"Alfombritas" de iglesia y soldados en los atrios: así era la Semana Santa en el Tucumán del pasado
A la luz del presente signado por la hiperconectividad y por el vértigo, los tiempos de la colonia y del siglo XIX nos revelan aspectos poco conocidos de la vida social de nuestros antepasados. La epidemia de la soledad.
INTROSPECCIÓN. Un hombre reza frente a la imagen de Cristo crucificado en la iglesia Catedral de Tucumán. ARCHIVO
Existen fechas que indefectiblemente nos remiten a nuestros pasados personales. En esta categoría, la Semana Santa es ineludible. Más allá de la connotación que cada uno le pueda dar a esta festividad religiosa, lo que parece inevitable es el sincretismo que nos lleva a vivir el presente atravesado por los recuerdos de las Pascuas de nuestras infancias y juventudes. Lo mismo suele ocurrir con el Carnaval y con la Navidad. Tal vez porque se trata de hechos que, más allá de las creencias y del intenso o del nulo fervor religioso -que es algo personalísimo-, siempre estuvieron atados a promesas: la del huevo de chocolate, en este punto del calendario; la de los regalos, en Nochebuena, y la del desenfreno y la diversión, en carnaval. También, a los encuentros con los seres queridos y a las celebraciones colectivas. En el mundo de los adultos, en el que suele haber muy pocos espacios para la magia y para la ilusión, esas memorias pueden funcionar como un bálsamo -siempre fugaz, claro- para rescatarnos en los momentos límite.
Las radios que inundaban las horas con música clásica, la imposibilidad de ver en televisión otros contenidos que no fueran “Marcelino, pan y vino”, “Ben Hur” o “Los 10 mandamientos”, entre otras películas que remiten a los tiempos bíblicos; los bares y los restaurantes cerrados en Viernes Santo; el silencio en las calles, y las multitudinarias procesiones que interrumpían el tránsito en la ciudad -para alegría de los creyentes y muda indignación del resto- son postales que hoy parecen antiquísimas. Pero que en realidad remiten a tiempos relativamente cercanos. Por ejemplo, los que marcaron las infancias de los que crecimos en las décadas del 70 y del 80. Pero esas costumbres se quedan cortas en cuanto a rigidez y a formalismo a medida que nos remontamos más atrás en el tiempo. Así, advertimos que en el Tucumán del pasado, la Semana Santa tenía muy poco que ver con la actual. Al menos en lo que corresponde a las costumbres.
Hay un artículo interesantísimo que la historiadora Elena Perilli de Colombres Garmendia publicó el año pasado en LA GACETA. Allí cuenta que “la vida cotidiana de la ciudad colonial estaba impregnada de religiosidad. Todas las actividades, en especial la de las mujeres, estaban marcadas por la asistencia a actos religiosos. No había ajuar femenino que no incluyera ‘alfombritas de iglesia’ (ya que no había bancos ni reclinatorios) y trajes de misa. Las señoras acudían a los templos no solo para oír misa los domingos y feriados sino todos los días a distintos oficios, novenas, salves, rosarios, vía sacra, funerales, cofradías etc. El traje con que se asistía se le llamaba “vestido de iglesia;” era negro con una manta de merino del mismo color. Las mujeres del pueblo también poseían uno, pero de cualquier género siempre y cuando sea oscuro”. En el libro “La ciudad arribeña”, publicado en 1920, el historiador Julio P. Ávila comparte detalles similares, pero referidos a la festividad de Corpus Christi en los tiempos de la independencia.
En aquel entonces, cuenta Perilli, estas festividades operaban como la expresión de la relación entre la élite y la religiosidad. Representaban el poder individual y familiar “ya que participaban activamente los miembros de las familias principales destacadas por la ornamentación de sus casas, por el lugar que ocupaban en los actos y su nivel de protagonismo en ellos. Las fiestas eran la expresión de una sociedad jerarquizada y las celebraciones piadosas en la ciudad eran el ámbito más apropiado para expresar la religiosidad y devoción que se erigían en un modelo de comportamiento para los demás”.
Existe un acta de una sesión del Cabildo de 1722, que fue rescatada por Carlos Páez de la Torre (h) y que refuerza los conceptos de Perilli: el 26 de marzo de aquel año se ordenó que cada vecino feudatario sacara la imagen de un ángel en procesión el Viernes Santo y que quien no lo hiciera recibiría una multa “de 4 pesos”; lo recaudado, según el acta, iba a ser invertido en “la obra de la acequia”.
