Entre las fallas de Adorni y el fallo sobre YPF
El “caso Adorni” expone las contradicciones entre la prédica anti-casta y las actitudes que resaltan la distancia con el ciudadano común. En paralelo, el fallo sobre YPF es un hito judicial que potencia las perspectivas de un porvenir auspicioso. Entre ese horizonte energético prometedor y un presente económico complejo, la Argentina vuelve a debatirse entre sus limitaciones y sus oportunidades.
“Rescatando al soldado Adorni” podría haberse llamado la saga en torno a la misión destinada a contener la onda expansiva del escándalo. La instrucción fue clara: los ministros debían traer con vida, a la política, al jefe desaparecido en acción. Se multiplicaron las selfies, los tuits y otras muestras de solidaridad de los funcionarios con el compañero caído en desgracia.
Rodeado de apoyo aliado, Manuel Adorni sintió que estaba listo para enfrentar su primera conferencia de prensa después del estallido del affaire aéreo-inmobiliario. Cuando el jefe de Gabinete eludió una pregunta diciendo que la cuestión sería informada ante la justicia y no ante la requisitoria periodística, despertó una solidaridad gremial: todos los cronistas preguntaron sobre el mismo tema. “No sos juez, sos apenas un periodista”, fue la desafortunada frase de Adorni ante una de las preguntas.
Los nervios y la indignación pueden haberle jugado una mala pasada. Es humanamente comprensible. Políticamente, un grave error. La frase en tono desafiante se combinó con la patinada en la entrevista en que se refirió a su “deslome” en Nueva York, transformándose instantáneamente en meme.
“¿Qué importancia tiene una inconsistencia en una declaración jurada comparada con los miles de millones desviados de la obra pública en la era K? Y un vuelo privado es incomparable con la causa vialidad, que equivale a robarse la flota entera de Aerolíneas”, me dijo un libertario entusiasta. ¿Cuán incomprensible –insistió- resulta un vuelo privado para quien tiene que poner la cara por un discurso frontal que hace casi imposible un viaje familiar, en una línea comercial, sin recibir insultos? Son interrogantes que chocan contra la maleable susceptibilidad de las audiencias ante actos de corrupción, eventuales desprolijidades o contradicciones que se atenúan o potencian según los contextos económicos, la antipatía que pueden generar ciertas personalidades, la complejidad de los casos y el impacto de ciertas imágenes: Skanska representa diez veces lo que contenían los bolsos de López pero lo que queda en la memoria es la imagen del ex funcionario encomendándoselos a una monja. La desazón oficialista tiene razones que la volatilidad de la opinión pública desconoce.
¿Sabe usted con quién está hablando?
Las frases descalibradas, las vidriosas operaciones inmobiliarias y las travesías aeronáuticas del jefe de Gabinete desentonaron con el contrato electoral mileísta que prometía la eliminación de los privilegios de la “casta”. El incidente Adorni, sobre todo, tocó la fibra sensible de un arraigado espíritu igualitarista que reacciona efusivamente ante cualquier intento de imposición de una jerarquía. El politólogo Guillermo O’Donnell solía decir que a la arrogante pregunta extendida en Latinoamérica “¿Sabe usted con quién está hablando?” los argentinos respondían “¡Y a mí qué carajo me importa!”
Varios estrategas políticos cuestionaron el abrazo –físico y simbólico- de Milei a quien debería funcionar como fusible y no como ancla. Sandra Pettovello, destacaron, se desprendió del jefe de Gabinete de su ministerio apenas supo que era uno de los funcionarios que había tomado los controvertidos créditos hipotecarios del Banco Nación. Otros plantean que Adorni, en lugar de hundir a su jefe, se llevó la marca de la atención pública mientras se revelaban los intercambios telefónicos de Mauricio Novelli, esa “versión cripto” de Leonardo Fariña, con quien comparte su recordada afición por los gastos suntuarios. En la microfísica política, el descenso de un electrón puede preservar la estabilidad del átomo.
De yacimientos y vaciamientos
En medio de la tormenta llegó desde Nueva York un “notición” que, junto con la sanción de la reforma laboral, es lo más relevante de lo que va del año. El Presidente decidió anunciarlo por cadena nacional escoltado por su jefe de Gabinete. El discurso presidencial incurrió en reduccionismos, evitables agravios personales y conceptos riesgosos –“la expropiación es un robo”- para un proceso judicial que puede terminar en la Corte Suprema norteamericana. Lo más relevante es que la sentencia de la Corte de Apelaciones de Nueva York levantó de la cabeza del Estado argentino una espada de Damocles de U$D 18.000 millones. Es, sin dudas, un fallo histórico, porque es un hito y también una construcción a lo largo del tiempo. Es el resultado de una consistente y coherente argumentación jurídica: una política de estado que atravesó cuatro gestiones en las que sobresalen aportes como el del ex procurador del Tesoro Bernardo Saravia Frías y, en el tramo final, la sintonía clave del gobierno mileísta con el trumpismo-.
