Muchas veces la coyuntura abruma, pero como el tema volverá, apelaciones mediante, conviene recordar que algunos jueces suspendieron la aplicación de partes de la nueva ley laboral. Tal vez sea precaución, tal vez una concepción errada de qué significa cuidar al trabajador.
Porque la decisión podría reflejar el equívoco de considerar a la industria manufacturera la cumbre del desarrollo económico, cuando tal posición no existe. En la evolución humana se pasó del agro a la manufactura, dentro de ésta de la artesanía a la industrialización y eso fue progreso en muchos sentidos. Pero la historia continuó. Muchos adelantos industriales se volcaron al agro, como las cosechadoras; no fue un simple dejar atrás. Y el crecimiento económico también repercutió en los servicios. Si se pudiera resumir una secuencia, primero comercio, fruto de la mayor abundancia; después, ocio, que puede pagarse cuando se supera la subsistencia. Entretenimiento, gastronomía o turismo existieron siempre, pero su desarrollo, penetración y consolidación van de la mano del PIB per cápita. En paralelo se movieron las finanzas, con la ampliación del crédito y la sofisticación de alternativas para el ahorro. También las especializaciones y asesorías gerenciales y finalmente, por ahora, lo vinculado a pensar y aprovechar la informática.
Pero nada de lo anterior es lineal. Más bien, es como una randa creciendo en varias dimensiones. Mírese el agro. Según los cultivos, la tierra puede ser medida y seleccionada mediante imágenes satelitales, enriquecida con productos naturales y de laboratorio, manejada con técnicas no agresivas al ambiente, sembrada con maquinaria que realiza las aplicaciones de manera computarizada con semillas mejoradas mediante ingeniería genética, regada con precisión de goteo controlado electrónicamente, trabajada y cosechada con maquinaria casi automática guiada por geolocalización, vigilada mediante drones, administrada por gerentes posgraduados, inserta en el comercio y las finanzas internacionales con firmas cotizantes en bolsa. No en todas las explotaciones, pero sí cada vez más.
Todo esto implica enormes cambios en las condiciones para las interacciones laborales. Vaya un ejemplo exagerado, pero no tanto. Hace 60 años el primer filtro para un empleo era el aspecto. Pelo corto, afeitado, sin tatuajes, preferentemente saco y corbata: señales de disposición al orden. Para muchos trabajos de la época, en un mundo relativamente estable y rutinario, la disciplina era lo importante. Hoy, interesa que el aspirante genere dinero, y por la modernización aceleradamente pierden peso el aspecto e incluso la presencia física. Si alguien quiere trabajar desde su casa o desde Bali es lo mismo mientras maneje ciencia de datos o al menos sepa preguntar a la IA.
Eso se refleja en la composición sectorial del PIB. Según datos recogidos y trabajados por investigadores de Fundar, en Argentina “servicios” rondaba en 2023 el 63 por ciento del PIB. En 1975 era 54,3, en 1950 el 44,1. ¿Desindustrialización? No. Es la historia del mundo, aunque Argentina no esté en los primeros puestos. La proporción de servicios sobre el PIB en Reino Unido, Estados Unidos y Francia ronda el 80 por ciento, pero Alemania, Australia, Italia y Uruguay no están tan adelante, con proporciones entre 70 y 72 por ciento.
No muy lejos pero, ¿con qué servicios? La distinción estándar agrupa “comercio, hotelería y restaurantes”, “transporte y comunicaciones”, y “otros servicios”. Los dos primeros conjuntos son típicamente de mano de obra no calificada mientras en “otros” están las personas de alto nivel de capital humano. En Reino Unido, EEUU y Francia ese “otros” varía entre 55 y 57 por ciento del PIB, en Alemania, Australia, Italia y Uruguay entre 47 y 50. Argentina, 36 por ciento.
De la mano de lo anterior resulta interesante fijarse en otra clasificación, que permite resaltar los bienes y servicios intensivos en investigación y desarrollo (I+D). Algunas posiciones cambian pero no la mediocridad argentina. En Irlanda representan un 36 por ciento del PIB, en Corea del Sur el 31 y Singapur 29; en China y Japón rondan el 22 por ciento; UE, Ocde y EEUU alrededor de 20; Argentina 12 (aunque mezclada con Brasil y Australia).
Pero si se discute una ley de empleo, ¿qué significa para la mano de obra? En Argentina “servicios” emplea un 72 por ciento de los trabajadores. Como su aporte al PIB es 63, es mano de obra intensivo comparado con “bienes” pero de empleo poco calificado. El atraso también surge de considerar los bienes y servicios intensivos en I+D: en Alemania, Singapur y Japón explican un 20 por ciento del empleo, en Francia y EEUU rondan el 14 por ciento, Argentina 8,5 por ciento. Aquí “bienes” luce más productivo que “servicios” (28 por ciento de trabajadores generan 37 por ciento del PIB, donde industria tiene 12 por ciento del empleo y 19 del producto pero construcción 8,24 y 4,44), pero es con baja I+D y muchos trabajadores poco calificados. Los números cambiarían si Argentina creciera, pero hay dos restricciones: el desarrollo requiere invertir más en capital humano y la mano de obra calificada no funciona con reglas de hace 60 años.
La ley laboral anterior respondía a una economía atrasada que conviene abandonar, y si ocurre la realidad será de servicios e I+D. La meneada progresividad de los derechos laborales como argumento para judicializar la ley en verdad es conservadurismo. Una cosa es quitar derechos dado un contexto y otra es atender los derechos en una nueva realidad. Porque la vieja ley era un privilegio para quienes ya tenían trabajo al perjudicar a quienes no: una carga para las empresas con empleados que se podía esquivar dejando de contratar. Así, el desempleado nunca trabajaría en blanco.
Una ley moderna para una economía atrasada tampoco cuadra, pero la reciente no es una ley futurista, sólo se acerca al mundo dinámico. Además, para que sea aprovechable se necesitan menores impuestos, estabilidad de precios y seguridad jurídica. Y a la larga, una mejor educación. Como mínimo, jóvenes que sepan castellano y tengan entrenamiento en matemáticas, porque pensar es el mayor activo.






















