CONSTANTIN BRANCUSI. “Cuando me fui de mi país -dice- me llevé conmigo la esencia de la tierra rumana. Fue a ella a la que convertí en arte”.
Por Alina Diaconú
PARA LA GACETA - BUENOS AIRES
Un día de primavera, del año 1903, un joven de 27 años, sin plata, con su ropa de campesino y una valija de madera, salió de un pueblo de Oltenia, llamado Gorj, rumbo a París. ¿Cómo haría ese viaje? Caminando.
Empujado por sus sueños, iba de aldea en aldea, dormía en hangares, tocaba el violín en bodegones al paso para juntar unas monedas y recibir un plato de comida. En el camino, esculpía alguna pequeña figura en madera, un rostro, un pájaro, una mano y, en los sitios donde se detenía, las ofrecía a cambio de alguna ayuda mínima para poder seguir con su viaje.
Cuando llegó a la frontera con Hungría, le preguntaron adónde se dirigía. A París, respondió. ¿Así, a pie? Sí, contestó. ¿Estás loco? le preguntaron.
“Puede ser -contestó- pero el loco va hacia adelante, llega más lejos que el que está detenido”.
Después de 44 días, llegó a Viena, después de dos meses, a Munich. Allí trabajó durante unas semanas en una carpintería para poder seguir juntando otro poco de plata y continuar su camino.
Después de casi un año, arribó finalmente a París. Tenía la ropa rota, los zapatos agujereados y la valija de madera, atada con una soga.
Cuando, tiempo después, se fue a inscribir en la Academia de Bellas Artes de París, los examinadores miraron su formulario y le preguntaron si tenía alguna recomendación. “Sí -exclamó-. De la de la Madera, a la que escuché toda mi vida”. Y cuando le preguntaron por qué había caminado tanto, el muchacho contestó: “Porque cuando caminas lentamente, oyes mejor la voz de quien eres”.
El joven se llamaba Constantin Brancusi.
Había nacido el 19 de febrero de 1876 en la aldea de Hobita y a los siete años ya trabajaba como pastor, cuidando las ovejas de sus padres, al pie de los Cárpatos. Ellos eran analfabetos y tan pobres que no le habían podido pagar la escuela. Fue él solito quien aprendió a leer y escribir. A los nueve años, abandonó su casa y se fue a recorrer su país. Terminó en Bucarest, donde finalmente y mucho más tarde, estudió en la Universidad de las Artes de allí.
Su contacto con la Naturaleza lo había puesto en conexión directa con lo trascendente, ese misticismo y esa alma telúrica que llenarían su vida y cada una de sus obras.
“Cuando me fui de mi país, me llevé conmigo la esencia de la tierra rumana. Fue a ella a la que convertí en Arte”.
Con los años su nombre sería mencionado en toda Europa, inaugurando el Modernismo, renovando totalmente el estilo de la Escultura, con su síntesis, su abstracción, su pureza de líneas, su captación de la médula de las cosas, inspirándose en el arte primitivo y en el africano.
En París, trabajó con Rodin, fue amigo y fuente de inspiración para Modigliani, conoció a todos los artistas de su época: desde Picasso hasta Erik Satie, Marcel Duchamp, Apollinaire, Gertrude Stein y, más tarde, Cioran. Su gran amigo, a quien admiraba enormemente era “El Aduanero Rousseau”, a cuyo taller iba con frecuencia para mirarlo pintar. Su muerte fue un golpe tremendo para Brancusi.
Nunca dejó de ser el pastor de ovejas de los Cárpatos: con sus zuecos de madera, con su bonete y su camisola blanca, con su barba, recibía en su taller a las figuras más encumbradas del mundo.
La mujer tuvo un papel protagónico en su vida. Se dice que la mayoría de ellas fueron sus amantes: Margit Pogany, la escultora húngara transformada en la obra “Mademoiselle Pogany”. La irlandesa Eileen Lane, quien lo acompañaría en un viaje a Rumania; la Princesa Marie Bonaparte, representada en forma fálica; la Baronesa Renée-Irana Fachon, personificada en la famosa “Mujer durmiente”; hasta de Peggy Guggenheim se decía que había sido su amante.
“La columna sin fin” y la “Maiastra” (el pájaro encantado de las leyendas rumanas) simbolizaron su búsqueda espiritual, el vuelo, el movimiento hacia lo alto y lo sublime. Otras de sus famosas obras hablan del mismo móvil metafísico: “La mesa del silencio”, “La puerta del beso”, “La sabiduría”, “El espíritu de Buda”, “Pájaro en el espacio”, “El comienzo del mundo”, “Prometeo”.
