Messi, entre la ovación y la nostalgia: ¿una despedida anticipada?
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Lionel Messi lideró la goleada 5-0 de Argentina ante Zambia en La Bombonera durante un amistoso premundialista, marcado por una atmósfera de posible despedida del capitán.
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El capitán anotó un gol y asistió en un partido que funcionó como exhibición. El público brindó una ovación histórica, valorando cada gesto ante la inminente cercanía del retiro.
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El encuentro simboliza el inicio del cierre de un ciclo histórico. La nostalgia colectiva sugiere que el Mundial será la última gran cita de Messi con la camiseta albiceleste.
EL APORTE DE SIEMPRE. Lionel Messi mostró un buen nivel en La Bombonera; marcó un gol y asistió a Julián Álvarez. Sigue siendo la carta del triunfo de Argentina.
Las despedidas nunca son repentinas. El tiempo avanza y, aunque resulte incómodo aceptarlo, todo tiene un final. No siempre anunciado, pero sí insinuado en señales pequeñas: en una mirada que se sostiene un segundo más, en un gesto distinto, en algo que ya no es igual. Se camuflan. Están ahí, pero no todos las ven. Las agujas del reloj (crueles, pero justas) avanzan para todos. Sin excepción. Y Lionel Messi, por más que en Argentina se lo eleve a otra dimensión, tampoco queda al margen. Todavía tiene destellos de su mejor versión, pero ya no es el mismo. Y cada minuto que pasa empieza a sentirse distinto. Ayer, en la goleada 5-0 frente a Zambia, esa sensación estuvo en el aire: como si cada aparición del “10” cargara con algo más que fútbol. Como si, sin decirlo, todos empezaran a intuir lo mismo: el adiós está a la vuelta de la esquina.
¿Será esta una de las últimas veces? ¿Quedará algo más después del Mundial? Las preguntas aparecen solas, como si nadie quisiera hacerlas en voz alta. Tal vez tenga que ver con su historia en la Selección: primero las derrotas, las lágrimas, las dudas; después, la consagración que lo puso en otro lugar. Por eso hoy cada minuto se vive distinto. Se aplaude más. Se mira más. Se guarda. Porque ya no se trata solo de verlo jugar, sino de entender que, tarde o temprano, va a terminar. Y los argentinos, para su mala suerte, empezaron a valorarlo mucho más tarde de lo que debía hacerse. Se empezó a hacerlo cuando las gambetas no sobraban y la velocidad había disminuido bastante.
No es imaginación. La Bombonera y el público de la Selección solo querían una cosa: celebrar un gol. Porque, si bien era una despedida antes del viaje, el “10” tiene un significado distinto para los hinchas. Se colgaron banderas, se lo ovacionó durante la presentación del equipo y se festejó cada una de sus acciones. La reacción más clara llegó a los 2 minutos: tiró un caño que no terminó en ninguna jugada de peligro, pero la gente decidió aplaudirlo igual. Como si cada gesto tuviera un valor diferente.
Una exhibición
El partido, en sí, poco importaba. No era una medida real ni un duelo para sacar conclusiones. Funcionaba más como una exhibición antes de la gran cita. Pero incluso en ese contexto, había algo más en juego. Se lo notaba activo, participativo, con esa intención de dejar una marca. Como si también entendiera el momento.
Y lo logró. Apareció en el momento justo, definió y convirtió de cara al arco que da hacia la “12”. Abrió los brazos y se entregó al festejo, como tantas otras veces. Pero no fue un gol más. No se gritó igual. Hubo algo distinto en la reacción, una mezcla de alegría y necesidad. Como si todos quisieran quedarse un segundo más en esa imagen.
Festejo especial
Y entonces, por un instante, todo pareció detenerse. El gol, los brazos abiertos, el grito que bajó de las tribunas como una necesidad más que como un festejo. No importaba el rival ni el contexto. Importaba él. El tanto fue tan celebrado que el grito se sintió diferente si se compara con los tantos de Julián Álvarez, Nicolás Otamendi, el gol en contra de Dominic Chanda o el de Valentín Barco. Ninguno se compara con ese tanto.
Porque en noches como esta ya no se trata solo de ganar, ni de jugar bien, ni siquiera de sumar otra alegría. Se trata de estar. De mirar. De guardar. De entender que cada gesto puede ser uno menos y de que el final, aunque duela, está tocando la puerta de su carrera.
Las despedidas, al final, no avisan. Se sienten. Y en La Bombonera, entre aplausos, canciones y esa necesidad casi desesperada de verlo una vez más, quedó claro que algo está cambiando. Que el tiempo avanza. Y que, aunque nadie quiera decirlo, el adiós al “10” ya empezó.




