Me tocó estar en España el día que se anunció la expropiación de YPF. “Expolio” titulaban los diarios locales. Pude ver, en más de un bar de tapas, carteles que decían “Argentinos no son bienvenidos”. Ciertamente la decisión del gobierno kirchnerista, aunque se apoyó en los insistentes incumplimientos de Repsol, generó una aguda perturbación del clima de negocios en nuestro país, deteriorando nuestra ya subterránea reputación a nivel internacional. Más allá de esos perjuicios, ahora se reabre la discusión sobre la relevancia estratégica de haber tenido –y seguir teniendo- en manos estatales la principal empresa hidrocarburífera de la Argentina, motor del desarrollo de Vaca Muerta y hoy articuladora, entre otras cosas, de una política de techo de precios en el combustible para reforzar la contención inflacionaria. Una herejía para el ideario libertario, hoy más inclinado al pragmatismo por la fuerza de las circunstancias.
Crecimiento sin dinero
La estatización de 2012 fue antecedida por una opaca “argentinización” con el ingreso a YPF -impulsado por Néstor Kirchner- del grupo Eskenazi, propietario del banco santacruceño en el que habían trabajado Lázaro Báez - pasando de cajero a subgerente- y Carlos Zanini, quien terminaría siendo el procurador a cargo de la estrategia legal del Estado en el caso de la petrolera. El ingreso de los Eskenazi a la compañía merecería un lugar destacado en los manuales de “crecimiento sin dinero propio”. Adquirieron un 14,9% del paquete accionario, con opción de sumar un 10% adicional, con una red de préstamos y un acuerdo que posibilitaba el pago con los dividendos de la compañía. Después de la expropiación, los Eskenazi vendieron por 17 millones de dólares el 70% de sus derechos a reclamar una compensación a los fondos Burford y Eton Park, los cuales lograron un fallo en primera instancia –ahora revertido- que multiplicó por mil lo que habían invertido al pagar por la opción del litigio. Con el 30% restante, los Eskenazi estuvieron cerca de quedarse con 5.000 millones adicionales.
YPF es un espejo ambiguo para los argentinos. Refleja simultáneamente nuestros mayores defectos y virtudes. Funcionó como significante de nuestra histórica contradicción entre la riqueza de nuestros recursos y la incapacidad colectiva para aprovecharlos. En su historia conviven el desperdicio de grandes oportunidades con esa usina extraordinaria, con profesionales de excelencia, que hoy dibuja un camino prometedor. La compañía duplicó su producción en los últimos dos años. Se encamina a los 250.000 barriles diarios, que representan más de la cuarta parte de toda la producción nacional. Nuestras exportaciones de energía podrían generar U$S 17.000 millones en 2026 –casi lo que acaba de ahorrarse el país con el fallo- y llegar a 48.000 en cinco años. En estos últimos números, que equivalen a una gran cosecha sin los imponderables climáticos, se cifra un futuro venturoso para la Argentina, impulsado adicionalmente por las turbinas de la minería y la tecnología. Se produciría -si se recorre el sendero de inversión adecuado- una transformación radical de nuestra matriz energética, de la balanza comercial, del nivel de reservas y del resto de los indicadores macroeconómicos, exorcizando los fantasmas de las crisis que nos acosan cíclicamente.
Mientras tanto, el presente
La política gubernamental que apunta a contener la inflación y mantener el superávit fiscal impacta inevitablemente sobre una actividad que se retrae y en las perspectivas de los sectores intensivos en mano de obra. El aumento del precio del petróleo potencia las perspectivas argentinas pero genera presión sobre el precio de la nafta, afectando el índice inflacionario y el clima social (el rechazo al flamante presidente chileno José Antonio Kast pasó, en solo dos semanas, de 36 a 49% por haber dejado que el combustible suba en un tercio su precio). La crisis de Medio Oriente repercute en la inflación global y en una eventual suba de tasas en Estados Unidos que perjudicaría a los mercados emergentes y al esfuerzo argentino por recuperar acceso al crédito.
Vivimos, así, una paradójica tensión entre un porvenir que se ensancha y un presente que se estrecha.























