LA CIMA DEL ÉXITO. La consagración en Qatar 2022 enaltece al fútbol argentino y, al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre sus deudas estructurales.
Mientras en los tribunales se acumulan expedientes y nombres propios que ponen en jaque a la cúpula de la AFA, en nuestro país la pelota sigue rodando como si nada hubiera pasado. Y mientras tanto, la Selección se prepara para defender en el Mundial 2026 la corona obtenida hace cuatro años en Qatar. Por eso casi nadie parece dispuesto a examinar a fondo lo que pasa detrás del telón futbolístico.
Eso no se trata de algo casual. Históricamente, en el fútbol argentino el éxito no sólo se encargó de ordenar cada detalle, sino que también fue la herramienta para tapar cualquier cosa que no tuviera el mejor de los olores.
En las últimas semanas volvieron a aparecer viejos fantasmas. Dirigentes señalados, causas que avanzan a paso lento pero constante y sospechas que sobrevuelan sin terminar de aterrizar. Los procesamientos de Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino así lo dejan en claro. Y en paralelo pasa lo de siempre: arbitrajes discutidos, decisiones difíciles de explicar y designaciones que alimentan más preguntas que certezas.
Nada de esto es nuevo. Lo nuevo, en este caso, es el contexto. Porque todo lo que sucede y “mancha” la pelota en nuestra tierra convive con una Selección que funciona como pocas veces en la historia reciente. Un equipo campeón, que gana, que transmite algo, que volvió a conectar con la gente y que, en algún punto, se transformó en el refugio ideal para que los dirigentes puedan lavar su imagen.
Así, mientras la Selección levanta vuelo, el sistema se sostiene; y cuando el sistema se sostiene, muchas veces deja de revisarse.
Los argentinos somos un poco así; y en el fútbol eso está clarísimo. Cuando la mano viene dulce nadie se anima a discutir las formas. En cambio, cuando estallan las crisis, las críticas están al pie del cañón. Así es el fútbol argentino; discute en los vendavales y se relaja en el éxito; cuando pierde se desordena, y cuando gana se acomoda.
En ese esquema, el triunfo no sólo trae alivio sino también silencio; y eso sucedió cuando la Selección consiguió el título en Qatar. Tapia levantó su imagen y hasta muchos lo pensaban como un buen candidato para la política argentina.
Nadie discutía el rol de la AFA, se relativizan los problemas estructurales, poco se hablaba de los cambios de reglamentos en medio de los torneos o de los arbitrajes polémicos. La estrella de la Scaloneta naturalizó situaciones que, en otro contexto, hubieran generado un escándalo.
Hoy en día, los arbitrajes siguen siendo un terreno sensible. No hace falta caer en denuncias grandilocuentes para percibir un clima raro. Fallos que generan desconfianza, criterios que cambian de un partido a otro y decisiones que no terminan de explicarse. Es una sensación persistente de que el sistema no termina de ser transparente.
Y esa sensación, en un fútbol que ya arrastra problemas de credibilidad, pesa y mucho.
Ganar no siempre significa estar bien
Sin embargo, el tema no escala, no se instala, no se convierte en eje de discusión profunda. Queda en la queja del fin de semana, en el enojo del hincha y en el comentario al pasar; pero no se transforma en un debate estructural.
¿Por qué? Porque arriba de todo eso hay una Selección que está lista para ir en busca del bicampeonato; una Selección que cobijó a todos y que volvió a unir a los argentinos.
En Buenos Aires no son muchos los que aseguran que el caos en la AFA podría estallar fuertemente luego del Mundial; mucho más si a la Selección no le va bien. Porque acá, las crisis dependen en gran medida de los humores.
Sin embargo, la historia ofrece un espejo incómodo. En 2006, Italia fue campeona del mundo en Alemania. Levantó la copa, celebró y emocionó a su gente. Pero al mismo tiempo, su fútbol atravesaba una de las crisis más profundas de su historia. El escándalo conocido como Calciopoli expuso un sistema de designación de árbitros manipulado, dirigentes con poder desmedido, arreglos de partidos y una estructura que había dejado de ser confiable.
Hubo sanciones, descensos y nombres pesados que cayeron. En ese caso el éxito no evitó la crisis; ni siquiera pudo taparla. Ahí la crisis explotó igual.
Italia entendió que podía ser campeona del mundo y, al mismo tiempo, tener un fútbol enfermo. Y ahí está la diferencia.
En Argentina, el éxito parece funcionar como anestesia. No elimina los problemas, pero los adormece. Y de esa manera los vuelve más difíciles de abordar.
Porque para cambiar, primero hay que incomodarse. Pero parece extremadamente difícil incomodarse cuando todo parece ir bien.
¿Puede el fútbol argentino ordenarse sin atravesar una crisis real? ¿Puede limpiarse sin romperse? O, dicho de otro modo, ¿qué pasaría si la Selección dejara de ganar?
No se trata de desearlo; lo cual sería absurdo. Pero sí de entender qué lugar ocupa el éxito en este entramado. Porque cada triunfo, además de sumar puntos o títulos, también construye un clima. Y en ese clima algunas cosas se discuten menos.
En el interior, esa lógica se replica con otras formas. Clubes que sobreviven como pueden, dirigencias atadas a equilibrios frágiles, economías que no cierran y estructuras que se sostienen más por inercia que por planificación. Y, sin embargo, todo sigue. Porque siempre hay algo más urgente, como el partido del fin de semana, la tabla y el resultado.
El día a día se come la discusión de fondo, y así el sistema se vuelve circular. El fútbol funciona como puede y el debate profundo queda postergado hasta que algo lo obliga a saltar a escena.
Italia necesitó un escándalo para mirarse al espejo; argentina, por ahora, parece no necesitarlo.
Tal vez el problema no sea que la Selección gane, sino todo lo que deja de discutirse cuando se gana. Porque el éxito, en el fútbol, también puede ser una forma de no mirar. Y lo que no se mira, tarde o temprano, vuelve.











