Pueblos fantasmas: La Casualidad nació de un hallazgo y murió por decreto

A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, una comunidad en Salta levantó escuela, cine y sueños alrededor del azufre. De todo ello hoy sólo queda memoria y resistencia.

LOGÍSTICA. Un cable carril de 15 kilómetros unía la mina Julia (en la frontera con Chile) con la planta. Desde allí, el azufre seguía viaje rumbo a Salta. LOGÍSTICA. Un cable carril de 15 kilómetros unía la mina Julia (en la frontera con Chile) con la planta. Desde allí, el azufre seguía viaje rumbo a Salta.
Carlos Werner
Por Carlos Werner 18 Marzo 2026

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En La Casualidad, en invierno, los chicos hacían helado con nieve y leche condensada. Cuando el viento blanco cerraba los caminos y el tren no podía pasar, el mercado llegaba desde el cielo: aviones Hércules arrojaban víveres en paracaídas sobre la puna helada. Así se vivía en comunidad a más de 4.000 metros de altura, donde el aire quema los pulmones y la gente se aferraba a la vida con una épica silenciosa.

En el extremo occidental de Salta, donde los salares parecen mares detenidos y el Volcán Llullaillaco vigila con sus 6.773 metros sobre el nivel del mar, existió un pueblo que nació de un hallazgo fortuito y que murió por decreto. Se llamó La Casualidad, pero su nombre no fue metáfora, sino destino.

La historia, contada por Daniel Parcero, revisionista histórico, en el libro “Seccional La Casualidad de ATE Salta” indica que a fines de los años 30 del siglo pasado un grupo de buscavidas, perdidos en la puna y ya roto el sueño de oro que llevaban, encontró un hilo de agua junto a unas piedras amarillas. Era azufre, codiciado en aquel tiempo. Aquel descubrimiento inesperado, casi milagroso, dio nombre al emprendimiento que comenzaría a explotarlo: “La Casualidad”, en homenaje a ese golpe de suerte que brotó en medio de la nada.

INICIOS. En 1940 comenzó a funcionar el establecimiento azufrero. INICIOS. En 1940 comenzó a funcionar el establecimiento azufrero.

En 1940 comenzó a funcionar el establecimiento azufrero; el pueblo como tal -habitado por peones, ingenieros, expertos en minas, mujeres y niños- se consolidó en 1951. En 1947, un 50% de la empresa fue adquirida por la Dirección General de Fabricaciones Militares; y en 1952 el total del paquete accionario pasó a manos del Estado nacional, y la firma pasó a llamarse Establecimiento Azufrero Salta. Con los años, se levantó allí una ciudad en miniatura: escuela primaria y secundaria, cine, iglesia (dedicada a Nuestra Señora de Fátima), hotel, confitería, canchas de fútbol y de básquet, correo, luz, gas, agua corriente y teléfono. Lo del gas era casi un detalle, porque a los pobladores casi no les servía, debido a la falta de oxígeno del lugar. Entonces, había que echar mano a cocinas a leña y eléctricas.

Un cable carril de 15 kilómetros unía la mina Julia (en la frontera con Chile) con la planta. Desde allí, el azufre viajaba en camiones hasta la estación Caipé y luego por el ramal C-14 del Ferrocarril Belgrano (la misma del actual Tren a las Nubes) rumbo a Salta.

En su apogeo vivieron allí entre 3.000 y 4.000 personas. El tren llegaba dos veces por semana. “Llegué allá por 1967… era un yacimiento muy activo”, recordó en una entrevista Dino Vázquez, ex trabajador y último secretario general de ATE en la seccional local.

DESTINO. De la planta quedó solo un esqueleto de hierro retorcido. DESTINO. De la planta quedó solo un esqueleto de hierro retorcido.

Pero La Casualidad no era sólo industria: era infancia, era comunidad. Lo dijeron dos mujeres que vivieron allí, en entrevistas publicadas por Página/12. “La vida allí para mí fue maravillosa” dijo Nora Gallegos. “Mi niñez la viví de una manera muy hermosa… hacíamos helados de nieve con leche condensada” recordó Nancy Acebo.

En el cine, los habitantes del pueblo vieron películas como “El bueno, el malo y el feo” y “La Pantera Rosa”. Hasta allí llegaron los Titanes en el Ring. A más de 5.000 metros, Martín Karadagian y su troupe parecían querer desafiar la geografía.

Cuando la nieve aislaba el pueblo, el abastecimiento llegaba por aire. “Nos mandaban la mercadería tirándola en paracaídas desde los aviones Hércules”, contó Nancy. Y también estaban los silencios que dolían: “Recuerdo cuando sentía el sonar del silbato de la fábrica anunciando la muerte de alguno de los mineros… era todo incertidumbre hasta que no veíamos a nuestros padres regresar”.

La mina forjó organización y orgullo. “Nuestros padres se organizaban para todo… era una gran hermandad”, dijo Nancy. Pero también había explotación. “Se trabajaba muchas horas, pero no se cobraba extra… era como vivir en un cuartel”, denunció Vázquez.

