Artemis II: la igualdad empieza cuando deja de haber una primera mujer

El viaje de Christina Koch marca un avance histórico, pero también deja al descubierto una desigualdad persistente: si todavía hay “primeras mujeres”, es porque el acceso al poder sigue siendo excepcional y no la norma.

Artemis II: la igualdad empieza cuando deja de haber una primera mujer
Ale Casas Cau
Por Ale Casas Cau 02 Abril 2026

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Hoy, Christina Koch forma parte de la misión Artemis II. Su nombre quedará en la historia como el de la primera mujer asignada a un viaje alrededor de la Luna. La noticia circuló como lo hacen estos hitos: con admiración, con orgullo, con esa sensación de estar presenciando algo importante.

Y lo es.

Pero hay algo en esa frase -“la primera mujer en…”- que ya no se deja celebrar sin incomodidad.

Porque cada vez que aparece, también deja en evidencia todo lo que no pasó antes.

Durante décadas, el espacio fue territorio exclusivamente masculino. Lo mismo ocurrió con la política, la ciencia, el deporte, la justicia, los directorios de empresas. La lista es larga. Tan larga que todavía hoy seguimos necesitando marcar excepciones como si fueran conquistas recientes, incluso en ámbitos donde las mujeres hace tiempo demostraron que pueden estar, liderar y decidir.

Entonces la pregunta no es si hay que celebrar. Claro que sí. El problema es otro: ¿qué tiene que pasar para que deje de ser una excepción?

La etiqueta de “primera mujer” funciona como un aplauso y como una señal de alerta al mismo tiempo. Celebra un logro individual, pero revela una falla estructural. Si hay una primera, es porque durante mucho tiempo no hubo ninguna.

Y eso no siempre se explica por falta de talento.

Existe una idea persistente -y cómoda- de que las desigualdades se corrigen solas con el paso del tiempo. Que es cuestión de paciencia, de mérito, de que “ya va a llegar”. Pero la realidad muestra otra cosa: los espacios de poder no se abren de manera espontánea. Se reproducen.

Muchas decisiones no se toman en ámbitos formales, sino en redes de confianza, en vínculos que se construyen por afinidad. Y durante mucho tiempo esas redes fueron, y en muchos casos siguen siendo, mayoritariamente masculinas. No por conspiración, sino por inercia.

A eso se suma un modelo de liderazgo que todavía responde a un molde bastante definido. A las mujeres se les sigue pidiendo una especie de equilibrio imposible: firmeza sin incomodar, autoridad sin parecer excesivas, visibilidad sin resultar “demasiado”. Una ecuación que desgasta y que, muchas veces, termina dejando afuera a quienes no encajan en ese estándar.

También están los tiempos. Las carreras profesionales siguen pensadas bajo una lógica de disponibilidad constante, que no siempre dialoga con la distribución real de los cuidados. Y aunque ese punto empieza a discutirse más, todavía pesa.

Por eso, cuando aparece una “primera mujer”, lo que vemos no es solo una historia de éxito. Vemos, en negativo, todo un sistema que todavía necesita excepciones para cambiar.

¿Entonces hay que dejar de decirlo?

No necesariamente.

Nombrar a la primera mujer tiene un valor simbólico fuerte. Hace visible lo que durante mucho tiempo fue invisible. Funciona como referencia, como posibilidad, como puerta entreabierta para otras. Hay niñas que van a saber que ese lugar existe porque alguien lo ocupó por primera vez.

Pero el riesgo es quedarnos ahí.

Convertir cada “primera” en una celebración aislada puede ser una forma elegante de no discutir lo demás. De no preguntarnos por qué esas presencias siguen siendo excepcionales y no parte de una estadística esperable.

El desafío, tal vez, no sea dejar de celebrarlas, sino cambiar la pregunta.

No solo quién fue la primera, sino por qué tardamos tanto. Y, sobre todo, cuándo vamos a dejar de necesitarlas. Porque el verdadero indicador de cambio no será la próxima “primera mujer en…”. Será el día en que esa frase deje de ser necesaria. 

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