Juan A. Gonzalez
Consultor de Naciones Unidas
Tucumán mantiene desde hace siglos una relación tan íntima como problemática con el agua. A veces parece sobrar, desbordada en inundaciones que afectan ciudades y campos; otras veces escasea, incluso para algo tan básico como el agua potable o el funcionamiento del sistema productivo. Esta aparente paradoja no es nueva: acompaña la historia misma de la provincia.
Cuando los españoles fundaron San Miguel de Tucumán en Ibatín en 1565, el lugar parecía ofrecer condiciones favorables: suelos fértiles, cursos de agua cercanos y una ubicación estratégica en el sistema colonial. Sin embargo, fueron las inundaciones junto a otros problemas que terminaron impulsando el traslado de la ciudad a su ubicación actual en 1685. Desde el comienzo, el agua era simultáneamente recurso y amenaza.
Paradójicamente, Tucumán es una de las provincias más ricas en agua del noroeste argentino. La clave está en las Yungas, ese bosque montano que cubre las laderas orientales de las sierras y que, sin embargo, aún carece de una protección integral que garantice su perpetuidad. Allí ocurre un fenómeno climático bien documentado: las masas de aire húmedo provenientes del Atlántico y de la cuenca amazónica para chocar con ls yungas y las Sierras del Aconquija. Al elevarse, el aire se enfría y el vapor de agua se condensa, transformándose en lluvia, neblina y lloviznas persistentes que alimentan ríos y arroyos de montaña. En las cumbres más altas, durante el invierno, esas precipitaciones pueden manifestarse también en forma de nieve, acumulándose temporalmente en las alturas y liberándose luego lentamente como agua líquida hacia el piedemonte y la llanura. Así se alimentan las cuencas que sostienen buena parte de la vida y de la economía provincial. Este proceso, conocido como precipitación u “lluvia orográfica”, convierte a las Yungas tucumanas en una verdadera fábrica natural de agua, un sistema hidrológico que funciona gracias a la interacción entre la atmósfera, el relieve y el bosque.
Pero esa fábrica depende de su infraestructura natural: el bosque. Los suelos cubiertos por vegetación actúan como esponjas que absorben, almacenan y liberan lentamente el agua hacia los ríos. Cuando esos bosques se degradan o desaparecen, el sistema pierde su capacidad de regulación. Entonces el agua baja con violencia en las lluvias intensas —provocando crecidas y erosión— y falta durante los períodos secos. No es casual que muchos especialistas hablen de las Yungas como el “gran regulador hídrico” de Tucumán.
A esta tensión natural se suma la presión humana. Parte del agua que nace limpia en las montañas desciende hacia zonas donde enfrenta problemas de contaminación: descargas industriales, efluentes urbanos y la ausencia de sistemas de cloacas en numerosos sectores. A lo largo de las últimas décadas, episodios puntuales —como el transporte de contaminantes por ductos vinculados a emprendimientos extractivos— han recordado cuán vulnerable puede ser el sistema hídrico cuando falla el control ambiental.
Mientras tanto, la provincia ha construido su identidad alrededor del agua. Los diques —El Cadillal, Escaba, Rio Hondo, La Angostura— y otros menores, forman parte del imaginario colectivo. Proveen energía, regulan caudales, abastecen ciudades y sostienen actividades recreativas. Sin embargo, muchos de ellos enfrentan hoy procesos avanzados de colmatación por sedimentos, resultado de la erosión en las cuencas altas. Es decir: el mismo sistema que nos da agua también se va deteriorando cuando su entorno se degrada.
Paradoja persistente
El resultado es una paradoja persistente. Tucumán depende absolutamente del agua: para beber, producir alimentos, generar energía, sostener su industria y hasta para el esparcimiento.!. Pero al mismo tiempo parece convivir con ella de manera conflictiva, alternando entre el exceso y la escasez, entre la celebración (hasta festejamos los carnavales arrojándonos agua) y el descuido. Qué ejemplo más reciente que el de la Quebrada de Lules: festejamos la recuperación de paisajes rodeados de agua y meses después la creciente se llevó la alegría…
Tal vez por eso podría decirse, con cierta ironía, que el agua en Tucumán padece algo parecido al “Síndrome de Estocolmo”: a pesar de los abusos, de la contaminación y de la falta de planificación que muchas veces la afectan, sigue sosteniendo silenciosamente la vida de la provincia. La pregunta, más que retórica, es urgente: ¿seguirá Tucumán dependiendo del agua sin aprender finalmente a cuidarla? ¿Quién será o serán los terapeutas que corten con el Síndrome mencionado? Nuestra seguridad merece al menos empezar a consensuar respuestas y obras acordes al entorno en que vivimos.
