Según Parcero, en 1952 comenzó la organización sindical de los trabajadores. Con la caída del gobierno de Juan Domingo Perón, en 1955, muchos de los obreros sindicalistas son perseguidos y despedidos. La mina siguió funcionando y cuando se recuperó la democracia, en 1973, vuelven a sindicalizarse los trabajadores. Pero el golpe de 1976 trajo persecución. “Nos dieron 48 horas para salir… un Unimog adelante y otro atrás vigilándonos como si fuéramos extremistas”, recordó Vázquez.

El cierre definitivo llegó el 21 de noviembre de 1979. Un decreto del ministro Alfredo Martínez de Hoz clausuró la planta en nombre de la “eficiencia económica”. Parcero lo describió sin rodeos: “A punta de ametralladora se notificaba a todos los habitantes que tenían que desalojar la mina; había que tomar el último tren porque no iba a llegar más”.

La Casualidad había sido declarada prescindible. El resultado fue un éxodo silencioso. Casas vacías, escuela desierta, capilla desnuda. La planta de producción quedó como un esqueleto de hierro retorcido frente a la inmensidad blanca del salar.

Hoy el viento recorre calles con edificios sin techo debido a los saqueos. Quedan restos del cable carril, una torre de acero en pie y un cementerio con más de 300 tumbas -casi 400 almas, dicen algunos- que atestiguan que allí hubo vida. “Yo perdí a mi madre allí, y ahí está enterrada”, dijo Nancy. Como mudo testigo de todo, un precioso ojo de agua dulce, a la izquierda saliendo de la capilla, “La Vega”. Rodeado de musgo, es una sorprendente postal para la zona donde todo es muy árido y agreste. Un oasis.

HOY. El viento recorre calles con edificios sin techo debido a saqueos. HOY. El viento recorre calles con edificios sin techo debido a saqueos.

Federico Dada, director del documental “El Silencio”, habló de un “manto de olvido” que cubrió la historia. “La Casualidad es una dura muestra de cómo se llevó a cabo el desguace de los sectores productivos”, afirmó. Filmó a más de 5.000 msnm para alumbrar esa memoria.

Pero la historia no terminó en 1979. Nora y Nancy integran el Centro de Azufreros y todavía sueñan con volver a establecerse. “No queremos minerales, queremos trabajar como guías de turismo, hacer un hostal y construir un monumento para nuestros adultos mayores”, dijo Nora. Nancy agregó: “Si no, un día no va a haber nada que diga que allí funcionó un pueblo donde vivió tanta gente”.

Cada noviembre regresan. A veces lo hacen en diciembre. Lo hacen por nostalgia, pero también para distintas acciones cargadas de emotividad, como esparcir cenizas de alguien que haya vivido en el pueblo y pidió volver de alguna manera a él.

La Casualidad nació de un hallazgo fortuito, creció con el esfuerzo de miles y murió por una decisión política. Pero en la puna nada desaparece del todo. El azufre aún tiñe de amarillo las laderas; el Llullaillaco sigue recortando el cielo; y el viento, que parece vacío, murmura nombres.

Quizá la verdadera casualidad no fue encontrar azufre, sino haber construido comunidad en el desierto. Hoy, cuando el silencio cubre las ruinas y el paso del tiempo horada los vestigios de lo que fue un pueblo, queda una pregunta suspendida en el aire puro de la altura: ¿qué hacemos con lo que dejamos escapar?

Tal vez la respuesta esté en esos chicos que, con nieve y leche condensada, inventaban helado en medio del frío. En las risas y lágrimas del cine. En el trajín de hombres y mujeres en medio de una naturaleza hostil. En esa capacidad de crear vida donde parece no haber nada. Allí, en esa obstinación, late todavía La Casualidad.

Un volver que no pudo ser: experiencias piloto que no prosperaron

“A tres décadas de haber sido paralizado, el complejo azufrero de Mina La Casualidad, ubicado al oeste del territorio salteño, volverá a producir azufre”, se anunció oficialmente en 2008. Pero nada sucedió. Se dijo que las operaciones se iban a reactivar porque un grupo chileno asociado con una firma del paraje El Arenal estaban trabajando con experiencias piloto. Pero la idea no prosperó. A cambio, con el paso de los años, se mantienen firme las visitas de antiguos empleados. En diciembre de 2025, quienes están agrupados en el Centro de Azufreros Unidos hicieron la travesía número 25, apoyados por la Secretaría de Minería de Salta y una empresa de ómnibus de larga distancia.

Desarrollo industrial: el azufre, insumo estratégico

El azufre es un insumo estratégico para el desarrollo industrial. En ese contexto, yacimientos como La Casualidad eran considerados clave. El mineral se utiliza, principalmente, para producción de ácido sulfúrico, elemento que se usa para fabricar fertilizantes, explosivos, detergentes y numerosos productos químicos. También se emplea en procesos de refinación y en tratamiento de minerales, en la fabricación de pólvora y de explosivos con fines militares, en la industria del caucho para vulcanización, y en la agricultura, como fungicida y como componente de fertilizantes.

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