Cuando todo se vuelve “muchas cosas a la vez”

Vivimos en la era de lo “poli”. Muchas crisis, muchos actores, muchas tecnologías, muchas narrativas, muchas tensiones simultáneas. Y, sobre todo, muchos sistemas que antes eran relativamente simples y ahora se volvieron telas de araña: se tocan, se cruzan, se contagian.

“MULTIPLICIDAD”. Hoy el mundo es parecido a un tablero con mil piezas moviéndose al mismo tiempo. “MULTIPLICIDAD”. Hoy el mundo es parecido a un tablero con mil piezas moviéndose al mismo tiempo.
Hace 13 Hs

Thomas L. Friedman, columnista estrella del New York Times, desarrolla una teoría que puede ser inquietante y hasta objetable en algunos puntos, sobre el mundo que se viene. Pero, sin dudas, describe varios procesos manifiestos en distintos ámbitos de la realidad.

Al común denominador de todos ellos el periodista ha nombrado como “Policeno”. No ha sido acuñado el término por él mismo sino por uno de sus pedagogos —que confiesa tenerlos en varias disciplinas. En este caso, se trata de Craig Mundie, ex director de Investigación y Estrategia de Microsoft. Este actual asesor de varias empresas globales dedicadas a la IA propuso el neologismo que toma el sufijo utilizado para hablar de eras “ceno” y le suma el prefijo griego “poli”, que significa múltiple.

Friedman, especialmente orientado hacia el periodismo geopolítico, indaga otros tantos estratos de la realidad para adherir conscientemente a esa denominación. Es una forma de describir cómo se transformó la vida en casi todos los planos. Desde el clima hasta el amor, desde la economía hasta la manera de trabajar: todo grita multiplicidad.

La idea central está montada en la evidencia de que antes podíamos pensar el mundo en modo binario. Hoy ese modo quedó chico. El mundo se volvió más parecido a un tablero con mil piezas moviéndose al mismo tiempo.

La crisis simultánea

Friedman habla de policrisis: el cambio climático como una chispa que enciende problemáticas encadenadas y crecientes en volumen —sequías, incendios, migraciones, tensiones políticas— en un sistema cada vez más interdependiente.

Hoy aparece como una misma escena en simultáneo: el fuego, la inundación, la pérdida de cosechas, la suba de precios, el conflicto social. Todo junto, todo conectable, todo en tiempo real.

No es solo el planeta el que se recalienta: también nuestra capacidad de procesarlo.

La economía de redes

Adam Smith imaginaba un mundo donde la dinámica del comercio internacional era relativamente simple. Antiguamente, alguien fabricaba queso, alguien producía vino, intercambiaban productos y ganaban los dos. Luego, alguien fabricaba queso, un tercero tomaba el queso a cambio de una moneda, y el quesero intercambiaba esa moneda por el vino.

Ese mundo expiró.

Hoy tenemos una red global interdependiente, donde casi ningún producto es “de un país”. Un celular o una vacuna son de muchos. Un auto eléctrico es una coreografía de componentes que cruzan fronteras varias veces, antes de volverse “algo”.

Y esa interdependencia tiene una doble cara: Por un lado, acelera la innovación y la eficiencia. Por el otro, vuelve al sistema frágil: si se corta un nodo, tiembla todo el mapa.

En el Policeno, la economía deja de ser “competencia” y se parece más a una mezcla rara entre colaboración y rivalidad. Es posible ser cliente y competidor al mismo tiempo. Puede que alguien esté asociado y demandado judicialmente por la misma persona/empresa/país, a la vez. Puedes depender de alguien que políticamente esté en las antípodas, pero técnicamente no pueda reemplazar.

Trabajo y cooperación

La mecánica laboral también pasó del “jefe manda” a los equipos como ecosistemas. El trabajo también se volvió “poli”. Hoy los proyectos no se resuelven desde un solo saber sino desde la intersección de varios agentes con diversidad de aptitudes y saberes. Y esa intersección tiene nombre: colaboración. Implica negociar intereses, lenguajes, ritmos, urgencias y miradas distintas.

Los equipos se parecen cada vez más a organismos vivos, con sus tensiones internas. Por ello se habla de “ecosistemas”. Y en ellos se aspira a la capacidad y la velocidad de adaptación.

Ya no se piensa en un perfil perfecto sino en perfiles adecuados para cada mínima misión. El liderazgo se ha tornado rotativo. Y la colaboración dicta que no gane más quien sepa más, sino quien pueda tejer un mismo telar inexplorado, con hilos propios y ajenos.

“Arquitecturas flexibles”

Durante mucho tiempo, el amor estuvo narrado como binario: estabas o no comprometido con alguien, era para siempre o no era. Hoy los vínculos se diversifican, se redefinen, se negocian. Aparecen nuevas formas de amar, convivir, elegir. Hay relaciones largas con acuerdos distintos. Hay quienes se reconocen pareja, pero no conviven. Hay familias ensambladas; vínculos abiertos; amistades que funcionan como parejas emocionales; relaciones a distancia sostenidas por conectividad constante; maternidades satisfechas por mascotas, etc, etc.

El amor adopta el lenguaje de una negociación minuto a minuto y atrás queda la percepción de un contrato duradero. Si en otros momentos las reglas venían dadas por la cultura, ahora muchas parejas las diseñan y acuerdan desde cero.

Lo múltiple como norma

Friedman sostiene que de sociedades rígidas, previsibles y cerradas pasamos a ciudades que son mosaicos lingüísticos, religiosos, culturales. Convivir con lo distinto exige algo que no siempre entrenamos: capacidad de síntesis social.

El Policeno no solo multiplica la diversidad: multiplica la velocidad con la que la diversidad se expresa. Porque ahora todos tenemos un micrófono en el bolsillo que nos ha despojado de la voz en off.

En el Policeno no hay soluciones puras. Ya no hay respuestas binarias. En rigor nunca las hubo, pero así lo veían las sociedades del pasado. Lo que no entraba en esos modelos binarios, quedaba confinado al silencio y la invisibilidad o, directamente, era expulsado por “raro”. El Policeno es el fin de la tranquilizadora fantasía de lo simple.

Y tal vez por eso incomoda tanto. Nos obliga a abandonar la comodidad de las posiciones absolutas. A dejar de creer que un solo actor puede ordenar el mundo.

En esta era, las mejores respuestas no viven en los extremos sino en la síntesis.

© LA GACETA

Gisela Colombo – Escritora, profesora de Letras

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios