Crónicas del viejo Tucumán: a 170 años de la revolución de los Posse
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La familia Posse y el cura José María del Campo lideraron una revolución armada contra el poder local en Tucumán el 16 de abril de 1856, marcando un hito histórico nacional.
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El asalto al Cabildo fue dirigido por José Ciriaco Posse. El evento se destaca por ser una sublevación orquestada por un clan familiar entero contra la autoridad de la época.
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A 170 años, el análisis de esta rebelión permite comprender las dinámicas de poder y las tensiones políticas que definieron la identidad y la historia de la provincia tucumana.
AL GALOPE. Imagen generada por Inteligencia Artificial del comandante José Ciriaco Posse cuando encabeza el ataque contra el Cabildo de Tucumán. dfdfdfdfdf
Por José María Posse
Abogado, escritor, historiador
Días pasados se conmemoraron los 170 años de un acontecimiento que marcó a toda una generación.
La noche del 16 de abril de 1856, un grupo armado, formado por más de 350 hombres comandado por los coroneles de milicias José Ciriaco, Emidio, Manuel, Benjamín y Ramón Posse atacaron el Cabildo de Tucumán mientras se realizaba una recepción al nuevo gobernador de la provincia.
Candidaturas
Detrás del golpe se adivinaba la mano del caudillo liberal José María del Campo, quien por esos días había dejado la gobernación de Tucumán. Sus partidarios sostenían la figura de un miembro del referido clan familiar, sostenedores políticos de Del Campo, como el candidato para sucederlo; mientras que sus adversarios políticos colocaban como postulante al general Anselmo Rojo, un militar sanjuanino de rutilante actuación durante nuestras guerras civiles.
Luego de largos y violentos cabildeos, en los cuales la ciudad de Tucumán llegó a estar sitiada por una columna de 800 milicianos que respondían a Del Campo y a los Posse, se convino un acuerdo según el cual el nuevo gobernador respetaría los cargos de los comandantes de las guarniciones de la administración saliente, entre otras garantías.
En tiempos donde aún no existía un ejército regular propiamente dicho, las comandancias eran sitiales de poder en las provincias, ya que los milicianos armados eran la fuerza militar a la que se recurría en tiempos de violencia política.
Promesas incumplidas
Pero lo cierto fue que Rojo, ya en el gobierno, no cumplió con lo pactado y como primera medida desalojó por la fuerza al comandante Benjamín Posse de Monteros. El cura José María Del campo se enteró de ello en la mañana del 16 de abril, mientras tomaba unos mates junto a su íntimo amigo José Ciriaco Posse en casa de la familia Campero.
De inmediato movilizaron su estructura político militar, haciendo llamar a sus familiares al frente de comandancias y capataces de las estancias e ingenios de su propiedad. Juntaron 350 hombres a los que se les sumarían otros tantos quienes se encontraban ya en camino y que llegarían en las primeras horas de la noche. El plan era simple: deponer esa misma noche por la fuerza al gobernador Rojo y colocar e su lugar a Manuel o a José Ciriaco Posse. Del Campo debía mantenerse al margen de las acciones, para aparecer luego como pacificador de la situación.
Contaban también con el apoyo de un grupo de militares de alta graduación de la Guardia Nacional, con los que pensaban asegurar el triunfo. Además especulaban que al ser Rojo “amigo de los porteños”, el hombre fuerte de la Confederación, Justo José de Urquiza, aplaudiría su derrocamiento.
Infierno desatado
Mientras la noche caía, los possistas entraron sigilosamente a la ciudad y a la altura de la Iglesia de Santo Domingo cargaron sus armas.
Pronto el infierno se desataría sobre aquélla pacífica ciudad; de pronto el comandante José Ciriaco arengó a la tropa y haciendo girar una lanza sobre su cabeza exclamó: “¡Ajó, no me den cuartel, no dejen uno vivo!...”
En el Cabildo, mientras tanto, se llevaba a cabo la recepción al nuevo gobernador ofrecida por los comerciantes que lo habían apoyado. Estaban entretenidos entre brindis y alegres conversaciones, cuando un soldado de la guardia alertó a Rojo que la plaza se llenaba de hombres armados. Allí comenzó un verdadero pandemonio, en medio de gritos, órdenes confusas y disparos.