Entre tiros y alzamientos
Ya en el siglo XIX, las guerras signaron casi todos los aspectos de la vida social. Inclusive, el religioso. Sin embargo, la rigidez de las costumbres logró imponerse, en algunos casos, a las balas y a diferencias políticas irreconciliables. El 7 de abril de 1840, la Sala de Representantes de Tucumán se pronunció contra Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones internacionales. Aquella resolución se precipitó con la llegada del general Gregorio Aráoz de La Madrid. Lo había enviado el mismísimo Rosas para recoger las armas prestadas a la provincia; pero sorpresivamente cambió de bando y fue nombrado jefe militar del alzamiento. De inmediato, los pronunciados -a quienes impulsaba el doctor Marco Avellaneda- enviaron comunicaciones a los gobiernos de la región. El 13 de abril se inició la Semana Santa, con el Domingo de Ramos y la alentadora noticia de que Salta se adhería al pronunciamiento. El Viernes Santo, Jujuy hizo lo mismo, y en los primeros días de mayo se sumarían La Rioja y Catamarca. De este modo se dieron las bases para que, el 24 de agosto, las provincias rebeldes firmasen el pacto de la Liga del Norte contra Rosas. Esta coalición cayó un año después, con las derrotas de Famaillá y de Rodeo del Medio. Avellaneda fue degollado en Metán el 3 de octubre de 1841 y otro de sus líderes, Juan Lavalle, fue asesinado a tiros pocos días después en Jujuy.
PROCESIÓN. Niños y adultos tucumanos participan de un via crucis en Tucumán. ARCHIVO
La distensión de algunas rígidas costumbres comenzó mucho antes de lo que tal vez imaginamos. En el libro “Del tiempo viejo”, Luis F. Araoz recuerda la Semana Santa de 1872. Luego de varios años de ausencia (estudiaba en Concepción del Uruguay), lo sorprendió el hecho de que los billares permanecían abiertos y repletos de clientes en pleno triduo pascual. Algo que durante su infancia hubiese sido impensado, aclara el autor. De todos modos, cuenta que las procesiones seguían siendo multitudinarias y que, durante toda la semana, los atrios de las iglesias eran custodiados por batallones armados de la Guardia Nacional cuya función era controlar que nadie circulase a caballo o en algún vehículo frente al templo. Eso sí: Aráoz destaca que, a pesar del relajamiento de algunas costumbres, en Tucumán la Semana Santa se vivía con más fervor y respeto que en el Buenos Aires de aquellos tiempos.
Lo que ocurrió en el siglo XX es conocido: Via Crucis y celebraciones masivas, como la de los Pasos del Señor, que aún convoca a miles de fieles en Barrio Norte. Silencio, recogimiento y muchos gestos más que hoy parecen pintados sobre un papel ocre. La secularidad ha ido ganando cada vez más espacio en la sociedad. Y a medida que la población de Tucumán se multiplica, las expresiones públicas de fervor religioso se han vuelto cada vez más chicas. Por un lado, eso es bueno: habla de la pluralidad y la tolerancia, porque la manifestación de la fe ya no depende de una imposición social. Pero por el otro, es una lástima que testimonios populares tan arraigados en la tucumanidad se vayan diluyendo.
Unos minutos de silencio
Ahora bien: ya en el presente y más allá del detalle costumbrista o religioso, la Semana Santa puede operar como una oportunidad en estos tiempos en los que la tecnología, la inteligencia artificial, el vértigo de la vida cotidiana y el bombardeo de estímulos constantes nos mantienen atribulados. Hace unos días, el sacerdote Luis Zazano, con gran presencia en las redes sociales, planteó la necesidad de la introspección como un modo de mirar hacia adentro de nosotros mismos y bajarnos momentáneamente del ruido del mundo. También dijo que estos días pueden servir para regalarnos algunos minutos de silencio, pero silencio de verdad: dejar el celular y las redes por un rato, quedarnos solos y reflexionar, algo a lo que quizás nos hemos desacostumbrado. Todo lo anterior debería conducirnos a un tema central que hoy adquiere una relevancia dramática: la soledad. Convivimos con una epidemia de suicidios, especialmente de adolescentes. Se trata de chicos y chicas que se sienten solos. A pesar de las redes sociales, a pesar de la hiperconectividad, a pesar de que quizás tienen familia y amigos… Porque la soledad no es estar físicamente lejos de otro ser humano. Estar solo puede ser convivir con una adicción; que todos quieran hablar con uno, pero que nadie escuche lo que tenés para decir; ser víctima de algún tipo de acoso; la ausencia de padres que se pasan el día trabajando porque no llegan a fin de mes; la comparación permanente con los otros; la dictadura del like; la incapacidad de quedarnos un rato sin el estímulo de la pantalla; la adicción a la dopamina que generan en nuestro cerebro los algoritmos y un largo etcétera.
La oportunidad que nos presenta esta Semana Santa -y a la que nos referimos más arriba- es la de ponerle un freno a la locura cotidiana. Y aprovecharla para pensar cómo ayudamos a nuestros hijos a construir sus futuros recuerdos felices, esos que los van a salvar cuando se enfrenten al desasosiego de la vida adulta.





















