Álvaro Galindo y el recuerdo de sus capitanías en Los Pumitas: “Era más disfrute que responsabilidad”
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Álvaro Galindo, actual coach de Tarucas, recordó su etapa como capitán de Los Pumitas (2000-2003), destacando un liderazgo basado en el disfrute y el ejemplo sobre la presión.
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El exrugbier repasó el histórico tercer puesto en el Mundial M-21 de 2003 en Inglaterra, resaltando la unión de un grupo que superó las divisiones entre el interior y Buenos Aires.
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Hoy Galindo aplica sus vivencias para formar a nuevas promesas como Dande y Coll, priorizando la calidad humana y el sentido de pertenencia por encima de la exigencia del resultado.
BRONCE. Álvaro Galindo capitaneó a Los Pumitas en el Mundial de 2003.
Habla con la calma de quien ya lo vivió todo, pero recuerda con la frescura de aquel chico que apenas empezaba a entender lo que significaba ponerse la cinta. Álvaro Galindo, actual head coach de Tarucas, fue capitán de Los Pumitas en distintas etapas -M-18 en 2000, M-21 en 2003 y el Mundial juvenil de ese mismo año- y, con el paso del tiempo, reconstruye esa experiencia desde un lugar más emocional que estratégico.
“Era todo muy rápido. No sabía con qué compañeros me iba a encontrar”, cuenta sobre sus primeras convocatorias, marcadas por la incertidumbre y la ilusión. En ese contexto, el nombramiento como capitán llegó casi sin tiempo para dimensionarlo. “Creo que era muy chico para entender lo importante que era, pero lo disfruté mucho”, admite.
Esa idea atraviesa todo su recuerdo: el disfrute por encima de la carga. A diferencia de lo que vino después -cuando también fue capitán en su club y en mayores-, en juveniles el rol tenía otra lógica. “No se tomaba tanto la responsabilidad. Era más liderar el grupo, que todos se sientan bien, que podamos conocernos en esa semana”, explica.
Su forma de conducción tampoco respondía a un modelo rígido. Más bien, surgía desde lo genuino. “Lo que nos decían los entrenadores era que no cambiemos, que sigamos siendo los mismos. Yo trataba de liderar con el ejemplo”, señala. Para Galindo, la clave estaba en cumplir antes de exigir. En hacer, más que en ordenar.
Esa naturalidad también se trasladaba a la cancha. “Adentro uno jugaba como siempre. Capaz decidías si ir a los palos o al line, pero después te dedicabas a jugar”, dice. El verdadero trabajo, para él, estaba afuera: en sostener el grupo, en generar pertenencia, en que cada momento compartido sumara.
El punto más alto de su recorrido llegó en el Mundial M-21 de 2003, en Inglaterra, donde Argentina logró el tercer puesto tras vencer a Sudáfrica. Pero más allá del resultado, lo que Galindo rescata es la convivencia.
“Estábamos en un lugar muy alejado, pasábamos mucho tiempo juntos. Eso hizo que el grupo se uniera mucho”, recuerda. En ese encierro, las bromas y las travesuras juveniles se volvieron parte fundamental de la experiencia. “Había algunos revoltosos, pero siempre de manera sana. Era la forma de mantenernos entretenidos”, cuenta entre risas.
REENCUENTRO. Galindo comentó que mantiene un vínculo estrecho con sus compañeros.
Ese contexto también ayudó a romper barreras que, en aquel tiempo, eran habituales en los seleccionados juveniles: la división entre jugadores del interior y de Buenos Aires. “Ese año fue bastante lindo en cuanto a la convivencia. Se logró una unión que no siempre era fácil”, destaca.
El equipo, además, tenía talento. Varios de sus integrantes terminaron llegando a Los Pumas, lo que le da aún más valor a aquel tercer puesto.
Hoy, desde otro rol, Galindo observa a las nuevas generaciones con una mezcla de orgullo y cercanía. Especialmente cuando se trata de jugadores a los que vio crecer. Como Tomás Dande y Pedro Coll, actuales referentes juveniles.
“Con Tomás tengo una relación muy linda. Lo conozco desde chico. Es de esos jugadores que transmiten mucho cuando juegan, y además es mejor persona afuera de la cancha”, asegura.
Sobre su liderazgo, no duda: lo vio en distintas etapas y confirma que mantiene esa esencia. La misma que él intentó construir años atrás: ser genuino, liderar con el ejemplo y entender que, en el rugby, el grupo siempre está por encima de todo.
Porque si algo le quedó claro a Galindo en aquellos años es que la cinta no pesa cuando se lleva desde el disfrute. Y que, muchas veces, los mejores equipos no se explican solo desde el juego, sino desde lo que pasa cuando la pelota deja de rodar.






