La mampostería del Cabildo estalló en varias partes con la balacera de los insurrectos; el olor y el humo de la pólvora lo cubrieron todo, mientras los fogonazos de los fusiles prendieron luces dantescas en la plaza principal de Tucumán en medio de la oscuridad de una noche sin Luna. Los vecinos de las casas circundantes trancaron ventanas y puertas con postigos; los cascos de los caballos espantados ante el tronar de los disparos taparon las voces de mando de los capitanes de ambos bandos, quienes se desafiaban en medio del fragor de la balacera.
La asonada
En una audaz maniobra, el comandante José Ciriaco junto a su hermano Emidio lograron tomar la planta baja del Cabildo, donde se hicieron fuertes; pero sus defensores comenzaron a desclavar las maderas del piso superior por donde fusilaban a cualquiera que atravesara la línea de fuego.
Un cañón que se usaba para ceremonias fue cargado, y al momento en que los reaccionarios intentaron subir las escaleras, una verdadera cortina de hierro candente les cerró el paso. La caballería iba y venía de un lado a otro de la calle, entre insultos de los jefes de las tropas enfrentadas quienes se desafiaban a viva voz.
El tiempo pasaba, pero los refuerzos de los possistas no llegaban y a éstos se les hacía imposible tomar la planta alta, bravamente defendida por el gobernador en persona. Para colmo el grupo de enganchados de la Guardia Nacional se puso del lado del gobierno y comenzó a hostilizar a los atacantes.
HERIDO. Manuel Posse es ayudado a retirarse por su primo Benjamín. Ilustraciones digitales A:BRA, creatividad aplicada
Sangre derramada
En medio de la batahola Manuel Posse cayó herido, lo que provocó el desbande de la columna que comandaba, que si bien fue conjurado por su hermano Ramón, indicó que la suerte a esa altura ya les era definitivamente esquiva.
Ante ello, José Ciriaco fue a consultar con el cura Campo; su caballo fue alcanzado por los disparos, pero sin amilanarse, montó otro de un miliciano herido y al galope cruzó del otro lado de la plaza. Allí José María Del Campo se mantenía inmóvil, sin participar en la refriega, con un gesto adusto que demacraba sus facciones. Luego de analizar la situación, se llamó a la tropa a reunión y los possistas se retiraron de la plaza con los heridos que pudieron subir en las ancas de sus caballos.
Detrás quedaron 16 muertos y un centenar de heridos de ambos bandos, muchos de ellos de gravedad.
El juicio
Al día siguiente, los cabecillas fueron tomados prisioneros y engrillados en el calabozo del Cabildo. Se los juzgó a las pocas semanas. Los Posse fueron defendidos por su pariente el Dr. Benigno Vallejo y Del Campo por el jovencito Nicolás Avellaneda, de paso por Tucumán, y a quien se le había permitido ejercer la abogacía, sin haber rendido aún sus materias finales.
Finalmente, los complotados sufrieron como condena el destierro y el pago de una fuerte suma de dinero. Pronto volverían a gravitar en la política tucumana, convirtiéndose -entrada la década de 1860- en árbitros indiscutidos de los destinos de la provincia, ejerciendo la gobernación don José Posse y su primo Wenceslao, quien lo sucedió en el mando, y el propio Del Campo.
La memoria
Pero el recuerdo de aquella noche pareció gravarse a fuego en la memoria de los tucumanos. El Dr. Carlos Páez de la Torre, quien fue el primero en relatar en detalle la asonada en un artículo de la revista “Todo es Historia”, anotó que éste era el único caso conocido en el que un grupo familiar en pleno intentaba derrocar por medio de las armas a un gobernador provincial.
Por supuesto que “la revolución” no fue olvidada por familias enfrentadas en aquellos sucesos, quienes no se dirigieron la palabra durante generaciones. Los odios y resentimientos en esa población de escasos habitantes, era muy común. Son muchas las anécdotas como consecuencia de aquella noche infausta; entre las cuales rescato la historia de doña Zulema Sancho Miñano de Posse -por entonces viuda del Dr. Nicanor Posse, quién era nieto del comandante José Ciriaco-, cuando recibió en la sala de su casa a don Ricardo Posse, quién le solicitaba la mano de su hija en matrimonio, protestó indignada: “¡Dios mío, un Posse es una revolución, dos… una guerra!”. De todas maneras, el matrimonio se realizó.






