Me tomé la libertad de traducir al castellano “Hacia la inmensidad del aire”, poema del propio Brancusi, sobre su famosa escultura del Pájaro llamado “Maiastra”: “Este es mi Pájaro. / Siendo niño, siempre soñaba con que quería volar entre / Los árboles, hacia el cielo. / Desde hace cuarenta y cinco años llevo nostalgia de ese sueño / Y sigo creando Pájaros Maestros. / Yo no deseo representar un pájaro, sino expresar el atributo en sí, / Su espíritu: el vuelo, el ímpetu… / Creo que no lo voy a lograr nunca. /
La divinidad está en todas partes / Y cuando te olvidas completamente de ti mismo, y / Cuando te sientes humilde, / Y cuando te prodigas, / La divinidad permanece en tu obra. Es algo mágico”.
Para este artista, siempre ligado a su tierra, a la Divinidad y a una sabiduría que abrevaba de sus raíces, la Belleza era “la equidad absoluta”, “la simpleza, la parte esencial de las cosas complicadas” y el Arte “el espejo en el cual uno ve lo que piensa”. Sus obras, según él, “había que mirarlas, hasta verlas”.
Cuando el escritor estadounidense William Carlos Williams lo visitó en su taller, escribió después: “Ese hombre de ya 70 años, vive solo en su taller, como siempre lo hizo, se volvió célebre por sus famosos ‘steacks’ que prepara solo en su horno, cuyo fuego atiza, al igual que un pastor en una de las colinas de su país natal. Un gran perro blanco, llamado Polaire, es su compañero inseparable, reforzando esa imagen que da a sus amigos de ser un pastor de ovejas con su cabellera tupida, de anchas espaldas y de una reserva y timidez totalmente naturales”.
Cuenta, asimismo, el gran crítico de arte rumano-francés Ionel Jianou, en su monografía sobre Brancusi (Ed. Arted, Paris, 1963) que, en esa época, el artista se pasaba días enteros en su taller, “acariciando sus mármoles, para volver su pulido totalmente perfecto”.
Recién en el año 1952 tomó la nacionalidad francesa. En su testamento, Brancusi legó su taller, con unas 100 esculturas, a su país de adopción, Francia, manifestando que deseaba que se reconstruyera en uno de sus grandes Museos. Lo cual se cumplió. Como muchos lo saben, cuando uno va al Centro Pompidou de París, a la izquierda de la entrada, hay un pabellón especial que se puede visitar y que es, precisamente, el taller de Brancusi, reconstituido tal cual era. Una verdadera maravilla.
De pastorcito de ovejas en un pueblo de la Oltenia rumana, llegó a ser sino el más importante, uno de los más grandes escultores del siglo XX. Era, además, fotógrafo y pintor.
Hoy, a 150 años de su nacimiento, sus obras se encuentras en los más grandes museos internacionales y su “Musa dormida” ( 1913) fue subastada en Christie’s de Nueva York por 52 millones de euros.
Inspirada en la simbiosis de Brancusi con su tierra natal, la eminente y multipremiada poeta rumana Ana Blandiana le dedicó “La sabiduría de la Tierra”, poema al que estoy tratando de traducir del rumano con estas palabras: “Es grande, difícil de mover y paciente / Si la golpeas, los dolores los siente, pero se calla, / Es grande, por eso puede quedarse inmóvil, / Puede hablar tan sólo una vez en un siglo. / Sabemos que existe, su cuerpo es grande, / Sabemos que nos apoyaría si nos equivocáramos, / Sabemos que no puede morir, que cerca de sus pechos / Podemos volver a ser niños. / Y cuando el aire entre nosotros se vuelva caliente y sedoso / Cuando nos asustemos unos de otros, del viento, / Sabemos que hablará la Sabiduría de la Tierra, / La Sabiduría de esta Tierra”.
Constantin Brancusi se fue al Espacio el 16 de marzo de 1957, en París. Recién ese día pudo volar de verdad, como sus pájaros y como lo había ansiado toda su vida.
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Alina Diaconú - Escritora argentina, nacida en Bucarest, Rumania. Autora de 23 libros editados en este país y otros, en el exterior.




















