Ecos del temporal en Tucumán: numerosa y sentida despedida para Mariano y Solana

  • Familiares y amigos despidieron en Tucumán a Mariano Robles y Solana Albornoz, la pareja que falleció el sábado tras ser arrastrada por el agua durante un fuerte temporal.
  • El vehículo fue hallado a 400 metros de la ruta 9. La justicia investiga el trayecto desde un salón de fiestas hasta el canal, en medio de inundaciones que azotan a la región.
  • La tragedia conmociona a la sociedad tucumana y pone el foco en la seguridad vial ante climas extremos. Se espera que el caso impulse mejoras en la infraestructura hídrica local.

LA TRAGEDIA. El auto en el que se trasladaban Mariano y Solana fue hallado a unos 400 metros de la ruta 9. LA TRAGEDIA. El auto en el que se trasladaban Mariano y Solana fue hallado a unos 400 metros de la ruta 9.
Santiago Pérez Cerimele
Por Santiago Pérez Cerimele 08 Abril 2026

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El velorio conjunto de Mariano Robles (28 años) y de Solana Albornoz (32) reunía requisitos para que fuese muy concurrido: una pareja joven, una muerte absurda y dos niños pequeños (de 5 años y de nueve meses) que se quedan sin su mamá y sin su papá. Y efectivamente, tanto el primer piso de la sala velatoria de pasaje Padilla 22 como la vereda del edificio estuvieron colmados desde temprano y durante todo el tiempo por el cual se extendió ese último adiós.

La tragedia que terminó con sus vidas había comenzado el sábado por la noche, cuando sus familiares denunciaron la pérdida de contacto con la pareja, alrededor de las 21. Según se reconstruyó luego, a esa hora ambos se encontraban dentro de su vehículo, a la espera de que disminuyera la intensidad de la tormenta que se había desatado desde una hora antes para poder regresar a su casa. Habían salido de un casamiento, con la intención de regresar a su casa, donde sus pequeños hijos habían quedado al cuidado de una niñera.

El automóvil fue hallado más tarde en el barrio Nueva Italia, en las inmediaciones del club Smata, a unos 400 metros de la ruta 9, donde trabajaron efectivos policiales, bomberos voluntarios de Tafí Viejo y el Grupo Cero. Había sido arrastrado por la correntada generada por el temporal que afectó varias zonas de Tucumán.

Esa noche, también durante la tormenta, murió Lisandro Vega, un preadolescente de 12 años, producto de haber sufrido una letal descarga eléctrica cerca de su casa de Villa Angelina.

El silencio -matizado con murmullos y con sollozos ahogados- reinaba en el lugar donde ayer familiares, amigos y compañeros de trabajo -él trabajaba en la Caja Popular de Ahorros (CPA); ella, en Casa de Gobierno- despidieron a la joven pareja cuya muerte sacudió a Tucumán.

A cada instante llegaban más personas; algunos se abrazaban en la puerta, otros aguardaban en la vereda; y todos lidiaban con el hecho de tener que resignarse ante la imposibilidad de hallar explicación a tan absurdas muertes.

Dentro de la sala, el clima era de recogimiento. No se oyeron discursos ni manifestaciones. Predominaban las voces casi inaudibles, casi en tono de susurros. En pequeños grupos, la gente compartía recuerdos: anécdotas cotidianas, gestos simples, momentos que, en ese contexto, adquirían una dimensión distinta. “Siempre estaba dispuesto a dar una mano”, repetían sobre Mariano. De Solana, destacaban su calidez, su cercanía, su manera de estar atenta a los demás.

“Mariano jamás se quedaba sin decir algo lindo cuando lo sentía. Y lo decía en forma sincera, respetuosa y aniñada -porque era un niño aún-. Era un amigo protector. Se divertía, siempre buscaba reírse. Como jefe era de los que se acercaba y pedía que le enseñes; pero sin sentirse jefe, porque era humilde”, lo recordó Soraya Bernabei, compañera de aquel en la Caja Popular de Ahorros. “Se preocupaba mucho por su familia. Si bien sus hijos eran su locura, Roma -particularmente Roma- era la luz de sus ojos, la reina absoluta para el”, añadió.

Desfile de dolor

Los compañeros de trabajo, visiblemente conmovidos, se detenían unos minutos frente a los féretros y luego se apartaban, en silencio, como si cada uno necesitara procesar a su manera lo ocurrido. Entre los familiares, el dolor era más explícito, pero contenido. Abrazos largos, miradas perdidas y lágrimas que aparecían sin aviso marcaban el ritmo de una despedida difícil de asimilar.

La tragedia que terminó con sus vidas aún resultaba difícil de comprender para los presentes. La búsqueda desesperada y el desenlace dejaron una sensación de incredulidad que se extendía en cada rincón del lugar.

Afuera, el movimiento era constante. Personas que llegaban, otras -muy pocas- que se retiraban. Todos compartían el mismo gesto: una mezcla de dolor, desconcierto y la necesidad de acompañar.

En medio de ese escenario, la imagen de los hijos de la pareja aparecía una y otra vez en las conversaciones, como una herida abierta. Era, para muchos, el aspecto más difícil de aceptar, el que transformaba la tragedia en algo aún más profundo.

La despedida de Mariano y Solana no fue un acto íntimo. Fue una muestra del impacto que habían tenido en su entorno. Y en ese murmullo colectivo, hecho de recuerdos y de mucho cariño, quedó reflejada la huella que dejaron.

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