amaicha y El Mollar lo tuvieron como voz oficial. Improvisa, evita los papeles y se apoya en la memoria. “Nada de papel, porque si no, ¿para qué? Todo sale de aquí”, dijo, señalándose la cabeza. Reconoce que al principio “hablaba mal”, pero que se fue puliendo escuchando a otros. “Aprendí a escuchar, eso es el fruto de todo conocimiento”, sintetizó.
Su vínculo con la cultura popular también se expresa en la música. Es luthier de bombos desde mediados de los 80. “Cuando empezaba a bailar no había quién arregle. Fui hasta el Indio Froilán, en Santiago, y ahí aprendí”, contó. Cambia parches, afina y deja los instrumentos “al toque” para artistas y percusionistas de la zona.
“Trukía” y las artesanías
La artesanía ocupa otro capítulo central en la vida de “Trukía”. No la entiende como un pasatiempo ni como un ingreso complementario, sino como una responsabilidad cultural. Trabaja piedra, madera, cuero y suela con la misma naturalidad con la que toma un micrófono. “Tallando en piedra, en suela, en cuero, en madera, albañil, de lo que quiera”, enumeró, casi como si el oficio no necesitara mayor explicación. Sin embargo, detrás de esa frase hay décadas de práctica autodidacta, observación en museos y una inquietud constante por perfeccionarse.
Contó que al recorrer distintas salas de exposición se preguntaba cómo era posible que, con menos herramientas que las actuales, los antiguos pobladores hubieran logrado piezas de tanta precisión. Esa inquietud lo empujó a producir su propio acervo. Su proyecto más ambicioso es montar una sala exhibidora con 400 piezas talladas por él y 60 piezas originarias rescatadas. “No quiero pasar como una sombra, quiero dejar mi huella”, afirmó, dejando en claro que su intención es trascender más allá del personaje popular.
Entre esas piezas hay conanas, tacanas, hachas y utensilios de piedra que, según explicó, muchas veces la gente desconoce o subestima. “La conana era para rebajar el maíz, la primera alimentación de nuestros aborígenes”, detalló. Explicó que el tamaño del grano y el modo de molienda variaban según la estación del año, una práctica que evidencia conocimientos nutricionales transmitidos de generación en generación. Las tacanas, en cambio, servían para preparar tinturas a partir de raíces, tierras y hasta leche materna. “No saben la importancia que tienen para la cultura del pasado”, advirtió.
Señaló que en reiteradas ocasiones le ofrecieron dinero por algunas piezas, pero se negó a venderlas. Su argumento es simple: considera que desprenderse de ellas sería contribuir a la pérdida de memoria colectiva. “Lo que es de Tafí, se tiene que quedar en Tafí”, expresó.
Identidad gaucha
Esa defensa de la tradición también se manifiesta en su estética y en su discurso. Su identidad gaucha no es impostada. Usa alpargatas en lugar de botas por convicción. “La bota representa al milico. Entonces no me gusta eso a mí. Alpargata de gaucho”, sostuvo. En su lógica simbólica, cada elemento comunica algo. La platería que luce en el cinto y el cuchillo no es mero adorno. “La plata representa el brillo de la amistad”, explicó, asociándola con los rayos del sol y con la calidez del vínculo humano.
Amante de los caballos, los prepara con esmero para cada celebración. Habla de ellos casi en términos familiares. “Es como que se va a casar el caballo. Tiene que estar con su montura ideal”, comparó. Se ocupa del herraje, del estado del cuero y de cada detalle de la pilcha. Sin embargo, establece límites. Evita someterlos a recorridos largos o innecesarios. “Es un sacrificio para el caballito”, reflexionó, marcando una ética del cuidado que atraviesa su relación con los animales.
Recambio generacional
Al final, su mayor preocupación es el recambio generacional. Observa con inquietud la distancia entre los jóvenes y las prácticas tradicionales. “La juventud está en otra. La tecnología arruinó la juventud con el celular”, opinó. No lo plantea desde el enojo sino desde la preocupación. Considera que el desinterés no es definitivo, sino consecuencia de la falta de transmisión. Por eso insiste en enseñar. “Yo los traería para enseñarles cómo es, qué piedra es, cómo puede tallar”, propuso, convencido de que el contacto directo con el oficio puede despertar vocaciones.
En tiempos en los que la inmediatez y lo digital marcan el ritmo cotidiano, “Trukía” elige la persistencia. Entre coplas, micrófonos, caballos y piedra tallada, construye una identidad que no busca nostalgia sino continuidad. Su mayor apuesta no es la fama ni el reconocimiento, sino que aquello que aprendió y rescató no se diluya cuando él ya no esté.
























