Recuerdos fotográficos: el cráneo La Madrid tenía “más cicatrices que hueso”
En este espacio de “Recuerdos” procuramos revivir el pasado por medio de imágenes que se encuentran guardadas en ese tesoro que es el Archivo de LA GACETA. Esperamos que a ustedes, lectores, los haga reencontrarse con aquellos momentos y que puedan retroalimentar con sus propias memorias esta sección que les brindamos día a día.
Dice Felipe Pigna en su columna por Radio Nacional del 14/11/2016 que el general Gregorio Aráoz de La Madrid (1795-1857), estando exiliado en Chile escribió en los clasificados del periódico El Mercurio: “Cuento 42 años de edad; tengo 32 de servicios a la independencia americana y a la libertad argentina; asistí a 164 combates y batallas, llevo en mi cuerpo 19 cicatrices de heridas que recibí peleando”. En sus “Memorias”, impresas casi 40 años después de su muerte, el general cuenta sobre los tiempos que le tocó vivir y sobre las heridas que sufrió. “Se leen como un western de acción trepidante”, dice Carlos Páez de la Torre (h) en “Más cicatrices que huesos” (LA GACETA, 13/11/2011).
En la escaramuza de El Tala (1826) abatieron su montura y fue rodeado por los enemigos. Pudo defenderse a estocadas pero después cayó al suelo, sin conocimiento. Tuvo “quince heridas de sable: en la cabeza, once, dos en la oreja derecha, una en la nariz que me la volteó sobre el labio, y un corte en el lagarto del brazo izquierdo y más un bayonetazo en la paletilla y junto al cual me habían tirado el tiro para despenarme”. Además “me pisotearon después de esto con los caballos, me dieron de culatazos y siguieron su retirada”. Fue dejado por muerto. Lo llevaron más tarde a Tucumán, luego de pasar por un curandero santiagueño que le cortó “un pedazo de la oreja que venía pendiente de un hilo” y le cosió la punta de la nariz. Estuvo sin sentido casi un mes. Luego montó a caballo. Lo apodaron “El inmortal”.
Cuando dirigía las guerrillas de retaguardia del Ejército del Norte, uno de los soldados quiso atrapar una yegua, pero erró el tiro del lazo, que cayó sobre la cabeza de La Madrid. Fue derribado del caballo, pero pudo meter el dedo índice entre el lazo y la cara. Logró amortiguar así el fuerte y vertiginoso cierre de la “armada”, pero “después de haber quedado aturdido y con el dedo, ojos y orejas desollados o quemados por el lazo”. Así, dice, “quedé por mucho rato viendo visiones y marché unos cuantos días ciego, porque se me formó una costra por sobre los dos ojos que apenas me permitía vislumbrar un poco”. En la campaña de La Rioja de 1840, “recibí una feroz patada de un caballo en el pie izquierdo, estando montado, que a no ser por la hebilla de la espuela me rompe el pie, pues se dobló la hebilla y se me introdujo en la carne del empeine, dejándome sin sentido”.
En el acta de exhumación de los restos de La Madrid, en 1895, consta que se verificaron siete cicatrices en el cráneo, más otra en la nariz y una bala de plomo que quedó para siempre alojada en la séptima costilla. El médico Eliseo Cantón, que asistió al trámite, diría que “no he visto en los museos, ni creo se verá jamás, otro cráneo como el suyo, con más cicatrices que hueso”.
























